jueves, 18 de septiembre de 2014

"¿Quieres adoptar gatitos siameses?"



Hay acciones, respuestas, gestos, miradas que revelan más de lo que uno cree. Que alguien te diga, por ejemplo: "¿No quieres adoptar unos gatitos siameses?", parece que te estuviera revelando que tiene el alma caritativa y noble. Le dices que no puedes por diversos motivos, aunque en verdad lo quisieras. Sin embargo, para él no es motivo suficiente. Uno puede entender que esté preocupado por darles hogar, pero cuando sus razones son: "Es siamés, ah. Son lindos. No son como los gatos esos callejeros. Son caseros, son de la casa. Son de raza, pe. No son cualquier cosa. En verdad te van a gustar". En ese instante te revela ya dos cosas: una que es absolutamente una persona superficial; y la otra es que no ha entendido que cada gato tiene una personalidad distinta. Además que su comportamiento depende del ambiente y la crianza, al igual que las personas. ¿No han visto las películas de Eddie Morphy? Hay una donde él era totalmente pobre y unos tipos lo vuelven millonario. Al principio sigue adoptanto los comportamientos que ya aprendió. Luego hace el trabajo tan o mejor que el otro tipo (el cual era blanco y venía de una familia aristocrática.) Si un gato, o perro, o animal en general, se comporta de tal manera es por diversos factores, no por un tema de raza. Quiere decir que su visión de las cosas, de las personas, también es así. No se da cuenta que es una vida, igualmente, y que merece un hogar, como todos, al igual que oportunidades. Eso revela los diversos estereotipos y prejuicios que debe llevar por dentro hacia con las personas al establecer una analogía de raza/mérito. Si es de raza, merece más, o merece antes que los demás, debe ser prioridad, etc.. En esta respuesta tan corta que te da ha dado, te muestra su verdadero ser, su esencia fétida.

viernes, 12 de septiembre de 2014

El ataque de las pepitas de mandarina




Soy pelador experto de mandarinas. Es la única actividad que me sale bien, sin fallar, Nunca dejo cáscara en la mandarina. Saco todo, sin romper la cáscara. Es como tratar de mantener una piel valiosa para el mercado. Romperla un poquito podría deprimirme todo el día. Siempre las trato con el mayor cuidado y la pongo a un lado. Me gusta que se mantengan sus venas blancas, que no se salgan. A lo mucho que estén a medio salir, colgando, como personas queriéndose aventar de un edificio pero que la duda y el miedo los corroe intensamente. Me gusta ponerlas a un lado y verlas cómo se contraen, cómo no soportan perder su soporte. ¿Soy sádico? Puede ser, pero es una costumbre que viene de familia.

Mi viejo también era pelador de mandarinas. Pelaba dos kilo de mandarinas, todas sin parar, furiosamente. En tan sólo segundos terminaba. Las pieles se conservaban. La mandarina parecía intacta. Era un trabajo brutal. La gente se sorprendía: algunos tenían cara de asco; otros de alegría, de aprobación. A él no le importaba, Él creía como nadie más en este mundo que su actividad era sumamente importante para la sociedad. Lo hacía con esmero, con dedicación, serio. Me explicó que si no lo hacía estas pieles podrían estar por pedazos en las calles, dando mal aspecto, perdidos, abandonados a su suerte, sin nadie que les dedique tiempo, sin nadie que los tomen en cuenta. Eso traería problemas sociales, accidentes por pisarlas, destrucción del paisaje natural de concreto. Se consideraba un héroe. Hacía esto por simple convicción.

Pensaba en lo que me decía. Miraba las pieles. Me puse a pensar que si bien es cierto lo que me decía, esos pedazos no ejercen su derecho de libertad. Están condenados a morir juntos, a no experimentar situaciones, a no experimentar pisadas, a no estar solos, a no conocer otros pedazos.

 ¿No es justo que puedan decidir cómo quieren vivir o morir?
— Libertad... — me dijo mientras miraba cómo sus dedos desollaban la mandarina— Eso ellas no lo pueden manejar. 

No estaba muy de acuerdo. Me comí una mandarina. Mi espíritu experimental quiso ponerme a prueba. Pensé en hacer una pequeña ciudad de pedazos de pieles de mandarina y ver su comportamiento. Muerdo otra. Me encuentro con unas pepitas. Mi boca se contrajo como la de un mono que dice "u-u-u-u" y se preparaba para expulsarlas, pero me detuve. Pensé en escupirlas al patio trasero donde había tierra y pasto. Tuve la teoría que crecerían así solas, sin tener que sembrarlas. En el colegio solía pensar que los primeros pobladores del mundo se hicieron horticultores y agricultores por andar comiendo frutas y escupir las pepas a la tierra. Quería probar si esa teoría que me perseguía desde el colegio era cierto y, además, si se comprobara que es cierta, hacer la pequeña ciudad para ver el comportamiento de las pieles de mandarina.

Comencé a comer mandarina más seguido. Mis cachetes aguardaban una por una las pepitas para luego entrar en complicidad con mi boca y expulsarlas lo más lejos que pudieran. Algunas se estrellaban contra la pared, otras chocaban con las piedras, otras se perdían entre el pasto, otras daban sus últimos saltos en la tierra, otras caían en lugares propicios para crecer, y otras simplemente burlaban a mi vista.

Esperé un mes, dos, tres, cuatro, cinco meses. Durante esa espera disminuí los lanzamientos de pepas al no ver los resultados. Pasó un año, dos. Dejé de prestarles atención. Nunca brotó nada. Me rendí.

En mi patio tenía cuatro perros pequeños. Un día uno de ellos amaneció con una uña incrustada. Lo llevé al veterinario.

— Ellos siempre corren  le dije al veterinario tal vez jugando con los otros se ha hecho eso,
— Pero esto es raro— miraba el doctor a mi perro  es como si alguien hubiese doblado esa uña.

Otro de ellos comenzó a sangrar un día del ojo. ¿Se ha peleado con otro perro?, No, imposible, son todos hermanos. A otro de ellos se le hizo un hueco en el cuerpo, como si un peluquero lo hubiese atacado con una tijera para pelarlo. Abuela, ¿tú le has querido cortar el pelo?, No, hijito, nada, ¿cómo crees? Quedaba uno que aún no tenía nada. Lo vigilé por unos días. Era manso. No molestaba a nadie. Pasó tiempo y dejé de preocuparme.

Un día vi una pepita de mandarina a mi cuarto. No recuerdo haber comido mandarina un día antes en mi cuarto. Era rara, tenía un aspecto extraño. Si le agregara ojos, boca y nariz tranquilamente podría ser un sobreviviente de una guerra. Estaba sucio. Se notaba molesto. Había sangre naranja en parte de su rostro. La quedé mirando un rato. Me perturbaba un poco. Me acerqué y la pateé. Le pregunté a mi tía si había comido un día antes mandarina en mi cuarto. Para nada, me dijo.

Salimos todos un día a ver el concurso de peladores de mandarina de la ciudad donde papá participaba. Mi papá ganó. Se llevó el título. Era el único al que después de la prueba salió con las manos intactas y las pieles intactas. Sus manos no tenían sangre de mandarina. Las pieles no se habían roto ni un poco. Los periodistas venían, preguntaban lo mismo de siempre: ¿cómo lo hace?, ¿cuánto tiempo le llevó perfeccionarse?, ¿cuál es su rutina diaria?, ¿qué siente cuando está desollando?, ¿alguna vez pensó vivir de esto? Mi papá se aburría. Pronto no quiso hablar con nadie, sólo ir con nosotros a celebrar. Fuimos a comer pollo a la brasa. Estábamos tranquilos cuando de pronto viene alguien. ¿Usted es el campeón de los peladores de mandarina?, Sí, ¿Me puede pelar esta mandarina mientras lo grabo?, No, imposible, Ay, ¿por qué?, por favor, No, mi hijo que lo haga, él será mi reemplazo en el futuro. La chica volteaba y me miraba desilusionada. Anda, pélalo, carajo, sin miedo. Me molestó que me carajee frente a esa chica tan linda. Desollé molesto. La chica cambió su cara. Era una sorpresa menor, obviamente, sin embargo me dijo que era bueno. Al final se tomó la foto y se fue.

Me regresé a la casa. Ellos se fueron a los juegos a seguir celebrando. Yo tenía que verme con una chica. Abro la puerta. Silencio total. Ninguno de los perros ladró como cuando alguien de nosotros llega a la casa. Me asusté un poco. Fui a verlos. Prendo la luz de la cocina. Abro la puerta y estaban tirados, esparcidos por el patio, muertos. Me acerqué a uno de ellos para ver si se podía hacer algo. En ese instante que lo quiero levantar muchas pepitas cayeron en mi cabeza. Me picaban, me mordían, me manchaban, me trataban de contagiar su podredumbre. Yo luchaba para quitármelas, pero venía de todos lados, eran infinitas. Las pisaba pero sólo se hundían en la tierra, luego salían otra vez y avanzaban hacia mí. Fui corriendo al caño, puse la manguera, abrí totalmente el caño y el agua se convirtió en mi aliada. Las pepas volaban, se enterraban, se ahogaban. El barro comenzó a surgir. Ya su avance era mucho más lento, se hundían y su lucha era en vana. Aún viendo eso seguía asustado. Estaba por salir de ahí pero otro grupo salió a atajarme el pie derecho. Caí. Pisé la manguera y se soltó del caño. Las pepas avanzaban por mi pierna. Me arrastré. Miraba cómo escapar. De pronto vi una bolsa con pieles de mandarina. Contenían las pieles del día que mi papá había desollado. Las corté en pedazos y las tiraba encima de las pepitas. Quedaban atrapadas en grupos de 4, de 5, de 10. La lucha era intensa. Me liberé de unos cuantos. Cerré la puerta. Agarré una bolsa de basura, las negras, la únicas que pueden detenerlas. Las metí a todas. Las metí dentro de varias bolsas. Para que no hagan hueco le puse un costal. Lo saqué para que se lo lleve el camión de la basura.

Llamé a mi padre. Todos regresaron preocupados. Mis hermanas lloraron por los perros. Yo también estuve apenado. Cuando escuché la campana de la basura salí. Quería ver cómo esa máquina los aplastaba. El basurero subió el costal. ¿Cada cuantos minuto la máquina aplasta las bolsas? Cada vez que está llena, depende del conductor, pe. Me fui donde el conductor. ¿Puede aplastar la basura? Todavía no está lleno, me dijo, Qué importa, sólo quiero ver cómo se aplasta mi basura, Pues, tendrá que seguirnos, no má'. Los seguía una cuadra más y vi cómo la máquina las aplastaba. Estoy seguro haber escuchado cómo crujían sus cuerpos y morían.

Pasaron varios años. La gente no nos creyó esa historia. Pensaban que estábamos locos y que habíamos inventado tal historia para librarnos de la responsabilidad de los perros. Mi padre murió. En un titular de periódico recuerdo haber visto: "Campeón asesino y violento", culpándolo de la muerte de los perros y creyendo que esa noche también me golpeó. Todo esto lo recuerdo mientras estoy viajando en un taxi. Me estoy yendo a San Juan de Miraflores por un trabajo. Llego a Ciudad, el centro de negocios del distrito y comienzo a ver basura por doquier: cartones, papeles, botellas, chapitas... En eso veo pedazos de cáscaras, pedazos de pieles de mandarinas, pepitas mirando. Se me vino el recuerdo del ataque de las pepitas de mandarina de esa noche. En cualquier momento hay un ataque de pepitas de mandarina masivo en esta ciudad, ¿Qué dice, disculpe?, me dijo el conductor, No, nada, que no se olvide de avisarme una cuadra antes del Hospital.



jueves, 11 de septiembre de 2014

Foto parida: Vamos a medias



- No tengo mucha plata...
- Yo tampoco.
- Pues... Vamos a medias.



miércoles, 10 de septiembre de 2014

Alfredo, el de los pasos gigantes.

Estoy en la esquina de Huaylas y Matellini, en un grifo, en Chorrillos. Espero una combi que me lleve a Andrómeda con Universo. Me iba a encontrar con Alfredo Ruiz, 26 años, editor experimental, estudiante sanmarquino de literatura, y lector carrero, es decir, que lee en los carros. Andrómeda con Universo. He venido masticando estas tres palabras desde la mañana. Incluso almorzando, en el Mercado Sarita Colonia, unos tallarines verdes con su pollo a la parrilla, no dejaba de hacerlo. Estaban ahí, mezcladas con los fideos, bailando, cantando. Hacían concierto mientras yo almorzaba. Las múltiples manchas verdes de mi plato se unían y formaban Andrómeda con Universo, haciendo que sean los músicos de la orquesta. Los fideos eran sus cómplices. Era una de las calles con nombres más raros que había escuchado. Andrómeda con Universo. Imaginé ir al Espacio.


Papel crema: sello Amotape Libros. Papel blanco: sello Viringo Cartonero.


Ninguna de las naves que pasaban me llevaban. Habla, ¿a dónde vas?, A Andrómeda con Universo, No, no voy, chino. El que me hablaba era uno que sacaba medio cuerpo por la ventana, sosteniéndose con un brazo de la nave, pequeña y frágil. Pensé que tiene una habilidad tremenda para hacer eso en el Espacio. Hacer eso podría hacer que te pierdas por el universo, rodar, rodar, dar vueltas hacia donde no hay luz, o hacia la luz que nunca se apaga, la que no paga recibo. Apareció de pronto una nave más pequeña. El piloto estaba mucho más protegido. La mototaxi. Por fin un invento peruano en el Universo, dije. ¿Acá a Andrómeda con Universo?, Tres soles, Dos, pe, tío. Dos cincuenta vamos. Ya. Me subí a la nave. Andrómeda con Universo. Mientras avanzaba la vista iba cambiando. Todo era muy parecido a mi barrio: parques, las casas, los colegios, los enrejados, la gente que pasea a sus perros y dejan que se caguen por doquier, sin limpiar, la gente que bota basura. ¿Hasta dónde lo llevo?, ¿Ya pasamos Andrómeda con Universo?, Sí, acá atrasito es, pe. Le doy los dos soles cincuenta. Al bajar estaba en Universo. Era parecido a los barrios de mi distrito, los universos sanjuaninos: casas sin tarrajear, sin pintar. Llego a la esquina con Andrómeda y es muy similar. Había un árbol totalmente podado. Pelado como un cadete, como un perro, pero en otra ciudad, no la de Vargas Llosa. Llego a la dirección que me dijo. Toco la puerta. ¿Se encuentra Alfredo? En el segundo piso es. Toca, no más, o sílbale. Pensé que había llegado más temprano, pero fui yo el que llegó demasiado temprano. Me senté junto al árbol a esperar.


Imparable, siempre mostrándome libros.


Al rato una combi se para al frente. Llega Alfredo. Lo saludo. Me cuenta que viene de juntarse con su amigo y colega Limache, Óscar Limache, poeta de los buenos, de los caletas, el que si fuera una figurita de un álbum de poetas peruanos sería un holograma. Me cuenta que están en futuras ediciones, que a partir de la última presentación en la FIL Lima (Feria Internacional del Libro) obtuvo una propuesta de trabajo. Era 3 de agosto del 2014. El libro que presentaban  era El reverso de las cosas, del escritor brasilero Carlos Drummond de Andrade (O avesso das coisas, en portugués), de traducción de Ohmar Cachay y Óscar Limache, pero que salió bajo el sello editorial de Alfredo, Amotape Libros. Ese día contaron acerca de lo que fue su trabajo de edición y traducción junto a Óscar. La gente se reía de los comentarios. Estaba tanto gente conocida como desconocida para ellos. Estuvieron también representantes de la Embajada de Brasil.


Recuerdo de sus últimas presentaciones.


Alfredo ya ha publicado diversos libros de poetas brasileros contemporáneos: Paulo de Toledo, Ademir Demarchi y Cândido Rolim. También el libro Stray birds (Pájaros extraviados) de Rabindranath Tagore, escritor hindú, premio Nobel de literatura. Ha estado últimamente en el Festival Caravana de poesía en Cuzco, donde presentó su producción y dictó talleres cartoneros: talleres para hacer libros de edición cartonera, libros con material reciclado.


— Digamos que yo me encargaba de la parte técnica — me dice Alfredo—, de decir Vamos a cortar así, asá, a pintar así, a pegar... todo eso. Y Óscar se encargaba, por decir...

— De la parte teórica —le digo.
— Sí, más o menos así. Les contaba la historia de las cartoneras, qué era una cartonera, cuáles son las que existen, etc. Pero, al final igual terminamos siempre haciendo lo práctico los dos.
— ¿Le gustó a la gente? ¿Hubo interés?
— Sí, claro. Había gente de distintas edades. Nuestro objetivo con esto es ir, hacer, enseñar, que los chicos aprendan haciendo y que decidan trabajarlo, que puedan tener una oportunidad de trabajo.


El libro que me recibió cuando llegué.



Alfredo viene realizando esta labor bajo el sello de Viringo Cartonero. Precisamente en la mesa hay uno. Se llama Reo de las sombras, de Fernando Vargas Valencia. Logro distinguir que es una jaula, una ventana de prisión en el cielo, hecho a témperas, sobre un cartón. Lo abro. Esto debe tomar tiempo, me dije. ¿Cómo hace para mantener sus actividades de estudiante, editor, lector, enamorado y cartonero? ¿Cuántos de éstos podrá hacerse?



— Unos cuantos.

— ¿Y si te dedicaras a tiempo completo?
— Un tiraje de 50 como máximo.
— ¿Y qué pasaría si te llaman de todos lados para hacer talleres cartoneros?
— Puedes vivir haciendo talleres, pero tampoco la idea es cobrar. La idea es hacer libros con la gente, con gente que necesita, que ellos mismos se sustenten vendiéndolos.


¿Alguien que hace algo con fines sociales? Hoy en día es raro ver que una empresa sea responsable socialmente. Incluso las más grandes, las internacionales, las mineras, no lo hacen ni se preocupan. Me he confundido. ¿Cómo alguien sin dinero o sin mucho dinero puede hacer algo así?


— Has hecho lo que hace una empresa, pero al revés.

— Jajajaja... Sí, fue al revés.
— Por eso que las empresas no le toman importancia a la cultura.
— Sí. Primero se piensa en generar dinero, luego en preocuparse de los demás. Pero en Amotape ha sido distinto. Estamos enfocados en lo cultural. Somos una empresa diversificada, autosostenida, independiente. La edición es un camino para hacer cosas culturales, sociales, artísticas. A las otras empresas les pasa que cuando están arriba se olvidan de lo que está abajo. Preparar libros y estudiar es la fregada. Se necesita el mismo tiempo y dedicación.


Precisamente ese tiempo y dedicación es el que necesita para prepararse para sus futuros proyectos, por eso ha dejado la universidad hasta el próximo año. En octubre irá a un encuentro de editoras cartoneras en Chile. ¿Cómo se llega a esto? ¿Por qué trabajos habrá pasado nuestro habitante de Andrómeda con Universo para llegar a donde está?



— Yo de chiquito lavaba carros. Limpiaba el carro de un doctor.

— ¿Cuándo fue eso, maso?
— Verano del 97, creo, en Piura. Luego fui recolector de algarroba. Íbamos un manchón de chibolitos a recolectarlas y luego venderlas.
— Entonces necesitabas dinero en esa época.
— No, no era eso. En Talara las cosas son distintas. De hecho si hubiese vivido acá en Lima sí me hubiera dado cuenta de la diferencia, tal vez me hubiese considerado pobre, digamos. Pero en Piura no. Por las mismas petroleras cae algo para la gente, entonces no me fijaba en eso. En Talara había una situación más homogénea. No había diferencias, no las percibía. Para mí era parte del juego. Yo buscaba siempre hacer algo, hacer cosas.


Restos de una carrera que nunca ejerció.



Me confirma con su risa que siempre fue inquieto. En el 2003 viene a Lima y su trabajo seguía siendo voluntario. Apoyaba en una carnicería en el mercado, por un amigo que le pasó la voz. Cuando terminó el colegio trabajó de "muñequito", como él mismo dice, para una constructora. Luego fue ascendiendo de puesto.



— Aún siendo muñequito me dieron la administración de la tienda. Era el gerente de los muñequitos. Luego ya pasé a oficina. Me daban tiempo para estudiar inglés en las mañanas, por eso llegaba 9, 9 y 30. Antes de eso, estudié para ser Bartender pero nunca lo ejercí.

— ¿Qué pasó?
— No me gustaba amanecerme. Además, estuve leyendo el libro "La vaca"...
— ¿El de autoayuda?
— Jajajaja... Sí. Mi jefa lo compró para que lo leyera y se lo explicara luego. Allí aprendí que no hay que hacerle caso a los libros. Justo en una parte leí que había que andar en constantes cambios y justo me vino una oportunidad para trabajar en un restaurante. Mi profe me había recomendado.Estando en Pardo, en el óvalo...
— ¿El que está pasando la Embajada de Brasil?
— Sí, ese. Me bajé y me fui a mi casa. El trabajo donde estaba no era tan malo. Me mandaban a hacer N cosas, ir de un lado para otro; todo era combis, pasajes. Entonces ahí aprovechaba para leer.
— ¿Y qué pasó? ¿Es ahí cuando decidiste estudiar literatura en San Marcos?
— No. En el 2010 sentí que llegué a un tope en la empresa. No había estudiado nada, ni administración, ni nada. En ese momento pensé en estudiar en la universidad. Mi primera opción fue Dereho. Me gustaba leer y no quería morirme de hambre. También pensé en Comunicación Social, pero me decidí por Literatura. Todas las lecturas que había tenido me ayudaron en mi comprensión, por lo tanto, en mi preparación.


En esta época comienza a hacer viajes por Quilca, Camaná y Amazonas, las tres tribus libreras que sobreviven al crecimiento de esta ciudad. Se volvió tan asiduo concurrente que pronto ya era parte de las tribus. Los habitantes lo conocían. Comenzó a hacerse amigos. Fue absorbido por esa masa y pronto hacía lo que hacían ellos, pero de una manera distinta: comenzó a vender libros por internet. Mejor dicho, los revendía. A mí me vendió un librazo (lo digo por lo genial) de cuentos de Cortázar, Final del juego. Era algo que yo nunca hubiera encontrado. Yo he ido muchas veces, pero usualmente mi interés por los libros se me escapa cuando veo discos, cassettes, música. Sin embargo, Alfredo no estuvo exento de tal tentación. Ha adquirido también discos piratas, como yo. Su primer disco fue Giant Steps de John Coltrane.


— Me acerqué a un tío y le pregunté, ¿tiene jazz?, ¿cuál me recomienda? Y me recomendó ese.



El disco que lo introdujo al jazz: Giant Steps, de John Coltrane


Tiene también a Nicomedes Santa Cruz, un disco de Blanca Varela, entre otros. Giant Steps. Ahora este título no para de darme vueltas por las cabeza. Pasos gigantes. Giant Steps. ¿Acaso era este el presagio de lo que le venía en el futuro? Busco el disco en Youtube. Había escuchado algunes temas que están ahí pero no el álbum completo. Giant Steps. Le pongo Play. Al instante recibí unos ataques saxofónicos tremendos, junto a su artillería de bajo, piano y batería. Ataque de negras, corcheas, fusas, semifusas. Así mismo me sentí atacado cuando llegue a la casa de Alfredo: fui atacado por libros.


El primer ataque fue con un libro de poesía de Octavio Paz, el cual tenía el título en alemán, In Mir Der Baum (Árbol adentro). Era una edición bilingüe. Recuerdo que ese primer ataque me aturdió. Lo leí. Yo trataba inútilmente de aprender alemán en ese instante mientras él sacaba más libros. Dejé mis preguntas de lado. Él agarraba uno, dos, tres, como si extrañara verlos, tocarlos. Su ataque es imparable. Ahora me manda a Neruda para noquearme. Giant Steps. Pasos gigantes. El título del libro era El habitante y su esperanza, también en edición bilingüe (Der Bewohner Und Seine Hoffnung). Todo esto fruto de sus pasos por las tribus libreras, por sus pasos, de la mano de Giant Steps.Pasos gigantes. Andrómeda con Universos. Alfredo da pasos gigantes desde Andrómeda con Universo. Le tomo foto con algunas de sus producciones. ¿A dónde lo llevará su trabajo? ¿A dónde llegará? ¿A dónde vas, Pasos gigantes?



Alfredo con algunos de sus hijos. A sus 26 años tiene más de 20 hijos editados.


Entrevista parida el 09/09/2014.
Chorrillos, Lima, Perú.




lunes, 8 de septiembre de 2014

Felicidad según Drummond de Andrade


* No hay felicidad que resista la continuación de tiempos felices.

* La camisa del hombre feliz existió, y la felicidad consistía en esconderla.

* Ser feliz sin motivo es la más auténtica forma de felicidad.

* Hay una época en la vida, infancia o vejez, en que la felicidad está en la caja de bombones.

* Cunado estamos muy felices, sentimos falta de sentir falta de alguna cosa.

* La belleza simple de la vida es imperceptible en los momentos de felicidad.

* Para quien no es feliz, la felicidad es ciego-sordo-muda.

* La felicidad tiene un límite, la locura.


El reverso de las cosas. Carlos Drummond de Andrade. Amotape Libros, primera edición, 2014, Lima. pp. 49-50

Traducción de Ohmar Cachay Limache y Óscar Limache


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