miércoles, 22 de abril de 2009

Un puñado de realidad de Cisneros.


Dom, 15/03/2009 - 00:33


Por Luis Jaime Cisneros


Cuando un estudiante llega a la universidad, desde la primera semana tengo una clara idea de lo que la escuela ha contribuido para su comportamiento en el aula. Por cierto, lo primero que ausculto se relaciona con la esfera de la comunicación: gestos y vocabulario me van revelando sus habilidades y destrezas. Y por supuesto, sus lecturas. Como desde hace años me invade una niebla intensa, me he venido interesando en su comportamiento lingüístico. No me refiero a la ortografía, que no me inquieta por muy agraviada que esté. Me preocupa, en cambio, su dificultad para enfrentarse a los textos teóricos. Y por lo tanto, no se halla preparado para comentar y debatir lo que lee.
Así comienzan nuestras dificultades. Dificultades para él y también dificultades para mí, como responsable de ayudarlo a buscar y descubrir el conocimiento. Ayudarlo a desprenderse de hábitos escolares y auxiliarlo para que se descubra lector en aptitud y capacidad suficientes para enfrentarse a la búsqueda del conocimiento son las grandes tareas a que se ve convocada la universidad, tarea ciertamente inesperada 20 años atrás.
Es bueno que los docentes aceptemos la realidad de estos hechos, para asegurar calidad a nuestra tarea. Si a la universidad llegan estudiantes que no han sabido enfrentar el beneficio de la duda científica, nada obtendremos con recomendarles textos que no pueden leer ni tareas que no sepan comprender. Debemos, para ser exigentes desde la hora inicial, enseñarles a aprender. Sea cual fuere la asignatura que nos toque explicar, esa es la tarea esencial. Si la escuela hubiera aclimatado al estudiante a la lectura de textos científicos a la par que textos literarios, otro sería el cantar. Pero como el problema existe, hay que insistir, desde la hora inicial, en cubrir tales ausencias, para exigir aprendizaje de calidad.
Y es que conviene pensar en dos tipos de sociedad, de los que poco hablan los textos escolares. Desde hace medio siglo compartimos una sociedad bifronte: por un lado nos movemos en una sociedad industrial, cuyos modelos de vida compartimos con una sociedad del conocimiento. La vida moderna es una vida que nos entrena a movernos en constante competencia. La escuela debe enseñar a competir en esta sociedad.
Se trata de un mundo peculiar. Por un lado, urgencias de dinero y urgencias de consumo. Por el otro, la velocidad y la máquina. Todos quisiéramos que el saber fuera velozmente accesible. Pero hay que saber esperar para ayudarnos a madurar. Hay que aprender a caminar pausadamente, conscientemente, para aprender a llegar a la meta. Si la escuela no ha contribuido a esa primera lección, pues nos toca lograr que la universidad acierte a brindar la necesaria ayuda. Y este es el momento en que debemos reflexionar sobre cómo hemos descuidado, en la casa y en la escuela, entrenar a los muchachos sobre los valores.
No es asunto que sólo a nosotros incumbe. La prensa mundial nos alerta. Los valores están en crisis, y lo advertimos cuando son precisamente los jóvenes los que protagonizan, aquí y allá, situaciones y desórdenes escalofriantes. No nos ocultemos las cosas: crisis en el hogar, añadida a crisis en la escuela, son triste anuncio de sociedad imperfecta. Cuesta trabajo, tras leer noticias sobre lo que ocurre en el mundo, imaginar que podamos reconocer la existencia de una sociedad industrial frente a una sociedad del conocimiento.
A esta altura del mundo, imaginarlas como independientes resulta ingenuo. Reconocerlas como obligadas partícipes de la actualidad requiere urgente reflexión. Y cuando alguien intenta, desde la sociedad del conocimiento, reflexionar sobre temas pedagógicos, descubre la importancia que adquieren los valores, debemos apagar radio y televisión y sentarnos a reflexionar sobre nuestra responsabilidad como ciudadanos de esta hora y de este país nuestro, cruzado de cordilleras. En todo esto me ha obligado a pensar el libro que Martiniano Román ha dedicado a la capacidad y valores como objetivos, en una perspectiva didáctica.

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