viernes, 12 de septiembre de 2014

El ataque de las pepitas de mandarina




Soy pelador experto de mandarinas. Es la única actividad que me sale bien, sin fallar, Nunca dejo cáscara en la mandarina. Saco todo, sin romper la cáscara. Es como tratar de mantener una piel valiosa para el mercado. Romperla un poquito podría deprimirme todo el día. Siempre las trato con el mayor cuidado y la pongo a un lado. Me gusta que se mantengan sus venas blancas, que no se salgan. A lo mucho que estén a medio salir, colgando, como personas queriéndose aventar de un edificio pero que la duda y el miedo los corroe intensamente. Me gusta ponerlas a un lado y verlas cómo se contraen, cómo no soportan perder su soporte. ¿Soy sádico? Puede ser, pero es una costumbre que viene de familia.

Mi viejo también era pelador de mandarinas. Pelaba dos kilo de mandarinas, todas sin parar, furiosamente. En tan sólo segundos terminaba. Las pieles se conservaban. La mandarina parecía intacta. Era un trabajo brutal. La gente se sorprendía: algunos tenían cara de asco; otros de alegría, de aprobación. A él no le importaba, Él creía como nadie más en este mundo que su actividad era sumamente importante para la sociedad. Lo hacía con esmero, con dedicación, serio. Me explicó que si no lo hacía estas pieles podrían estar por pedazos en las calles, dando mal aspecto, perdidos, abandonados a su suerte, sin nadie que les dedique tiempo, sin nadie que los tomen en cuenta. Eso traería problemas sociales, accidentes por pisarlas, destrucción del paisaje natural de concreto. Se consideraba un héroe. Hacía esto por simple convicción.

Pensaba en lo que me decía. Miraba las pieles. Me puse a pensar que si bien es cierto lo que me decía, esos pedazos no ejercen su derecho de libertad. Están condenados a morir juntos, a no experimentar situaciones, a no experimentar pisadas, a no estar solos, a no conocer otros pedazos.

 ¿No es justo que puedan decidir cómo quieren vivir o morir?
— Libertad... — me dijo mientras miraba cómo sus dedos desollaban la mandarina— Eso ellas no lo pueden manejar. 

No estaba muy de acuerdo. Me comí una mandarina. Mi espíritu experimental quiso ponerme a prueba. Pensé en hacer una pequeña ciudad de pedazos de pieles de mandarina y ver su comportamiento. Muerdo otra. Me encuentro con unas pepitas. Mi boca se contrajo como la de un mono que dice "u-u-u-u" y se preparaba para expulsarlas, pero me detuve. Pensé en escupirlas al patio trasero donde había tierra y pasto. Tuve la teoría que crecerían así solas, sin tener que sembrarlas. En el colegio solía pensar que los primeros pobladores del mundo se hicieron horticultores y agricultores por andar comiendo frutas y escupir las pepas a la tierra. Quería probar si esa teoría que me perseguía desde el colegio era cierto y, además, si se comprobara que es cierta, hacer la pequeña ciudad para ver el comportamiento de las pieles de mandarina.

Comencé a comer mandarina más seguido. Mis cachetes aguardaban una por una las pepitas para luego entrar en complicidad con mi boca y expulsarlas lo más lejos que pudieran. Algunas se estrellaban contra la pared, otras chocaban con las piedras, otras se perdían entre el pasto, otras daban sus últimos saltos en la tierra, otras caían en lugares propicios para crecer, y otras simplemente burlaban a mi vista.

Esperé un mes, dos, tres, cuatro, cinco meses. Durante esa espera disminuí los lanzamientos de pepas al no ver los resultados. Pasó un año, dos. Dejé de prestarles atención. Nunca brotó nada. Me rendí.

En mi patio tenía cuatro perros pequeños. Un día uno de ellos amaneció con una uña incrustada. Lo llevé al veterinario.

— Ellos siempre corren  le dije al veterinario tal vez jugando con los otros se ha hecho eso,
— Pero esto es raro— miraba el doctor a mi perro  es como si alguien hubiese doblado esa uña.

Otro de ellos comenzó a sangrar un día del ojo. ¿Se ha peleado con otro perro?, No, imposible, son todos hermanos. A otro de ellos se le hizo un hueco en el cuerpo, como si un peluquero lo hubiese atacado con una tijera para pelarlo. Abuela, ¿tú le has querido cortar el pelo?, No, hijito, nada, ¿cómo crees? Quedaba uno que aún no tenía nada. Lo vigilé por unos días. Era manso. No molestaba a nadie. Pasó tiempo y dejé de preocuparme.

Un día vi una pepita de mandarina a mi cuarto. No recuerdo haber comido mandarina un día antes en mi cuarto. Era rara, tenía un aspecto extraño. Si le agregara ojos, boca y nariz tranquilamente podría ser un sobreviviente de una guerra. Estaba sucio. Se notaba molesto. Había sangre naranja en parte de su rostro. La quedé mirando un rato. Me perturbaba un poco. Me acerqué y la pateé. Le pregunté a mi tía si había comido un día antes mandarina en mi cuarto. Para nada, me dijo.

Salimos todos un día a ver el concurso de peladores de mandarina de la ciudad donde papá participaba. Mi papá ganó. Se llevó el título. Era el único al que después de la prueba salió con las manos intactas y las pieles intactas. Sus manos no tenían sangre de mandarina. Las pieles no se habían roto ni un poco. Los periodistas venían, preguntaban lo mismo de siempre: ¿cómo lo hace?, ¿cuánto tiempo le llevó perfeccionarse?, ¿cuál es su rutina diaria?, ¿qué siente cuando está desollando?, ¿alguna vez pensó vivir de esto? Mi papá se aburría. Pronto no quiso hablar con nadie, sólo ir con nosotros a celebrar. Fuimos a comer pollo a la brasa. Estábamos tranquilos cuando de pronto viene alguien. ¿Usted es el campeón de los peladores de mandarina?, Sí, ¿Me puede pelar esta mandarina mientras lo grabo?, No, imposible, Ay, ¿por qué?, por favor, No, mi hijo que lo haga, él será mi reemplazo en el futuro. La chica volteaba y me miraba desilusionada. Anda, pélalo, carajo, sin miedo. Me molestó que me carajee frente a esa chica tan linda. Desollé molesto. La chica cambió su cara. Era una sorpresa menor, obviamente, sin embargo me dijo que era bueno. Al final se tomó la foto y se fue.

Me regresé a la casa. Ellos se fueron a los juegos a seguir celebrando. Yo tenía que verme con una chica. Abro la puerta. Silencio total. Ninguno de los perros ladró como cuando alguien de nosotros llega a la casa. Me asusté un poco. Fui a verlos. Prendo la luz de la cocina. Abro la puerta y estaban tirados, esparcidos por el patio, muertos. Me acerqué a uno de ellos para ver si se podía hacer algo. En ese instante que lo quiero levantar muchas pepitas cayeron en mi cabeza. Me picaban, me mordían, me manchaban, me trataban de contagiar su podredumbre. Yo luchaba para quitármelas, pero venía de todos lados, eran infinitas. Las pisaba pero sólo se hundían en la tierra, luego salían otra vez y avanzaban hacia mí. Fui corriendo al caño, puse la manguera, abrí totalmente el caño y el agua se convirtió en mi aliada. Las pepas volaban, se enterraban, se ahogaban. El barro comenzó a surgir. Ya su avance era mucho más lento, se hundían y su lucha era en vana. Aún viendo eso seguía asustado. Estaba por salir de ahí pero otro grupo salió a atajarme el pie derecho. Caí. Pisé la manguera y se soltó del caño. Las pepas avanzaban por mi pierna. Me arrastré. Miraba cómo escapar. De pronto vi una bolsa con pieles de mandarina. Contenían las pieles del día que mi papá había desollado. Las corté en pedazos y las tiraba encima de las pepitas. Quedaban atrapadas en grupos de 4, de 5, de 10. La lucha era intensa. Me liberé de unos cuantos. Cerré la puerta. Agarré una bolsa de basura, las negras, la únicas que pueden detenerlas. Las metí a todas. Las metí dentro de varias bolsas. Para que no hagan hueco le puse un costal. Lo saqué para que se lo lleve el camión de la basura.

Llamé a mi padre. Todos regresaron preocupados. Mis hermanas lloraron por los perros. Yo también estuve apenado. Cuando escuché la campana de la basura salí. Quería ver cómo esa máquina los aplastaba. El basurero subió el costal. ¿Cada cuantos minuto la máquina aplasta las bolsas? Cada vez que está llena, depende del conductor, pe. Me fui donde el conductor. ¿Puede aplastar la basura? Todavía no está lleno, me dijo, Qué importa, sólo quiero ver cómo se aplasta mi basura, Pues, tendrá que seguirnos, no má'. Los seguía una cuadra más y vi cómo la máquina las aplastaba. Estoy seguro haber escuchado cómo crujían sus cuerpos y morían.

Pasaron varios años. La gente no nos creyó esa historia. Pensaban que estábamos locos y que habíamos inventado tal historia para librarnos de la responsabilidad de los perros. Mi padre murió. En un titular de periódico recuerdo haber visto: "Campeón asesino y violento", culpándolo de la muerte de los perros y creyendo que esa noche también me golpeó. Todo esto lo recuerdo mientras estoy viajando en un taxi. Me estoy yendo a San Juan de Miraflores por un trabajo. Llego a Ciudad, el centro de negocios del distrito y comienzo a ver basura por doquier: cartones, papeles, botellas, chapitas... En eso veo pedazos de cáscaras, pedazos de pieles de mandarinas, pepitas mirando. Se me vino el recuerdo del ataque de las pepitas de mandarina de esa noche. En cualquier momento hay un ataque de pepitas de mandarina masivo en esta ciudad, ¿Qué dice, disculpe?, me dijo el conductor, No, nada, que no se olvide de avisarme una cuadra antes del Hospital.



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