Willy siente que está en un carrusel, montado en un animal desconocido, mientras se da cuenta que miles de libros y objetos lo observan. ¿Libros, papeles, revistas, macetas, fotos…? Willy se da cuenta de que no está en una feria. Está en su departamento y su cabeza le da vueltas por la borrachera del día anterior. Jura nunca volver a ingerir alcohol en exceso.
Trata de pararse, ayudándose en la silla. Pero el estado de letardía es tal que tropieza con un six pack de Red Bull. ¡Red Bull! Eso es lo que necesito, piensa. Un energizante. Coge una botella y se lo termina de un trago. La sed es tal que no se sacia con una. Ni con dos. A la tercera su boca cobra vida. A la cuarta la taurina le pone pilas.
La visión nebulosa desaparece y se torna más clara, más nítida. Camina pero algo le duele en el pie. Es un cable. ¿Y mis zapatos? ¿Dónde están mis zapatos? Se da una carrera de un solo participante en aquel circuito trillado por álbumes, partituras, papeles, y una canasta, alrededor de una mesa. ¿Quién puso todo esto aquí? La desesperación se suma al desorden. Estantes, tocadiscos y parlantes. No hay zapatos. Televisor, CDS, cassettes, fax, impresora y cámara. Aún no hay zapatos. Una lata más para no perder el control, piensa.
Sigue con su aventura de querer rescatar sus zapatos del caos. Teléfono. Marca tan rápido como si el número se deslizara por su lengua. Suena y suena y su corazón late más de diez veces entre cada timbrada. Oe, Carlos, ¿mis zapatos no están en tu casa? No me jodas, huevón. ¿Sabes qué hora es? Déjame dormir. Willy se irrita. ¡Son los únicos que tengo! ¿Cómo voy a ir a la universidad? Carlos va a buscarlos. Vuelve luego de un minuto. No hay nada, huevón. Búscalos en tu cuarto. Chau. Cuelga. ¿Dónde mierda los puse? Levanta su guitarra. No hay nada. De pronto ve su maceta cerca de la ventana. Tiene una planta de marihuana. ¿Un bate para tranquilizarme?, se pregunta. Camina pero unas revistas apiladas lo hacen tropezar. Al estirar sus brazos y cogerse de la ventana, bota su maceta hacia la calle. ¡Carajo!
No sabe si reír o llorar. El cuerpo pica y pica. Las piernas comienzan a hacer un jugueteo. Miradas que parten sin destino fijo. Pero tiene ganas de hacer algo. ¿Y si llamo a…? No, no va a querer tirar conmigo. Bebe la última botella del six pack. Sus ojos se vuelven saltones. ¿Y si de verdad están saltando? Sí. Tienen tanta fuerza que lo hacen saltar a él. ¿Y ustedes qué me miran? Brinca, grita, golpea, sacude, baila, patea. Uno de sus estantes comienza a temblar. Y tú, ¡¿por qué te mueves?! ¡¿Quieres pelear?! Aquel ser ancho, corpulento, grande y macizo se le vino encima con todo su arsenal de libros. Willy intenta luchar pero es imposible hacer algo. Poetas, filósofos, historiadores, sociólogos, antropólogos e investigadores hacen caer a Willy. Su cabeza estalla contra una de las puntas de la mesa. Fotos, papeles, partituras y revistas se tornan de color rojo. Adiós, carrusel. Adiós, zapatos.
jueves, 27 de agosto de 2009
sábado, 22 de agosto de 2009
Misas y velas, eso quería mi bisabuelo. (Guillermo Giacosa)
Era muy viejo o, quizá, parecía más viejo de lo que era. La familia solía recordarlo cuando las horas se alargaban en alguna de las tantas reuniones que convocaban a hijos, hermanos, tíos, cuñados y primos. A pesar de su prestigio histórico, descansaba en la gaveta de un viejo y fornido escritorio que había sido de mi abuelo, y que hoy era propiedad de mi hermano Federico. Él y yo éramos los únicos que, de tiempo en tiempo, lo desempolvábamos para tratar de entender la compleja caligrafía dibujada sobre esas hojas ya amarillas. Las letras eran como una manifestación de guiñapos alejados unos de otros por las 'emes’ y las 'enes’, que se extendían ilusoriamente para que nadie entendiera cuál era una y cuál era otra.
La 'i’ tenía orgullosa identidad propia por su puntito, y el resto –como dice Balzac de lo ininteligible– era griego. Descifrábamos algunos párrafos como quien hace un crucigrama y, luego, aburridos ya, regresábamos a nuestros partidos de fútbol de botones u organizábamos en la calle un 'picado’ –una pichanga– con una pelota de goma que era reemplazada, cuando se 'pinchaba’, por una más humilde construida con todas las medias familiares en desuso.
El viejo documento, mientras tanto, seguía en la gaveta hasta que, en algún tiempo vacío, lograba excitar nuevamente nuestra curiosidad. Se trataba del testamento de mi bi-sabuelo materno, redactado en alguna notaría a las orillas del Cantábrico por un escribiente cuyo nombre escapó de nuestra memoria y que, seguramente, venía de comerse unas sardinas acompañadas por el vino verde de Galicia. Aquel notario, a quien los dislates de quien testaba le resultarían menos importantes que su digestión, se sorprendería de saber que lo allí escrito sería, en el nuevo siglo XX, motivo de largas conversaciones en una familia cuya cabeza, don Manuel, aún analfabeto y luego de viajar de polizonte en un barco carguero, desembarcaría en Brasil y seguiría, a pie o carreta –y sin saber por qué–, hasta instalarse en la ciudad de Rosario, que ya comenzaba a ser conocida –¿por su crecimiento o por sus gánsters?– como la 'Chicago argentina’. Allí haría fortuna, y no solo aprendería a leer y a escribir, sino que terminaría haciendo estudios técnicos que hicieron de él uno de los mayores maestros de construcción de casas en la ciudad. Tan bien le fue que en algunas fachadas figuraba su firma sobre el cemento con la rúbrica de 'Técnico constructor’, primero, y 'Arquitecto’, después, cuando él creyó –sin más testigos que su conciencia– que ya ameritaba tal título.
Fue él quien recuperó aquel testamento para mostrar, a quienes quisieran saberlo, que había fugado de España a los 16 años en respuesta al delirante egoísmo de su padre, quien –en ese documento que solíamos comentar y se custodiaba en la gaveta del viejo escritorio– legaba toda su humilde fortuna no precisamente a su familia, sino a la Iglesia para que le cantara misas, le encendiera velas y le consiguiera el lugar en el Paraíso que nunca intentó conquistar desde la Tierra.
La 'i’ tenía orgullosa identidad propia por su puntito, y el resto –como dice Balzac de lo ininteligible– era griego. Descifrábamos algunos párrafos como quien hace un crucigrama y, luego, aburridos ya, regresábamos a nuestros partidos de fútbol de botones u organizábamos en la calle un 'picado’ –una pichanga– con una pelota de goma que era reemplazada, cuando se 'pinchaba’, por una más humilde construida con todas las medias familiares en desuso.
El viejo documento, mientras tanto, seguía en la gaveta hasta que, en algún tiempo vacío, lograba excitar nuevamente nuestra curiosidad. Se trataba del testamento de mi bi-sabuelo materno, redactado en alguna notaría a las orillas del Cantábrico por un escribiente cuyo nombre escapó de nuestra memoria y que, seguramente, venía de comerse unas sardinas acompañadas por el vino verde de Galicia. Aquel notario, a quien los dislates de quien testaba le resultarían menos importantes que su digestión, se sorprendería de saber que lo allí escrito sería, en el nuevo siglo XX, motivo de largas conversaciones en una familia cuya cabeza, don Manuel, aún analfabeto y luego de viajar de polizonte en un barco carguero, desembarcaría en Brasil y seguiría, a pie o carreta –y sin saber por qué–, hasta instalarse en la ciudad de Rosario, que ya comenzaba a ser conocida –¿por su crecimiento o por sus gánsters?– como la 'Chicago argentina’. Allí haría fortuna, y no solo aprendería a leer y a escribir, sino que terminaría haciendo estudios técnicos que hicieron de él uno de los mayores maestros de construcción de casas en la ciudad. Tan bien le fue que en algunas fachadas figuraba su firma sobre el cemento con la rúbrica de 'Técnico constructor’, primero, y 'Arquitecto’, después, cuando él creyó –sin más testigos que su conciencia– que ya ameritaba tal título.
Fue él quien recuperó aquel testamento para mostrar, a quienes quisieran saberlo, que había fugado de España a los 16 años en respuesta al delirante egoísmo de su padre, quien –en ese documento que solíamos comentar y se custodiaba en la gaveta del viejo escritorio– legaba toda su humilde fortuna no precisamente a su familia, sino a la Iglesia para que le cantara misas, le encendiera velas y le consiguiera el lugar en el Paraíso que nunca intentó conquistar desde la Tierra.
¿García es envidiable? César Hildebrandt
El doctor García pierde el control en público. Su salud, fatalmente, resulta un asunto de Estado.
Ayer, hecho una furia, ha dicho que quienes lo critican “tienen el alma carcomida por la envidia”.
El despacho de la agencia Europa Press ha puesto esas palabras a circular por todo el mundo. Claro, para Europa Press es noticia que un presidente de la república derrape en esa rabia.
No es la primera vez que el doctor García tilda de envidiosos a sus oponentes (o sea, al 67 por ciento de los peruanos, según todas las encuestas de nivel nacional).
En los días remotos en los que fuimos cercanos –antes de que él se hiciera esplendorosamente rico- el doctor García solía deslizar la idea de que los políticos de su generación (la nuestra) lo envidiaban a más no poder y le mordían los tobillos y le escupían el estofado de pura impotencia.
Y quizá en esos tiempos el doctor García no andaba descaminado. Era cierto que sus dotes de líder y la velocidad de su ascenso provocaban más de un retortijón de tripas entre sus coetáneos.
Inclusive en el Apra se hizo práctica corriente ponerle zancadillas a García, hablar a sus espaldas y roer su fama.
Para decirlo con todas sus letras: García era una figura envidiable en esos tiempos. Elocuente como Castelar, radical como González Prada, deseoso de un cambio en democracia como el Gaitán que el crimen se llevó, García era, además, extraordinariamente joven para sus logros, majestuosamente alto para sus pares y groseramente más inteligente que la generación política que lo precedía.
No es necesario explicar en detalle por qué esa envidia no es repetible ahora y por qué ahora evocarla resulta suicida.
Resumiendo con la mayor delicadeza posible: Castelar se ha ido y en su lugar un Perón de montaña habla en las inauguraciones. González Prada ha sido recluido en un asilo y hay un chocho con la cara de Ravines que da consejos de cocina. Y la sombra de Gaitán se ha esfumado. Un Uribe en inglés lo ha reemplazado.
A todos nos cae el tiempo como un martillo hidráulico. Pero a los que envejecen siendo lo que no quisieron ser y aceptando hacer lo que juraron no harían les pasa algo peor. Eso peor está en la cara actual del doctor García y en sus gritos de envidiado imaginario.
¿Envidiar a quien, en nombre del realismo conservador, arrió todas sus banderas? ¿Envidiar su 27 por ciento de aprobación?
Desde luego que alguien podrá preguntarnos si no son dignos de envidia su fortuna, su departamento parisino, sus poderes diurnos, sus derechos nocturnos.
Y creo que aun en ese caso la respuesta es no. Porque los envidiosos, en todo caso, apuntan siempre, con su garra inmunda, a la felicidad del otro. Y a estas alturas yo no creo que el doctor García sea especialmente feliz.
Ayer, hecho una furia, ha dicho que quienes lo critican “tienen el alma carcomida por la envidia”.
El despacho de la agencia Europa Press ha puesto esas palabras a circular por todo el mundo. Claro, para Europa Press es noticia que un presidente de la república derrape en esa rabia.
No es la primera vez que el doctor García tilda de envidiosos a sus oponentes (o sea, al 67 por ciento de los peruanos, según todas las encuestas de nivel nacional).
En los días remotos en los que fuimos cercanos –antes de que él se hiciera esplendorosamente rico- el doctor García solía deslizar la idea de que los políticos de su generación (la nuestra) lo envidiaban a más no poder y le mordían los tobillos y le escupían el estofado de pura impotencia.
Y quizá en esos tiempos el doctor García no andaba descaminado. Era cierto que sus dotes de líder y la velocidad de su ascenso provocaban más de un retortijón de tripas entre sus coetáneos.
Inclusive en el Apra se hizo práctica corriente ponerle zancadillas a García, hablar a sus espaldas y roer su fama.
Para decirlo con todas sus letras: García era una figura envidiable en esos tiempos. Elocuente como Castelar, radical como González Prada, deseoso de un cambio en democracia como el Gaitán que el crimen se llevó, García era, además, extraordinariamente joven para sus logros, majestuosamente alto para sus pares y groseramente más inteligente que la generación política que lo precedía.
No es necesario explicar en detalle por qué esa envidia no es repetible ahora y por qué ahora evocarla resulta suicida.
Resumiendo con la mayor delicadeza posible: Castelar se ha ido y en su lugar un Perón de montaña habla en las inauguraciones. González Prada ha sido recluido en un asilo y hay un chocho con la cara de Ravines que da consejos de cocina. Y la sombra de Gaitán se ha esfumado. Un Uribe en inglés lo ha reemplazado.
A todos nos cae el tiempo como un martillo hidráulico. Pero a los que envejecen siendo lo que no quisieron ser y aceptando hacer lo que juraron no harían les pasa algo peor. Eso peor está en la cara actual del doctor García y en sus gritos de envidiado imaginario.
¿Envidiar a quien, en nombre del realismo conservador, arrió todas sus banderas? ¿Envidiar su 27 por ciento de aprobación?
Desde luego que alguien podrá preguntarnos si no son dignos de envidia su fortuna, su departamento parisino, sus poderes diurnos, sus derechos nocturnos.
Y creo que aun en ese caso la respuesta es no. Porque los envidiosos, en todo caso, apuntan siempre, con su garra inmunda, a la felicidad del otro. Y a estas alturas yo no creo que el doctor García sea especialmente feliz.
viernes, 21 de agosto de 2009
La Cultura del miedo. (Guillermo Giacosa)
No creo ser más cobarde ni más valiente que el común de los mortales, pero si veo a un civil cargando un rifle semiautomático AR-15 –aparato muy moderno, que debería ser utilizado solo por profesionales– en medio de la calle, me hago humo en menos de lo que canta un gallo. Alguna vez, algún soldadito del ejército argentino me apuntó con una ametralladora para pedirme documentos y, desde entonces, se agudizó la fobia que ya les tenía a las armas de fuego desde que cumplí con mi servicio militar obligatorio.
La ley en nuestros países prohíbe que un civil se pavonee por los espacios públicos exhibiendo uno de estos juguetes mortíferos. Parece lo civilizado, y supongo que, salvo prueba contraria, debe serlo. Pero no ocurre así en el estado de Arizona. Allí es legal andar por la calle portando un arma a la vista. Más bien, requiere de un permiso de la policía cuando se lleva oculta. Es decir, Arizona es una suerte de paraíso donde si alguien viene a matarte, tú puedes salir corriendo antes de que la bala te alcance, y no como ocurre entre nosotros –países subdesarrollados–, donde tú recién te enteras de que te van a matar cuando el asesino desenfunda su pistola. ¡Eso es lo que uno realmente debe apreciar como una conducta civilizada!
Lo comento a raíz de una foto que ha dado la vuelta al mundo, en la que un afroamericano –que se manifiesta contra el presidente norteamericano Obama por la ley de salud– porta un rifle AR-15, además de una pistola en la cintura –todo a la vista– mientras afirma, orgulloso, “en Arizona aún tenemos nuestras libertades”.
Hoy, gracias a los avances científicos, sabemos que, si bien las armas no las carga el diablo, sí suelen dispararse desde las regiones más primitivas de nuestro cerebro. Y esas regiones determinan nuestras actitudes a una velocidad que la razón solo alcanza cuando el hecho ya está consumado. Es decir, en cualquier situación de “emoción violenta”, el ser humano supedita su racionalidad a la intensidad de esa emoción y actúa sin medir las consecuencias. Ese diseño, pergeñado por la naturaleza durante la larga evolución, no tomó nunca en cuenta que, algún día, la humanidad dispondría de armas como las que existen en la actualidad y que la defensa de la propia integridad nos llevaría a cometer atrocidades que no tienen ninguna relación con el tamaño de la amenaza que la provocó. Para portar armas de fuego hace falta un largo y ordenado proceso de entrenamiento, a fin de que estas no se vuelvan contra nosotros.
Arizona, patria chica de John McCain, conserva las costumbres que, en 1881, provocaron en Tombstone un célebre tiroteo varias veces reproducido en los filmes del Lejano Oeste, más conocido como “El tiroteo de O.K. Corral”. Y esa costumbre habilita a que uno vaya a un mitin político con un arsenal sobre sus espaldas y que la policía nada pueda hacer para impedirlo.
¿Locura? No, solo conquistas de una sociedad patéticamente individualista que confunde intimidación con libertad.
La ley en nuestros países prohíbe que un civil se pavonee por los espacios públicos exhibiendo uno de estos juguetes mortíferos. Parece lo civilizado, y supongo que, salvo prueba contraria, debe serlo. Pero no ocurre así en el estado de Arizona. Allí es legal andar por la calle portando un arma a la vista. Más bien, requiere de un permiso de la policía cuando se lleva oculta. Es decir, Arizona es una suerte de paraíso donde si alguien viene a matarte, tú puedes salir corriendo antes de que la bala te alcance, y no como ocurre entre nosotros –países subdesarrollados–, donde tú recién te enteras de que te van a matar cuando el asesino desenfunda su pistola. ¡Eso es lo que uno realmente debe apreciar como una conducta civilizada!
Lo comento a raíz de una foto que ha dado la vuelta al mundo, en la que un afroamericano –que se manifiesta contra el presidente norteamericano Obama por la ley de salud– porta un rifle AR-15, además de una pistola en la cintura –todo a la vista– mientras afirma, orgulloso, “en Arizona aún tenemos nuestras libertades”.
Hoy, gracias a los avances científicos, sabemos que, si bien las armas no las carga el diablo, sí suelen dispararse desde las regiones más primitivas de nuestro cerebro. Y esas regiones determinan nuestras actitudes a una velocidad que la razón solo alcanza cuando el hecho ya está consumado. Es decir, en cualquier situación de “emoción violenta”, el ser humano supedita su racionalidad a la intensidad de esa emoción y actúa sin medir las consecuencias. Ese diseño, pergeñado por la naturaleza durante la larga evolución, no tomó nunca en cuenta que, algún día, la humanidad dispondría de armas como las que existen en la actualidad y que la defensa de la propia integridad nos llevaría a cometer atrocidades que no tienen ninguna relación con el tamaño de la amenaza que la provocó. Para portar armas de fuego hace falta un largo y ordenado proceso de entrenamiento, a fin de que estas no se vuelvan contra nosotros.
Arizona, patria chica de John McCain, conserva las costumbres que, en 1881, provocaron en Tombstone un célebre tiroteo varias veces reproducido en los filmes del Lejano Oeste, más conocido como “El tiroteo de O.K. Corral”. Y esa costumbre habilita a que uno vaya a un mitin político con un arsenal sobre sus espaldas y que la policía nada pueda hacer para impedirlo.
¿Locura? No, solo conquistas de una sociedad patéticamente individualista que confunde intimidación con libertad.
"Peru 21" Q.E.P.D (César Hildebrandt)
Los periódicos suelen tener agonías demoradas, muertes bostezudas, decadencias de cierta parsimonia. Pero los miembros del directorio de “El Comercio” que han tomado el poder y han raptado la voluntad de Francisco Miró Quesada Rada han querido romper todas las marcas en el feo asunto de exterminar publicaciones.
Y eso lo digo porque, en apenas un par de días, “Perú 21” ha dejado de existir y lo que cuelga en los kioscos y se ojea a la distancia es su ánima exhalada el viernes último, su almita juvenil viajando al limbo.
O sea que Pepe Graña Miró Quesada, el de Collique y mil gangas, y Milagritos Miró Quesada, que tuvo a bien separarse del honorario mapochino Emilio Rodríguez Larraín, cada uno por su lado, han ayudado a matar a “Perú 21" con la celeridad de las desgracias. Es decir, de un tiro en la nuca y, si nos atenemos a tanto colega callado y a tanta coleguita con gutapercha en la boquita, al estilo de los sicarios de Detroit: con silenciador. Que la muerte que no se nombra es más muerte todavía.
En el “Perú 21” de hoy (me refiero a la edición de ayer) no están los columnistas que sostenían el templo –con la excepción de Guillermo Giacosa, un tal Bullard -que representa a su bufete y al vicepresidente Cheney- y, felizmente todavía, “Heduardo”, que camina por la cuerda sin red de protección-. No están los columnistas que sostenían el templo pero sí se oye la turbamulta de los mercaderes, las disputas de los Polvos Rosados y los ofrecimientos de la Cachina Constructora.
De los columnistas que levantaron, junto al director, la personalidad de “Perú21” no queda nada sino una también silenciada ceremonia del adiós. Y sin ellos, “Perú 21” es un difunto de papel caminando con decidida palidez hacia los quince mil ejemplares. Porque un periódico no es un pelotón de sucesos ni un chilcano de noticias sino una manera de ver el mundo y de compartirlo con los lectores.
Sin los columnistas que le daban matices y rabias, temperatura y variedad, coraje agregado y sorna para distintos gustos, “Perú 21" es un suma cero de boletines y titulares salidos de la fosa común de las agencias noticiosas. Ya no es un periódico, en suma, sino una nostalgia. Y el problema es que las nostalgias pueden cantarse pero no leerse.
Lo que no entiendo es por qué “El Comercio” no ha publicado en la página de obituarios, donde todos esperamos aparecer algún día para morirnos de verdad, la desaparición de tan joven y prometedor pariente.
Y lo que menos entiendo es qué necesidad tenían los secuestradores de Paco Miró Quesada Rada de deshacerse de alguien que estaba haciendo las cosas bien y que era la disonancia autocontrolada que le permitía al Grupo El Comercio, que se cree una República Aristocrática, decir que ellos eran demócratas en relaciones exteriores y democráticos en asuntos del interior.
¿Qué escollo podía significar Álvarez Rodrich en los mega proyectos del grupo (una wikipedia peruana, un nuevo diario deportivo, otro Canal de TV)? Ninguno. Al contrario, “Perú 21" les atraía un público joven, nuevo, profesional y políticamente centrista. Y les permitía hablar, con la elegancia de la nobleza (aunque sea imaginaria), de los conflictos entre generaciones, de lo difícil que resulta controlar un imperio y de que la edad de la razón amansaría a los audaces de estos días. En fin, que con Álvarez Rodrich “El Comercio” tenía hasta un arma de negociación. Ahora es como si el viejo elefante hubiese matado a su cría en un ataque de locura.
¿Por qué, de verdad, esta crisis?
Porque el dinero siempre quiere más dinero. Y se supone que algunas insolencias de “Perú 21" costaron plata en publicidad, en oportunidades, en futuras licitaciones y en lo que podría llamarse “la imagen proempresarial del Grupo”. Desde el punto de vista de la representación simbólica y de clase, “Perú 21" desentonaba con sus bluyines, sus sacos casuales y algunos de esos contenidos que nada le debieron a la casualidad.
¿Ha habido presiones para que esta automutilación del holding “El Comercio” se produzca?
Todo indica que sí. Y más que presiones brutales –que ya no son necesarias en esta época de pasteurización mediática- lo que ha habido es la criolla y continua queja del presidente Alan García y de algunos de sus allegados respecto de las supuestas salidas de tono de “Perú 21". Quejas que, expresadas ante personajes claves y en las reuniones precisas, fueron minando la capacidad de mantener la relativa autonomía que aprovechaba al máximo Álvarez Rodrich.
Lo de los petroaudios se ve ahora como un pretexto. El lado fenicio de “El Comercio” ha decidido limpiar al Grupo de veleidades y desvaríos e imponerle a la flota bajo su mando la disciplina de Nelson. No de Nelson Manrique, claro está.
El último fin de semana, en las afueras de Lima, hubo un almuerzo donde se presentó un escribidor de los Agois (los más felices con la muerte de “Perú) . Este señor señaló que lo que “El Comercio” había hecho estaba muy bien y que “el sistema” se encargaría de desaparecer a Álvarez Rodrich. Como si el ex director de “Perú fuese un pelo caído y tuviese que escurrirse por el lavabo. El legendario idiota supone que “el sistema” es Pepe Graña, más cualquier cuchinski ladronzuelo, más las Cades de azafatas, más varios genaros y un puñado de sal gruesa y picaresca y un enlace provechoso y viajero con los que ganan las licitaciones (o las ganarán). No, ese no es “el sistema”. Ese es el sistema de Fortunato Canaán. El de Fortunato Canaán y el de Rómulo Cana.
Y eso lo digo porque, en apenas un par de días, “Perú 21” ha dejado de existir y lo que cuelga en los kioscos y se ojea a la distancia es su ánima exhalada el viernes último, su almita juvenil viajando al limbo.
O sea que Pepe Graña Miró Quesada, el de Collique y mil gangas, y Milagritos Miró Quesada, que tuvo a bien separarse del honorario mapochino Emilio Rodríguez Larraín, cada uno por su lado, han ayudado a matar a “Perú 21" con la celeridad de las desgracias. Es decir, de un tiro en la nuca y, si nos atenemos a tanto colega callado y a tanta coleguita con gutapercha en la boquita, al estilo de los sicarios de Detroit: con silenciador. Que la muerte que no se nombra es más muerte todavía.
En el “Perú 21” de hoy (me refiero a la edición de ayer) no están los columnistas que sostenían el templo –con la excepción de Guillermo Giacosa, un tal Bullard -que representa a su bufete y al vicepresidente Cheney- y, felizmente todavía, “Heduardo”, que camina por la cuerda sin red de protección-. No están los columnistas que sostenían el templo pero sí se oye la turbamulta de los mercaderes, las disputas de los Polvos Rosados y los ofrecimientos de la Cachina Constructora.
De los columnistas que levantaron, junto al director, la personalidad de “Perú
Sin los columnistas que le daban matices y rabias, temperatura y variedad, coraje agregado y sorna para distintos gustos, “Perú 21" es un suma cero de boletines y titulares salidos de la fosa común de las agencias noticiosas. Ya no es un periódico, en suma, sino una nostalgia. Y el problema es que las nostalgias pueden cantarse pero no leerse.
Lo que no entiendo es por qué “El Comercio” no ha publicado en la página de obituarios, donde todos esperamos aparecer algún día para morirnos de verdad, la desaparición de tan joven y prometedor pariente.
Y lo que menos entiendo es qué necesidad tenían los secuestradores de Paco Miró Quesada Rada de deshacerse de alguien que estaba haciendo las cosas bien y que era la disonancia autocontrolada que le permitía al Grupo El Comercio, que se cree una República Aristocrática, decir que ellos eran demócratas en relaciones exteriores y democráticos en asuntos del interior.
¿Qué escollo podía significar Álvarez Rodrich en los mega proyectos del grupo (una wikipedia peruana, un nuevo diario deportivo, otro Canal de TV)? Ninguno. Al contrario, “Perú 21" les atraía un público joven, nuevo, profesional y políticamente centrista. Y les permitía hablar, con la elegancia de la nobleza (aunque sea imaginaria), de los conflictos entre generaciones, de lo difícil que resulta controlar un imperio y de que la edad de la razón amansaría a los audaces de estos días. En fin, que con Álvarez Rodrich “El Comercio” tenía hasta un arma de negociación. Ahora es como si el viejo elefante hubiese matado a su cría en un ataque de locura.
¿Por qué, de verdad, esta crisis?
Porque el dinero siempre quiere más dinero. Y se supone que algunas insolencias de “Perú 21" costaron plata en publicidad, en oportunidades, en futuras licitaciones y en lo que podría llamarse “la imagen proempresarial del Grupo”. Desde el punto de vista de la representación simbólica y de clase, “Perú 21" desentonaba con sus bluyines, sus sacos casuales y algunos de esos contenidos que nada le debieron a la casualidad.
¿Ha habido presiones para que esta automutilación del holding “El Comercio” se produzca?
Todo indica que sí. Y más que presiones brutales –que ya no son necesarias en esta época de pasteurización mediática- lo que ha habido es la criolla y continua queja del presidente Alan García y de algunos de sus allegados respecto de las supuestas salidas de tono de “Perú 21". Quejas que, expresadas ante personajes claves y en las reuniones precisas, fueron minando la capacidad de mantener la relativa autonomía que aprovechaba al máximo Álvarez Rodrich.
Lo de los petroaudios se ve ahora como un pretexto. El lado fenicio de “El Comercio” ha decidido limpiar al Grupo de veleidades y desvaríos e imponerle a la flota bajo su mando la disciplina de Nelson. No de Nelson Manrique, claro está.
El último fin de semana, en las afueras de Lima, hubo un almuerzo donde se presentó un escribidor de los Agois (los más felices con la muerte de “Perú) . Este señor señaló que lo que “El Comercio” había hecho estaba muy bien y que “el sistema” se encargaría de desaparecer a Álvarez Rodrich. Como si el ex director de “Perú fuese un pelo caído y tuviese que escurrirse por el lavabo. El legendario idiota supone que “el sistema” es Pepe Graña, más cualquier cuchinski ladronzuelo, más las Cades de azafatas, más varios genaros y un puñado de sal gruesa y picaresca y un enlace provechoso y viajero con los que ganan las licitaciones (o las ganarán). No, ese no es “el sistema”. Ese es el sistema de Fortunato Canaán. El de Fortunato Canaán y el de Rómulo Cana.
¿Es el periodismo una ciencia? ¿Existen las ciencias de la comunicación?
¿Es el periodismo una ciencia? ¿Existen las ciencias de la comunicación? Creo firmemente que no.Entonces, ¿es que el periodismo es un arte de bohemios trashumantes, un oficio que linda con el repentismo, la inspiración y muchas veces el alcohol?Creo enérgicamente que tampoco.Ni ciencia exacta ni oficio de cachueleros, el periodismo es un arte y una ética. Es el arte de ser éticos. Es también un modo de vivir y una manera de entender la relación que hay entre belleza y verdad. Y es una manera de percibir que la mayor obra del arte humano es la justicia.Sí. Porque la justicia es bella y la injusticia contrahecha. Y la verdad es lozana y la mentira supura, de igual modo que la cultura acoge lo mejor de nosotros y la barbarie demanda nuestros más primitivos apetitos.¿Por qué vengo a esta sala a hablarles de estos asuntos, al parecer tan lejanos del menester periodístico?Porque siempre he creído que la prensa que no piensa en sus raíces ni en el linaje de sus valores está destinada a ser no sólo efímera sino intrascendente.¿Valores? ¿Tiene algún sentido hablar de valores en un mundo que casi se jacta de no tenerlos?Pues tiene más sentido que nunca.Porque si la prensa se suma a ese pragmatismo sin escrúpulos que a nadie rinde cuenta, perderá toda importancia y será al final lo que muchos quieren que sea: el espectáculo del entretenimiento y el entretenimiento del espectáculo.La crisis mundial que atravesamos ha estallado precisamente por la derrota de los valores y el éxito, socialmente estimulado, de la codicia y el cinismo. Lo que muchos no quieren admitir es que Wall Street cayó después de la caída de aquellos valores que hicieron posibles las revoluciones industrial, tecnológica e informática.Antes que Citigroup se desplomara, la codicia le había ganado el pulso a la mesura. Antes que la General Motors mendigara cientos de miles de millones de dólares, la usura se había declarado mandataria global. Y mucho antes de que Bernard Maddoff estafara por miles de millones, la especulación se había impuesto a la creación de riqueza y el frenesí del dinero fácil había derrotado a la ética del bien común.De modo que la crisis que hoy empobrece a todos es, primero y fundamentalmente, una crisis de la ética, una colosal derrota de aquellos valores que la mayoría ni nombra ni aprecia y que son, sin embargo, aquellos que permitieron buena parte de la civilización a la que pertenecemos.Esos valores se pueden abreviar en uno solo. Y ese valor es el de la empatía, piedra de toque de la vida en común, esencia de la tolerancia. La empatía es, como todos ustedes saben, la capacidad de pensar en el otro, la generosidad de imaginar sus afectos, sus intereses y sus necesidades.Dejamos de ser simios el día en que la empatía se instaló entre nosotros. Abandonamos el canibalismo, la horda sanguinaria, la tribu endogámica cuando adquirimos el valor de la empatía.Pues bien, vivimos actualmente en un mundo en el que el sistema de las corporaciones y la lógica de la ganancia a cualquier costo han hecho todo lo posible por desterrar la empatía y por devolvernos a la atmósfera primitiva del egoísmo entendido como religión y emparentado, si fuera necesario, con el crimen.Estos ladrones que fungían de banqueros, estos financistas que en realidad eran asaltantes, estos ejecutivos que escondían su identidad parásita, estos petroleros que quieren comprar selvas para anegarlas de tóxicos, estos mineros que apetecen tanto los bosques peruanos como las tundras de Alaska, todo este ejército de depredadores, ¿qué tienen en común?Tienen en común haber borrado la palabra empatía de su vocabulario. Y tienen en común haber lanzado por la borda, como si fuera lastre, la delicadeza de sentirse parte de la humanidad e inquilino fugaz de este raro planeta.El actual es un sistema internacional que necesita la abolición de los más elementales valores comunitarios. Mientras más aislados nos sintamos, mejor para el sistema. Mientras menos prójimos nos sintamos, más regocijo para quienes gobiernan el mundo. Mientras más anacrónica nos parezca la palabra ética, mejor para ellos. Mientras más ridículos nos sintamos si hablamos de valores, el triunfo es sólo de ellos.De modo que no nos dejemos engañar. Esta crisis no es de hipotecas basura ni de Estados laxos que no regularon y ni siquiera de un exceso en las expectativas del crecimiento. Esta crisis es ética y fue labrada por el cinismo triunfante. Es el fin de la historia no en la versión de Francis Fukuyama sino en la de Eliot Ness en el Chicago de los 30.Ahora bien, si esta crisis global, que duplicará el número de pobres, viene del descrédito de la virtud y de la buena reputación del egoísmo, ¿qué papel ha jugado la prensa en todo este fenómeno?Es triste decirlo, pero la prensa, en general, ha sido el furgón de cola de este tren que terminó en el abismo.¿Cuántos grandes periódicos del mundo censuraron la reinstauración del capitalismo salvaje impuesto por la señora Thatcher y el señor Reagan, dos viejos sirvientes del conservadurismo armado y homicida?¿Cuántos periodistas de fama internacional le dijeron al público que ese capitalismo salvaje lo que quería era, precisamente, abolir toda ética social y entronizar los antivalores que ayudaran a acabar con los sindicatos y la resistencia?Y cuando el cinismo dejó de ser sólo un proyecto exitoso que destruyó el Estado del bienestar y se convirtió en la guerra farsante que asoló Irak y hoy demuele Afganistán, ¿cuántos periodistas de renombre mundial nos dijeron que en Irak no había armas de destrucción masiva o que en Afganistán el cultivo de amapolas creció desde su ocupación por tropas extranjeras?¿Y cuántos diarios o televisiones del Perú nos dijeron que el fraude delictivo de la empresa estadounidense Enron se debió a que sus auditores –los señores de Arthur Andersen- encubrían las fechorías contables que debían denunciar?¿Qué periódico nacional nos advirtió que la crisis que padecemos iba a ser la más importante después de la de 1929? Para ser menos exigente: ¿qué periódico nos dijo que venía una crisis? ¿Lo sabían y se callaron para no “desestabilizar el sistema”? ¿O no lo sabían y entonces renunciaron al deber periodístico de obtener información privilegiada y anticipar eventos en nombre del interés público?¿Cuántos periodistas protestaron cuando el Estado, que no tiene para pagarle sueldos decorosos a los maestros, corrió a salvar a los bancos Latino o Wiese? Sólo en el salvataje del banco Latino se invirtió la suma de 300 millones de dólares. ¿Quiénes levantaron la voz cuando el Estado peruano, representado por el ciudadano estadounidense Pedro Kuczynski, auxilió al quebrado banco Wiese con un aval de 180 millones de dólares?Hago estas preguntas para intentar explicarles cuán urgente es, desde mi modesto punto de vista, hablar de valores. Y cuán urgente es que los periodistas jóvenes entiendan que hablar de valores no sólo no es anticuado: es futurista.Porque el mundo de mañana tendrá que ser distinto, profundamente distinto. Y lo será también en la medida en que los periodistas jóvenes asuman su tarea pensando en el bien común, en la amplitud de los afectos, en la gracia de la empatía, en el retorno a esos valores del humanismo que nos dirigen a la cultura y a la paz.No teman hablar de valores. No se dejen arrinconar por aquellos que les ofrecen la obediencia del pragmatismo. La objetividad –créanme- es un invento de la banca suiza. No podemos ser neutrales ante la destrucción del planeta y el asesinato espiritual de sus habitantes. Un periodismo que prescinda de la ética funcionará como mayordomía de los grandes poderes del dinero. Y un periodista que no sienta, aunque suene presuntuoso, que puede contribuir con algo a mejorar al mundo ya no será periodista sino notario –con el respeto que los notarios se merecen-.El dilema está planteado: o socios de la humanidad y del planeta para cambiar las cosas o militantes de la resignación. Creo estar seguro de cuál va a ser vuestra elección y eso me reconforta. Buenas noches y muchas gracias.
(César Hildebrandt)
(César Hildebrandt)
miércoles, 22 de abril de 2009
Un puñado de realidad de Cisneros.
Dom, 15/03/2009 - 00:33
Por Luis Jaime Cisneros
Cuando un estudiante llega a la universidad, desde la primera semana tengo una clara idea de lo que la escuela ha contribuido para su comportamiento en el aula. Por cierto, lo primero que ausculto se relaciona con la esfera de la comunicación: gestos y vocabulario me van revelando sus habilidades y destrezas. Y por supuesto, sus lecturas. Como desde hace años me invade una niebla intensa, me he venido interesando en su comportamiento lingüístico. No me refiero a la ortografía, que no me inquieta por muy agraviada que esté. Me preocupa, en cambio, su dificultad para enfrentarse a los textos teóricos. Y por lo tanto, no se halla preparado para comentar y debatir lo que lee.
Así comienzan nuestras dificultades. Dificultades para él y también dificultades para mí, como responsable de ayudarlo a buscar y descubrir el conocimiento. Ayudarlo a desprenderse de hábitos escolares y auxiliarlo para que se descubra lector en aptitud y capacidad suficientes para enfrentarse a la búsqueda del conocimiento son las grandes tareas a que se ve convocada la universidad, tarea ciertamente inesperada 20 años atrás.
Es bueno que los docentes aceptemos la realidad de estos hechos, para asegurar calidad a nuestra tarea. Si a la universidad llegan estudiantes que no han sabido enfrentar el beneficio de la duda científica, nada obtendremos con recomendarles textos que no pueden leer ni tareas que no sepan comprender. Debemos, para ser exigentes desde la hora inicial, enseñarles a aprender. Sea cual fuere la asignatura que nos toque explicar, esa es la tarea esencial. Si la escuela hubiera aclimatado al estudiante a la lectura de textos científicos a la par que textos literarios, otro sería el cantar. Pero como el problema existe, hay que insistir, desde la hora inicial, en cubrir tales ausencias, para exigir aprendizaje de calidad.Y es que conviene pensar en dos tipos de sociedad, de los que poco hablan los textos escolares. Desde hace medio siglo compartimos una sociedad bifronte: por un lado nos movemos en una sociedad industrial, cuyos modelos de vida compartimos con una sociedad del conocimiento. La vida moderna es una vida que nos entrena a movernos en constante competencia. La escuela debe enseñar a competir en esta sociedad.
Se trata de un mundo peculiar. Por un lado, urgencias de dinero y urgencias de consumo. Por el otro, la velocidad y la máquina. Todos quisiéramos que el saber fuera velozmente accesible. Pero hay que saber esperar para ayudarnos a madurar. Hay que aprender a caminar pausadamente, conscientemente, para aprender a llegar a la meta. Si la escuela no ha contribuido a esa primera lección, pues nos toca lograr que la universidad acierte a brindar la necesaria ayuda. Y este es el momento en que debemos reflexionar sobre cómo hemos descuidado, en la casa y en la escuela, entrenar a los muchachos sobre los valores.
No es asunto que sólo a nosotros incumbe. La prensa mundial nos alerta. Los valores están en crisis, y lo advertimos cuando son precisamente los jóvenes los que protagonizan, aquí y allá, situaciones y desórdenes escalofriantes. No nos ocultemos las cosas: crisis en el hogar, añadida a crisis en la escuela, son triste anuncio de sociedad imperfecta. Cuesta trabajo, tras leer noticias sobre lo que ocurre en el mundo, imaginar que podamos reconocer la existencia de una sociedad industrial frente a una sociedad del conocimiento.
A esta altura del mundo, imaginarlas como independientes resulta ingenuo. Reconocerlas como obligadas partícipes de la actualidad requiere urgente reflexión. Y cuando alguien intenta, desde la sociedad del conocimiento, reflexionar sobre temas pedagógicos, descubre la importancia que adquieren los valores, debemos apagar radio y televisión y sentarnos a reflexionar sobre nuestra responsabilidad como ciudadanos de esta hora y de este país nuestro, cruzado de cordilleras. En todo esto me ha obligado a pensar el libro que Martiniano Román ha dedicado a la capacidad y valores como objetivos, en una perspectiva didáctica.
Se trata de un mundo peculiar. Por un lado, urgencias de dinero y urgencias de consumo. Por el otro, la velocidad y la máquina. Todos quisiéramos que el saber fuera velozmente accesible. Pero hay que saber esperar para ayudarnos a madurar. Hay que aprender a caminar pausadamente, conscientemente, para aprender a llegar a la meta. Si la escuela no ha contribuido a esa primera lección, pues nos toca lograr que la universidad acierte a brindar la necesaria ayuda. Y este es el momento en que debemos reflexionar sobre cómo hemos descuidado, en la casa y en la escuela, entrenar a los muchachos sobre los valores.
No es asunto que sólo a nosotros incumbe. La prensa mundial nos alerta. Los valores están en crisis, y lo advertimos cuando son precisamente los jóvenes los que protagonizan, aquí y allá, situaciones y desórdenes escalofriantes. No nos ocultemos las cosas: crisis en el hogar, añadida a crisis en la escuela, son triste anuncio de sociedad imperfecta. Cuesta trabajo, tras leer noticias sobre lo que ocurre en el mundo, imaginar que podamos reconocer la existencia de una sociedad industrial frente a una sociedad del conocimiento.
A esta altura del mundo, imaginarlas como independientes resulta ingenuo. Reconocerlas como obligadas partícipes de la actualidad requiere urgente reflexión. Y cuando alguien intenta, desde la sociedad del conocimiento, reflexionar sobre temas pedagógicos, descubre la importancia que adquieren los valores, debemos apagar radio y televisión y sentarnos a reflexionar sobre nuestra responsabilidad como ciudadanos de esta hora y de este país nuestro, cruzado de cordilleras. En todo esto me ha obligado a pensar el libro que Martiniano Román ha dedicado a la capacidad y valores como objetivos, en una perspectiva didáctica.
sábado, 7 de marzo de 2009
Almacén putrefacto

Descubrir el almacén fue fácil, bastaba con seguir un olor a sangre y cuerpos sufridores que flotaba en el aire, podía uno imaginar que era hasta un juego como ese de Caliente, caliente, Frío, frío, conforme se acercara o se apartase el buscador, Duele, no duele, pero los dolores eran ya insoportables. José ató el burro a una argolla y entró en la cámara tenebrosa en que transformaron el almacén. En el suelo, entre las esteras, había unas lamparillas encendidas que apenas iluminaban nada, eran como pequeñas estrellas en el cielo negro, sin más luz que la suficiente para señalar su lugar, si de tan lejos las vemos.
José recorrió lentamente las filas de hombres tumbados, en busca de Ananías, en el aire había otros hedores fuertes, el del aceite y el del vino con que curaban las heridas, el de sudor, el de las heces y los orines, que algunos de estos desgraciados ni moverse podían, y allí mismo donde estaban dejaban salir lo que el cuerpo, más fuerte que la voluntad, ya no quería guardar. No está aquí, se dijo José cuando llegó al final de la fila. Volvió a recorrer la sala en sentido contrario, más lentamente, escrutando, buscando señales de semejanza, y realmente todos se parecían entre sí, las barbas, los rostros hundidos, las órbitas profundas, el brillo deslucido y pegajoso del sudor. Algunos de los heridos lo seguían con una mirada ansiosa, hubieran querido creer que este hombre sano venía a por ellos, pero luego se apagaba la breve lucecilla que animara sus ojos y la espera, de quién, para qué, continuaba.
(El evangelio según Jesucristo / José Saramago)
miércoles, 4 de marzo de 2009
Niños, niños...
A diferencia de cualquier animal, tardaban demasiado en valerse por sí mismo, ¡ y cuántos estragos resultaban de esa tara! Todo lo rompían, carátula artística o florero de cristal de roca, traían abajo las cortinas que quemándose los ojos había cosido la dueña de la casa, y sin el menor embarazo aposentaban sus manos embarradas de caca en el almidonado mantel de mantilla de encaje comprada con privación y amor. Sin contar que solían meter sus dedos en los enchufes y provocar cortocircuitos o electrocutarse estúpidamente con lo que eso significaba para la familia: cajoncito blanco, nicho, velorio, aviso en "El Comercio", ropas de luto, duelo. Porque ¿no era desolador cómo ellos arruinaban el presupuesto familiar? Gravaban los ingresos paternos en relación inversa a su tamaño, no sólo por su glotonería pertinaz y la delicadeza de su estómago, que exigían alimentos especiales, sino por las infinitas instituciones que ellos habían generado, comadronas, cunas maternales, puericultorios, matinales, jugueterías, juzgados de menores, reformatorios, sin mencionar las especialidades en niños que, arborescentes parásitos que asfixian a las plantas-madres, le habían nacido a la Medicina, la Sicología, la Odontología y otras ciencias, ejército en suma de gentes que debían ser vestidas, alimentadas y jubiladas por los pobres padres.
¿Acaso con la consabida cuartada de que carecían de uso de razón, no cercenaban las alas a las mariposas, metían a los pollitos vivos en el horno, dejaban patas arriba a las tortugas hasta que morían y les reventaban los ojos a las ardillas? ¿la honda para matar pajaritos era arma para adultos? ¿y no se mostraban implacables con los niños más débiles? Por otra parte ¿cómo se podía llamar inteligentes a seres que, a una edad en que cualquier gatito ya se procura el sustento, todavía se bambolean torpemente, se dan de bruces contra las paredes y se hacen chinchones?
martes, 3 de marzo de 2009
Recuerdos febrerales II
Aquel fin del que hablaba era sin duda el del toqueteo. Los raptos ahora ya no serían simplemente para darles un gran baño, sino también para saciar nuestra inquietud y angustia de querer tocarlas.
Es así como los los carnavales para mí iban muriendo año tras año. Los grupos ya no eran más para jugar carnaval, Bahh, carnaval son para chibolos, decía uno de mis amigos, Sí, hueón, vamos a la playa con las chicas y de paso llevamos un trago, decía otro. No puedo negar que yo también estaba animado con la idea y es que, claro, siempre uno quiere vivir nuevas aventuras y, por supuesto, estar con chicas y más chicas.
Ahora ya ninguno de mi generación juega carnavales, y creo que ni se atrevería porque se ganaría unas buenas risotadas de burlas de parte de nosotros, y también porque haría el ridículo siendo en único grandazo entre tantos chicos y chicas de la nueva generación que mantienen los carnavales vivos en el barrio. Ya sólo queda mirar cómo aquellos infantes disfrutan de aquella diversión fugaz, pasajera, pero que se mantiene en el corazón, tanto como del que viene como del que va.
Es así como los los carnavales para mí iban muriendo año tras año. Los grupos ya no eran más para jugar carnaval, Bahh, carnaval son para chibolos, decía uno de mis amigos, Sí, hueón, vamos a la playa con las chicas y de paso llevamos un trago, decía otro. No puedo negar que yo también estaba animado con la idea y es que, claro, siempre uno quiere vivir nuevas aventuras y, por supuesto, estar con chicas y más chicas.
Ahora ya ninguno de mi generación juega carnavales, y creo que ni se atrevería porque se ganaría unas buenas risotadas de burlas de parte de nosotros, y también porque haría el ridículo siendo en único grandazo entre tantos chicos y chicas de la nueva generación que mantienen los carnavales vivos en el barrio. Ya sólo queda mirar cómo aquellos infantes disfrutan de aquella diversión fugaz, pasajera, pero que se mantiene en el corazón, tanto como del que viene como del que va.
Recuerdos Febrerales
Febrero solía ser mi mes favorito de las vacaciones escolares donde me divertía de lleno con mis amigos, tanto de colegio como de barrio, y en el que hacía un sin número de travesuras, como también deportes, entre ellos mi favorito, jugar carnaval.
Esperaba con ansias que fuera domingo para formar el tradicional combate acuático entre chicos y chicas en el pleno corazón del barrio, en el cual jugar con sandalias no era recomendable debido al correteo que tenía que hacer, o a las arriesgadas maniobras de ir a "raptar" a una de las chicas para darle aquel baño que ni siquiera sus padres le habían dado en su vida. Por supuesto que la diversión no acababa cuando se iba el sol ya que, tan pronto surgía la noche, surgía con ella la "matachola", con la que se armaba una guerra aún más feroz, pero esa ferocidad nunca pude deducir si era por el dolor que causaba la "matachola" o era porque te ensuciaban tu ropa recien lavadita y planchadita.
Obvio que cosas como estas no duran para siempre. Mientras iba creciendo, me iba dando cuenta de que cada febrero se tornaba distinto del otro. Ya no salían todas las chicas, como era de costumbre, a salir a combatir con nosotros. Algunas ya ni les gustaba que las mojaran, simplemente porque no querían o porque derrepente se volvieron hidrofóbicas. Pero nosotros también cambiamos. Veíamos a las chicas con otros ojos, y era porque aquellas minifaldas y pequeños polos con los que salían a jugar ya no les quedaban tan holgados, a parte de que nos llamaban la atención aquellas protuberancias propias del desarrollo, y que a nosotros nos atraían como abeja a la miel con el pasar de los años. Es por esta razón, creo, que el juego del carnaval tuvo un fin diferente para nosotros.
Esperaba con ansias que fuera domingo para formar el tradicional combate acuático entre chicos y chicas en el pleno corazón del barrio, en el cual jugar con sandalias no era recomendable debido al correteo que tenía que hacer, o a las arriesgadas maniobras de ir a "raptar" a una de las chicas para darle aquel baño que ni siquiera sus padres le habían dado en su vida. Por supuesto que la diversión no acababa cuando se iba el sol ya que, tan pronto surgía la noche, surgía con ella la "matachola", con la que se armaba una guerra aún más feroz, pero esa ferocidad nunca pude deducir si era por el dolor que causaba la "matachola" o era porque te ensuciaban tu ropa recien lavadita y planchadita.
Obvio que cosas como estas no duran para siempre. Mientras iba creciendo, me iba dando cuenta de que cada febrero se tornaba distinto del otro. Ya no salían todas las chicas, como era de costumbre, a salir a combatir con nosotros. Algunas ya ni les gustaba que las mojaran, simplemente porque no querían o porque derrepente se volvieron hidrofóbicas. Pero nosotros también cambiamos. Veíamos a las chicas con otros ojos, y era porque aquellas minifaldas y pequeños polos con los que salían a jugar ya no les quedaban tan holgados, a parte de que nos llamaban la atención aquellas protuberancias propias del desarrollo, y que a nosotros nos atraían como abeja a la miel con el pasar de los años. Es por esta razón, creo, que el juego del carnaval tuvo un fin diferente para nosotros.
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