miércoles, 25 de noviembre de 2015

Estamos atraZados


Hace unos días recorrí toda la avenida Los Héroes de mi distrito (12 cuadras grandes) para ver qué encontraba. Hallé muchas cosas a las que les tomé fotos y que me llamaban a la reflexión acerca de mi ciudad ( y que estoy preparando una crónica extensa para describirlas). Entre ellas estaban estos cartelitos que me perseguían y me hablaban desde cada poste cada ciertos metros en mi caminar. ¿Quién pega con tanto afán estos carteles? Todos eran similares, misma letra, mismo color, hasta mismo número. ¿Ese señor no tiene clientes o quiere más plata? Probablemente la segunda. Todo el mundo quiere plata y ganar más. ¿Cómo se llamará? ¿Dónde estudió? ¿Qué seguridad ofrece para aquellas que recurran a sus servicios? Si lo pega tan libremente y con tanta insistencia es porque no le da vergüenza su trabajo. Me imagino que hasta se enorgullece porque sabe que lo hace bien, como cualquiera de nosotros que ofrece un servicio y quiere que lo contraten. Le di una ojeada al Código Penal peruano donde, del artículo 114 al 120, explica (aunque un poco confuso) que el aborto está penado en las siguientes:
Si la mujer decide abortar por decisión propia, presa;
si es consentido, presos;
sin consentimiento, preso;
si es preterintencional (con violencia pero sin el "propósito de causarlo") (?), preso;
si es terapéutico, no es punible si es para salvar la vida de la gestante o guardar su salud;
si es violada, o inseminada artificialmente sin consentimiento, presos;
si el bebé tiene taras físicas o psíquicas, presos.
Entonces, ¿por qué tanta libertad con este trabajo que se ofrece en cada poste en la calle? ¿por qué tantas restricciones? ¿la mujer no es lo suficientemente capaz y pensante como para decidir si quiere o no tener un bebé, sea cual sea la condición? ¿por qué la siguen cagando, señores apristas, fujimoristas y pepecistas?
Yo sólo creo en la libertad de las personas por decidir a hacer con su cuerpo y su vida lo que ellos quieran, siempre que no incomoden a los demás. ¿Incomoda abortar? Más incomoda que traigan más hijos no deseados a este mundo. ¿Que la religión? ¿Se creen Dios para actuar como creen que lo haría él? ¿Ustedes se encargarán de aquellos seres que vendrán?
Al menos sé el porqué de tantos cartelitos: porque hay un grupo que no está de acuerdo con la ley y quiere abortar, pese a arriesgar su vida y que no quieren irse presas por ejercer uno de los derechos más elementales y fundamentales del ser humano: el de decidir libremente.

martes, 24 de noviembre de 2015

La cañita

El líquido se acabó 
botella vacía 
una cañita que ya no cambiaba de color
en cada sorbo
de la señorita

Por la ventana volaron
en la pista se acabó la unión
botella por un lado 
cañita por el otro

La cañita rodaba
por la velocidad
que la empujaba
por el rum rum
que la asustaba

Toda blanca ella
en medio del desierto negro
nadie con quién juntarse
la botella ya sin aire

De pronto halló una línea blanca
aquella que separa los carriles
era como ella
sólo que más grande
más gruesa

Le preguntó qué hacía ahí
la línea le explicó su función
la cañita se sorprendió
la línea le dijo que no era para tanto
que igual nadie la respeta y siguen habiendo accidentes
la cañita entonces le explicó lo que hacía
la línea la envidió
la cañita le dijo que no era para tanto
que sólo sirve para un rato y luego termina en la calle

Así 
la cañita envidió la vida útil de la línea
Así 
la línea envidió la suerte de la cañita 
de probar unos labios
al menos una vez en su vida



jueves, 19 de noviembre de 2015

Chico vacilón

Oye, chiquilla, no te mandes así (bis)

Cómo es eso que te quieres casar
Cómo es eso que me quieres amarrar
Cómo es eso que le hablaste de mí... 
A tu papáááá... 
Pregúntale primero si nos puede mantener (bis)

Yo no sé trabajar, sólo sé vacilar
me gusta enamorar, pero no trabajar (bis)

Dos chiquillos jugando en un sofá cerca a la ventana de un segundo piso. Los besos en un momento llegan a aturdir y a perder la cordura. Se les olvida que hay más gente en la casa. El mueble está metido, levemente, y una pared es cómplice de ellos. La desventaja es que no pueden ver si alguien viene o no. Qué importa. Él sigue cepillando los labios vaginales de ella con los dedos. Ella trata de estar atenta por si alguien viene, abriendo las piernas, pero la excitación le gana. Sus ojos se voltean como buscando un espacio en el techo para echarse con él. Estira su mano para agarrarse de las piernas de él, pero se topa con su pene erecto. Lo soba y ahora los dos se cepillan. Aún es temprano, nadie va a la cama a las 6 de la tarde. Tampoco podrían. ¿Cómo hacerlo? Dos chiquillos, ella de 14 y él de 17. ¿Cómo es eso que se la quieres meter? No te mandes así, chiquillo. ¿Crees que te van a mantener? Su papá vive en Estados Unidos, sí. Te sacó a comer con ella, sí. Te deja pasar a la casa, sí. No es motivo suficiente para que se la metas. Los dos, virgen y casto, apenas vieron el acto amatorio en películas porno. Se adelantaron a su tiempo. Se adelantaron a las barreras que les ponía el mundo virtual. Se conocieron por una red social y ahora están sentados en un sofá. Ella poniéndose buzo para que él la pueda sobar mejor. Él sobándole el culo y pidiéndole que se la chupe. A ella no le gusta, tiene que traer una botella con agua para hacerlo. A él no le pone mucho. Mejor que se monte encima y tengan sexo con ropa. ¿Más allá? Le pide que se volteé, que es la manera más fácil. Ella lo hace, se quiebra. Él ve toda una masa negra redonda la cual tiene que destapar. Esa imagen lo excita demasiado, se le pone muy dura. Ella le dice que se apure. Él se abre la bragueta. Ve todo ese culo blanco esperándolo. De pronto le viene una sensación desde dentro, similar al que le pasa cuando está terminando de pajearse. Se va a venir. Aún no la mete y se va a venir. Trata de aguantar. Ella le dice que se apure, ¿ya?, ya, ahorita, espérate. Agarra su pene y lo dirige hacia donde él cree que debe entrar. Empuja y no entra. ¿Ya?, espera, espera. Lo aleja al sentir de nuevo la sensación. Entonces se escuchan unos pasos. Ella se sienta y se sube el buzo rápido. Él se abrocha el jean. Se miran, se sonríen. Nada pasó. Dos chiquillos que se mandan a hacer esas cosas, Ninguno sabe trabajar. Sólo se dedican a vacilar y a disque enamorar.



Chico vacilón / Grupo Maravilla: https://www.youtube.com/watch?v=V9qJ3pZPKLs
Crédito de la imagen: http://img.uterodemarita.com.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2015/02/huacos-eroticos-9.jpg 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Mientras te espero

Créditos de la foto: Andrea Baca

Mientras te espero 
puedo imaginar que soy un perro
y que sonreiré con la lengua afuera
cuando te vea

Mientras te espero
puedo imaginar que soy un gato
que sólo se baña para verte
y que quiere sobarse en tu pierna

Mientras te espero
puedo imaginar que soy un loro
que cuando te acercas 
me pones los ojos en espiral
e intento repetir las últimas palabras de tus oraciones
parado en tus trapecios
estirando lo más que pueda mis alas para cubrir tu cintura
(Puedo mover mi cabeza, también,
en mi torpeza, y seguir
el ritmo de tus caderas)

Mientras te espero
recuerdo que te di una caja de cuerdas vacía 
porque no eres nada cuerda
para luego darme cuenta
que cuando mis dedos te pulsan 
eres una cuerda 
que puedo ver y escuchar 
un mapa de música
 por dentro y por fuera.

Mientras te espero
confieso que "mapa de música" no es una frase mía
Soy un ladrón que se la robó
a Oquendo de Amat y te la dio
igual que "fiesta de frutas"
"claro de río"
y "besar tu voz".
Susana me conmovió con su canto de aquel poema
pues en cada imagen tú eras cantada

No eres cuerda
y a la vez eres cuerda

Eres mujer
y a la vez eres la afirmación
y la negación

No quiero decir que no seas mujer
quiero decir que va más allá de eso

Quiero decir que también eres otras cosas
que también eres el caracol que babea por el cuerpo
que también eres el conejo que salta hasta las 6 de la mañana
que eres Pink Floyd en vivo frente al espejo
que eres dedos débiles que acarician
y dedos fuertes que aprietan
que eres un simple pan con lomo con su Inka Cola
como también dos vinos borgoñas
y hasta un vino seco español

Que eres entrada libre a mi ser
a debajo de mis costillas
al costado de mis latidos
adentro
que eres pensamiento en la avenida
al frente de los anticuchos
 la sonrisa que dibuja tu pie
cuando bajas de la combi
cansada, un poco zombie
y que también eres la hierba 
que crece en mis prados
para quitarte el estrés

Eres un tonto poema
hecho por un tonto que se queda mirando
tus zapatitos talla 35
que tiran para 34
tus labios, rosas onduladas
tu sonrisa, tus nalgas
tus pechos y tu espalda.

Eres tantos pensamientos
que me acompañan en tu espera

Eres llegar a perderse todo un día
en un lugar donde no sabes
ni siquiera la hora
ni qué carro debo tomar
para regresar en sí

Eres quietud y movimiento
olvido y encuentro
eres selva y tala indiscriminada

Eres un poema de Whitman ambientado en esta ciudad
eres escritura desnuda
un poema con capucha
una calle insegura, oscura
donde estalla la libidinosa locura.


martes, 17 de noviembre de 2015

Ojos de mar




Vi una vez una chica en una piedra sentada frente al mar. Yo venía desde atrás y no podía ver su rostro. Cuando me acerqué a hablarle me dijo que le gustaba oler el mar, verlo, escucharlo; dejar que entre por sus sentidos. La sal era su polo, la arena su short. Cuando me miró sus ojos reflejaban el mar. Eso parecía, pero no, era mar. La había sacado de su ensimismamiento. Preguntas torpes hicieron que se desconecte. Las aguas se deslizaron por sus mejillas. La sal caía por sus pechos. La arena contenía el dibujo de sus nalgas. Le pregunté cada cuánto viene a convertirse en mar. Frecuentemente, dijo, sin importar estación. Tener ojos de mar era tener vida, y podía pasarse así horas de horas, de horas, de horas, de horas, de oras, de oras, de oras de olas, de olas, de olas... Hasta que me cubrió.

Luego no recuerdo qué pasó. Aparecí en la arena. Ya era tarde, aparecía el ocaso: morado, naranja, azul, rojo... Todo cambiaba a mi alrededor. Quise preguntarle a las sombras qué es lo que había pasado, pero se iban detrás de las piedras. Todo se oscurecía. Estaba tan inconciente como el sol. La diferencia es que a  él sólo le importaba hacer estremecer el mar. Si observas bien, el mar parecía una multitud agitando los brazos para despedirlo hasta mañana. Me fui antes que la oscuridad me agarre las piernas.

En cada paso que daba para subir el barranco pensaba en ella. Tal vez fue un rayo de sol, tal vez dirigía la multitud, tal vez era la piedra que nunca pudo decir algo a alguien. Como sea, yo también volteé y  me despedí, y las hojas de un árbol acompañaban mis movimientos de brazos. Lo hice porque más allá de pensar si fue real, sé que fuimos sal, ocaso, arena y mar.

Crédito de la foto: Diana P. Farías

Ir escuchando:

La noche vibra / Cultura Profética: https://www.youtube.com/watch?v=kIXEK7EC4HI
Vamos con fe / Laguna Pai feat Mc Bomgo: https://www.youtube.com/watch?v=Y_Fk9Xki-b8&feature=youtu.be

martes, 27 de octubre de 2015

En un compás.


Estamos en un compás alfombrado de cuero negro. Empezamos como dos blancas. Duramos lo mismo. Luego desparezco y eres redonda. Luego desapareces y soy redonda. Nos ligamos. Somos dos corcheas. Me transformo en tu puntillo. Te llevo al borde del compás. Todas tus redondas las descubro, me mantienen sonando. Te veo negra. Te despinto a besos para descubrir que eres blanca. No te quedes con los brazos para arriba. Bájalos. Redonda te quiero. Así te recorro más. Tu tiempo me absorbe. Si empiezo 1.30 de la madrugada no sé cuándo termine. ¿Cuánto vale tocarte? ¿Cuántos golpes con el pie tengo que hacer para mantener tu ritmo? Entran silencios en el compás. Nos salimos de tiempo. Volvemos a entrar. Me atiborras con tus semicorcheas. Qué rico es entrar a tu ritmo.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Sonido de Pezo


Una de las cosas que más me llega al Chompiras es que tenga que pagar por agua. Estoy acostumbrado a que sea gratis y que sea un derecho. Pero cuando te cagas de sed en la calle nunca tocas la puerta de una casa para pedir agua. Tampoco pides de la botella de alguien en la calle, te da asco. Si estás en un parque coges la manguera, a la mierda. Sabes que el agua de caño es limpia. Sin embargo no hay parque, hay tienda. Cada vez más y más, en cada esquina. ¿Qué significa eso? Que cada vez que abren una tienda significa más pedidos de botella de agua embotellada. Por lo tanto más de este líquido preciado es chupado por las mangueras de dichas empresas y queda menos agua gratis para ti. A esto se suma que la  población está aumentando en el mundo. Acá en Lima éramos 6 o 7 millones, ahora somos más de 10 millones. Quiere decir que más gente comprará agua embotellada, hasta que se acabe. Las empresas ganarán más secándonos como pasas. A más demanda el precio aumenta. Y ahora tengo que pagar un sol por una botella. 2.20 por una de dos litros y medio. La vez pasada que compré, creo que era de la marca Vida (cada vez más pagamos más caro por lo básico, por la Vida), fue tres litros a 2.50. Me pareció mejor que comprar la pequeña de medio litro a un sol. Entonces entras en el círculo vicioso que siempre criticas y eres una pieza más en el circuito. Si eres chibolo podrás asemejarlo a ser un pedazo de pista de tu Hot Wheels: al final encima tuyo pasará un carro caro yéndose a la mierda igual que tú, en pedazos, en partes, sólo que la caída del carro es más espectacular que la ruptura de la pista. Aaasu, mmmiira, ¡qué locazo! Jajaja, se reirán los niños por el carro. 

Joven que encontramos a la altura de Belisario Suárez con Pedro Miota, San Juan de Miraflores. Lo vimos segundos antes tambalear. Estaba en sobredosis de alguna bebida embotellada.

¿Por qué lo haces? No lo sabes pero así a diario hacemos cosas que hacemos sin saber y que nos perjudicarán en el futuro. Pocas veces hacemos algo sin saber y que nos favorecerá en el futuro, como le pasó a Brian:

'Yo me metí a esta carrera sin saber qué era exactamente. Estaba perdido, uno en secundaria nunca está seguro de las cosas que quiere.'

Me acordé de una ex que no se le hizo para nada difícil escoger su carrera y que ahora vive feliz y le encanta. Pero eso no viene al caso, sigamos escuchando, ó, leyendo, a Brian Pezo:

'Estaba entre ser director de televisión o arquitecto'.

'Habla bien', le digo.

'Sí. No sabía para qué pero tenía que ser algo relacionado al arte'.

Recogimos unos polos donde su costurera. Teníamos que ir a Gamarra. Chapamos una mototaxi hacia la estación Atocongo del tren eléctrico. San Juan estaba creciendo Mall.

Como aspirante a guitarrista y a vivir de ello, yo, estudié una carrera de la cual no consigo trabajo o es poca valorada. Por eso me he subido a este espacio a contarles de mi situación y me comprendan, así que si paso por sus asientos, no me ignores, varón, colabórame aunque sea con una moneda, que eso no te hace ni rico ni pobre. No, para qué hacer eso. La verdad es que simplemente no conseguí nunca un puesto laboral dentro de la rama de Comunicaciones. Un día trabajé en una agencia de publicidad como redactor de contenidos y la dejé por horarios de la universidad. Desde ahí nada más serio y bien remunerado. Me metí a esto sin saber, sin embargo encontré que lo que más me gusta es escribir. Creo que es lo más relacionado con el arte. 

'Siempre me interesó el sonido. Practicaba batería en una sala de ensayo donde trabajaba. En ese tiempo quería tocar black metal. El dueño, Boullanger, me dejaba piola con la batería cuando no había gente.'

Él se encontraba sudando, tratando de tocar en el tiempo, sentir el gruf y tocar fuerte, sin embargo la vista se le iba para la cabina de control, la cabina de sonido.

'Quería saber por qué algo suena como suena. En el rock, por ejemplo, la teba (batería) es importante, tiene que sonar excelente. Cuando escuché el Black Album de Metallica me cagó. Lo que escuchaba fue increíble. Más aún cuando fui a su concierto en el estadio San Marcos, ufff… Me cambió la vida. Nunca había escuchado que la batería suene así. Es algo que en la escena no se encuentra así no más'.

‘Entonces por eso estudiaste Ingeniería de sonido’, le digo.

'Como te digo, me metí sin saber. Un pata me habló de esto pero no la tenía clara.'

Brian imaginaba la historia que escondía aquel grafiti. Una planta se interponía entre ellos.

Yo no tuve tanta suerte. Mañana es tu cumpleaños y no tienes suficiente dinero para irte de viaje o hacer algo que realmente te gustaría, comprarte guitarras, pagarte esto y aquello, ir a tal sitio, invitar a una chica a salir, quedarte con ella en un hotel y no tirar en la casa de tus viejos. Y si estás en la casa de tus viejos tienes que pagar algo y no vivir tan conchudo, pero eso ni con una carrera que estudiaste logras satisfacer. Creo que me han pagado más veces por tocar que por otra cosa. Sin embargo no me alcanza para otras cosas que quiero, o vivir como quiero.

'Yo no quiero ser millonario, sólo quiero vivir de esto: jato, comida y salud. Nada más, broder.', me dice el gran Pezo.

El adolescente Brian se encontraba en las puertas de la escuela musical Orson Wells. Estaba acompañado de su hermana, su papá y su mamá. Él observó las instalaciones que serían suyas, donde crecería y podría alcanzar el conocimiento necesario para sacar el sonido ideal a la batería. Volteó a mirar a sus padres. Ellos lo miraron al rato, perdidos, desconcertados, extrañados. '¿Estás seguro que con esto podrás vivir?'. 3 años, 700 mensual. Habría que ser una mierda para hacer gastar plata a tus viejos por algo que no quieres o por el simple hecho de complacerlos, para que no te vean vago y que vean que estás haciendo algo por tu vida. 'Yo quiero eso', les dijo.

'Pero más he aprendido en la cancha. Luego de estar en esa sala de ensayo comencé a buscar chamba de otra cosa que me tenga cerca a los controles: plomo, chapar cables, monitorear, cargar amplificadores; cualquier cosa.'

'Y todo eso te ayudó cuando agarraste la consola…'

'Claro, man, como mierda. A veces estás en los controles y no sabes por qué algo suena así, por qué hay un sonido, por qué hay acople, por qué no llega la señal. Si sólo te has dedicado a los controles, ¿cómo vas a saber cuál es esa cosa externa que está jodiendo tu sonido? Tienes que haber aprendido antes a poner los amplis, los micrófonos, conectar bien los cables. Imagínate, sino le echas la culpa a otro por las huevas. Por eso yo creo que aprendí cagándola como mierda. Tanto que incluso me preguntaba '¿Será esto pa mi? ¿De esto vas a comer?'

Brian angustiado por saber cómo bajará del tren. Nunca lo usa. Le sorprende tener que bajar a empujones.

En Comunicaciones los estudiantes salen con aires de querer agarrar puestos altos sin antes haber pasado por los puestos más simples. Es una ofensa para alguien estar en una universidad y terminar en esos puestos. Sin embargo, un día fui a un conversatorio sobre gestión y producción de cine. Habían tres expositores: chileno, argentino y uruguayo; no estoy seguro del último. Ah, y un ecuatoriano. Sin embargo entre las cosas que rescaté es que uno de ellos recomendaba tratar de meterse siempre a una producción cualquiera, sea de cine o televisión, agarrar un puesto cualquiera, así sea de pasarle el agua al asistente del asistente del asistente; era mejor que esperar conseguir un puesto de director de arte, productor o algo  por el estilo. 'Así hacen en las producciones norteamericanas. Empiezas trabajando de cargador de cables. Sin embargo, terminaste conociendo al asistente, co-productor, camarógrafo, o al amigo del amigo y ese te pasa la voz para otro proyecto cuando haya terminado el actual, y te cambia de puesto. Y así hasta que vas llegando al puesto que deseas.', dijo el director.

Cuando puede le sigue pegando a la batería. 'Es un feelin distinto', dice. (Crédito de foto de su facebook)

Yo recuerdo el día que Brian llegó a hacer sonido a mi banda. Nos lo recomendó Nincha, amiga nuestra, que cobraba tanto, pero que hacía un sonido de puta mare. Hace poco le hizo sonido a Antología. Guau, dijimos, como perritos. Es un sonidazo con tantos instrumentos y en plazas tan grandes. Ella le había conocido hace poco y le parecía extraordinario. Que ya, le dijimos, pero no teníamos tanto presupuesto. Se hizo un descuento. Sin embargo su profesionalismo fue demostrado el día que nos presentamos en el Festival de la Comida peruana, organizado en el estadio San Marcos por Inka Kola. Hicimos la prueba de sonido un día antes. Al día siguiente, cuando terminamos de tocar, nos dijeron que sonamos mejor que Jean Pierre Magnet, Marco Romero y otros consagrados. Nosotros contentos, pe', ah, no. Y seguimos trabajando con él cada vez que se puede o el momento lo amerite. Fue así que cuando llegó a la escena donde nos movemos las demás bandas escuchaban su trabajo y también lo requerían. Ahora le hace sonido a La Renken, banda peruana de reggae que viene de participar en el Rototom, festival internacional de reggae, organizado en España, en el cual él estuvo ahí con ellos.

'Yo ya sé cómo tiene que ir cada instrumento: cómo debe de sonar la guitarra de Willow (guitarrista de La Renken), el bajo, la batería, Chayo (vocalista)... Todo'...

'Pero eso es porque has ido escuchando más reggae y te has dado cuenta de los detalles… ', supongo.

'Ah, claro. De hecho el estar abierto siempre a varios géneros me ha influenciado al momento de hacer sonido. Dependiendo del género el sonido que hago es distinto. Hay ciertas cosas que resaltan en uno y en otro no.'

Le molesta que ya no se respeten las canas, que salgan chibolos engreídos de los institutos y quieran de frente agarrar una consola sin siquiera saber conectar cables. 'Respeto más la experiencia y lo que haces. No me importa qué hayas estudiado o de dónde vengas.'

¿Qué más respeta Brian Pezo, sonidista profesional?

'Respeto mucho las plantas'.

Brian comprando mandarinas. A su juicio 'es lo mejor que hay, pues es una hueada que te llena y te quita la sed'.

Gusta de tomarse una taza de café y fumarse un porrito de vez en cuando. Recuerdo la vez que nos amanecimos con unos porros en la casa de un amigo escuchando discos por internet. Siempre tratábamos de buscar sonidos en HD. Los parlantes de nuestro pata Omar, ayudaban bastante a percibir los detalles. Escuchábamos Marley, Michael Jackson, Tool, Metállica, Nirvana, Green Day, Alice in Chains, entre otros. Nunca había sido tan placentero escuchar, percibir los detalles y cómo estaba mezclado cada disco. Entendí para qué era una mezcla y luego una masterización en un estudio. Por qué había que pagar tanto para hacer tu disco y que salga con una buena calidad, más ahora que con las redes tu disco puede llegar a cualquier parte del planeta. Hay que hacer que el sonido sea lo más decente posible. Debemos hacer que nuestra música sea como la Coca: originaria de acá, pero que llega a todas partes del mundo. Tampoco tomes tan a pecho la palabra. Hablo en el sentido de capacidad de llegada. Que 'burlemos' esa barrera internacional como lo hace este elemento para que nos compren por todos lados. Que exportemos más música y menos coca. La procesada, claro, porque la planta es otra cosa y tiene otros beneficios sin adherirle tanta cochinada y basura junta que el mundo se mete por la nariz.  

A sus 25 años su trabajo como sonidista le ha permitido vivir solo y ocuparse él mismo de sus gastos. No depende de sus viejos. De vez en cuando los visita pero ahora vive solo y le va bien. También ha conseguido el amor. Lo veo contento. Recuerdo que lo vi en una fiesta en el centro feliz con ella. Nunca lo vi tan bien. Era antes de irse de viaje a España. Tal vez fue el viaje, tal vez ella; tal vez las dos cosas. Pero él me asegura que ella lo ha cambiado para bien.

'¿Qué hacemos, tío? Tengo hambre. Unos emolientes, dices, y sus panes', le digo

'Vao'

Estábamos afuera de la estación central del Metropolitano. Él tenía que ir a Domingo Orué y yo a la cuadra 12 de la Brasil por un libro de teoría musical. Huaylas, Huaylas, Chorrillos, Angamos. Habla, papi, a dónde vas, nos decían los colectivos. Señora dos emolientes. Yo pedí pan con torreja, él con huevo. Conversábamos lo que era comer en Europa. Comer en las calles no te baja de 7, 8 o 10 euros. Acá estábamos tranquilos comiendo con 3 soles: su emoliente y sus dos panes. Encima te dan yapa de la bebida que hayas pedido. 3 soles es menos de 1 euro.

'Esto es lo máximo. Tal vez es lo que más extrañas cuando estás afuera', me dice sonido Brian.

Pese a la bulla de los carros y jaladores, nada interrumpía el disfrute de nuestros emolientes.

Aún sueña con seguir conociendo el mundo a través de su trabajo. Se da cuenta de la calidad y el nivel con que se trabaja afuera. Le fascina, le encanta. Pese a que es de los más valorados sonidistas no cree que ya sepa todo. Al contrario siempre está aprendiendo más sobre cómo lograr el sonido que debe ser aclarando dudas.

'Aclarar dudas te genera más dudas', me dice.

Entonces es un trabajo del cual nunca terminas de aprender. Cada año salen nuevos equipos, consolas, monitores, amplificadores, instrumentos, pedales... Toda esa avalancha que termina modificando el sonido y del cuál él se hace cargo para que suene bien.

Recuerdo la vez que lo vi al frente de una super consola. Era grande y él, pese a su estatura, se movía rapidísimo de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Moviendo una perilla por aquí, otra por acá, moviendo los bigotes de inconformidad, subiendo y bajando palancas, poniéndose y sacándose los audífonos, las luces de colores reflejándose en sus lentes, pidiendo a los músicos que toquen, uno por uno, regulando el sonido, saliendo de la consola cuando era necesario para poner bien un micro o saber por qué algo falla. Ese día, por ejemplo, lo escuché decir 'qué rico, broder', como si tuviera al frente una mujer con buenas curvas. Era como yo el día que toqué una Gibson y la sentí tan rica. Una guitarra cara, claro.

Haciendo lo que más sabe. (Créditos de foto: Macla Valença João)

 Pero ésta da sonido o la utilizo para lo que quiero decir a veces. En cambio la máquina no te da eso, pero te ayuda a transmitir mejor lo que quieres decir. Para entendernos: si no tienes sonidista y tu banda suena mal el público no dirá 'ah, ya, es que estaban sin sonidista, por eso sonaron así', o 'ah, es que ese acople no fue culpa de ellos, sino del amplificador'; no. La gente dirá que tu banda suena mal, es mala y punto, se van.

Es difícil tener sonidista, más aún tener a alguien profesional, que llegue antes de la prueba de sonido (la cual es mucho antes de tocar), que esté atento a tu rider (las cosas que necesitas) y que esté en contacto contigo para avisarte cualquier cambio. Te debe de gustar harto, ¿no, Brian?

'A mí me encanta mi trabajo. Yo pienso envejecer detrás de los controles. No me veo haciendo otra cosa.'

Caminos diferentes pero en una misma dirección, mismos baches, mismas señalizaciones, mismas paradas... pero siempre musicalizadas.


Podría decirse que su trabajo es tan importante y necesario como el agua. Sólo espero que nunca venga como esta, embotellada.

Brian Pezo Saavedra
Ingeniero de sonido profesional
25 años
Trabaja de manera independiente.
Contacto de Facebook: https://www.facebook.com/brhan.pezosaavedra?fref=ts
Número de contacto: 989278432
Muestra de su trabajo como sonidista en la producción del último disco de La Renken: https://www.youtube.com/watch?v=mUGm9hEnUyI



martes, 8 de septiembre de 2015

Olas telefónicas


Era un domingo por la tarde cuando nada hay que hacer, nada por ver, nada por esperar. Me sobaba la cabeza, los ojos, las orejas, las cejas. Miraba la ventana queriendo que se abran las cortinas y entre la luz. Flojera. Para qué pararse si es mejor estar echado recibiendo aire, recibiendo nada. Los celulares ni sonaban, pantalla negra. Paredes blancas, pantalón blanco. Hasta que sonó. Era su llamada. Para qué contestar si ya todo acabó. Contesté.

Las bromas de siempre, las risas de siempre. Nada de amor. Simple conversación de amigos. Ni un te quiero, nada. Oye, y si hacemos cositas por teléfono. Cositas. Tiempo sin escuchar esas palabras. Tiempo sin sentirlas. Cositas por ti las tenía siempre, pero hoy ya no sé. Ya, voy a cerrar la puerta
Cosa extraña y sucia en mi cama. Ondas telefónicas llenas de deseo y angustia. Sin vernos, sólo las voces reemplazando nuestras manos. Mi mano ahora agarrando plástico, botones, Nokia. Qué agarrabas tú. Me encanta tu pene. Te lo voy a pasar en círculos, ¿ya?. Ya. Y envidiaba tus dedos que se abrían paso entre tus labios. Dos canoas en un río, juntándose, separándose, chocándose, sobándose. Balsismo puro. Te voy a apretar los pechos mientras te la meto toda. Ya. Y era como acariciar dos duraznos. Tú, árbol. Cómo me caí de tu copa. En qué momento se perdió el equilibrio. Cuándo fue que tu madera se puso lisa y me resbalaba al tocarla. Algo se perdió: el amor, el respeto, la admiración… menos la excitación. ¿Encima? Sí, quiero ver cómo tus pechos saltan mientras te mueves. Ya. Me hace falta el dinero pero no el amor. A otros les sobra el dinero y el miedo. Sin embargo sé que mi miedo es el más absurdo: el quedarme sin ti. Te tengo ahora por teléfono y por eso lo aprovecho. Sientes cómo está dura por ti. Sí. Vamos más rápido, ¿quieres? Sí.

Entonces la sangre tiñe las paredes, las cortinas, las ventanas, mis ojos, mis cejas, mi cabeza. Todo espacio de luz es teñido de rojo. El río está cada vez más caudaloso. Las canoas van cada vez más rápido. Los duraznos ya no pueden sostenerse del árbol. Yo me deslizo sobre el tronco cada vez más rápido y fuerte para no dejarme caer. Hay contracciones. Las ondas telefónicas son ‘olas’ ahora, pues se siente su humedad. Las canoas no pueden más. El río se desborda trayendo consigo gritos y cantos. Yo nunca pude llegar a la copa, me quedé solo, en el árbol, en el tuyo. Siento cómo el río se apacigua. ¿Te gustó? Sí. Entonces, ¿qué falta para que te quedes conmigo? Que me llenes, que te vengas dentro de mí.


(Foto tomada en la avenida Los Héroes, San Juan de Miraflores, Lima, Perú.)

lunes, 31 de agosto de 2015

Si hay Candy, hay Condy.



Era domingo. Practicaba unas escalas en la guitarra mientras la televisión estaba prendida. Cuarto Poder emitía sus reportajes. No presté atención hasta que vi a Johanna San Miguel. La promocionaban diciendo que contaría su gran verdad. No decían qué, pero iba a ser algo importante, del porqué de su salida de Esto es guerra. Decían que era la lucha más fuerte que haya tenido. Uno piensa: ¿problema de dinero? Imposible. ¿Uno de los programas más vistos a nivel nacional con una conductora que se muere de hambre? No, ni hablar. Ni que fuera el programa ‘El Heraldo musical’ del cantante criollo Manuel Acosta Ojeda que, a propósito, murió hace poco más que un mes, donde pasaban música criolla de calidad y su muerte pasó desapercibida. Pero no, esto es diferente. El programa más criticado por las redes sociales, con memes incluidos, el más odiado, tal vez, y el más aplaudido por niños y amas de casas no iba a tener ese problema. ¿Enfermedad? Es posible. Las enfermedades son luchas  constantes. Vivimos peleando con enfermedades, cada vez más comunes. Alergias, gripes, problemas respiratorios, cáncer, virus y todas esas que se ponen de moda en ciudades con sobrepoblación como Lima. ¿Cuál de todas podría tener? Ella probablemente vive en una de las mejores zonas de Lima, tranquila, sin problemas de basura y prostitución como lo tiene mi San Juan de Miraflores. Claro, tampoco ella podría conseguir las cosas ricas y baratas que hay por acá, como un jugo de caña directamente de la caña. Sin embargo las enfermedades no dependen de dónde vivas, aunque a veces sí, el medio influye. ¿Las enfermedades dependen de nuestro comportamiento? Sí. Si nos agripamos es porque nos descuidamos en abrigarnos, por el descuido de dejar la ventana abierta, por el descuido de tomar algo muy helado. Si tenemos alergia tal vez porque no limpiamos bien, por el ambiente, ácaros, etc. Cáncer por no chequearnos y no llevar una vida sana. Virus por contagios e irresponsabilidades. Siempre hay una acción humana detrás de eso, a veces nuestra, a veces de otros, pero siempre humanas. Y para curarlas lo mismo, depende de nosotros mismos. ¿Qué atacaba a aquella mujer que un día nos divirtió con su paso del cangrejo y sacaba cuchillo cuando se achoraba por televisión nacional?
La guitarra suele ser la responsable de mis retrasos. El perderse tratando de buscar un sonido en ella o de sacarle una melodía es una constante. El pasear por las cuerdas, los dedos moviéndose como soldados, el entrar en guerra o en paz, hace que te olvides un poco de la realidad. Cuando me di cuenta uno de los conductores pronunció Johanna. Dejé de tocar para observar y escuchar. ‘Cáncer de cuello uterino’ escuché. La voz relataba lo que le pasó y su salida de Esto es guerra. ‘El que te retiren el útero es…’, la voz se cortaba, los ojos brillaban, ‘es bien complicado, es bien difícil…’, un movimiento de nariz hacia la derecha, seguido de un moqueo. ‘Embajadora de la Liga contra el Cáncer’, ‘niñas’, ‘vacunar’, ‘Virus del Papiloma Humano (VPH)’. Había escuchado hace tiempo una canción que me pasaron, la cantante se llama Hija de perra, que se llamaba Reggaeton venéreo, y el coro más o menos decía: ‘Dame tu gonorrea, pégame el papiloma, quiero tener un herpes, la ladilla de moda’. La letra me pareció un chiste y simplemente la escuché y cerré la ventana. Los demás títulos de los temas de Hija de perra tenían que ver con temas que la gente no suele hablar así no más (Violencia intrafamiliar), o que generan risa cuando uno las comenta (Axilas hediondas), o que provocan incomodidad cuando uno viaja en el tren (Nalgas con olor a caca). Los escuché y luego perdí el rastro de Hija de perra. Pero lejos de ser ahora un chiste, era algo serio, algo que afecta a jóvenes, algo que está generando un movimiento, una campaña en contra de la propalación de ese virus. Mi interés de comunicador me hizo apuntar la página que Johanna mencionó casi al final del reportaje: ‘Yo cambio la historia punto com’. Guglié y encontré.
Revisando la página me entero lo que es un cáncer uterino y que es producido ‘por la infección persistente del Virus del Papiloma humano (VPH)’. La transmisión es sexual. Seguí gugleando el virus y encontré que es común tenerla. Luego dos palabras aparecieron, una que ya lo había escuchado en el reportaje, la otra era nueva: Verrugas genitales. Cuando algo me interesa suelo buscar las cosas relacionadas o anexadas a lo que estoy investigando. Por ejemplo, hace un tiempo que vengo siguiendo a Joe Pass, guitarrista de jazz, que me embelesa cada vez que lo escucho tocar. Sin querer vi un documental de él (The genius of Joe Pass) y en las dos últimas presentaciones toca en un bar con un contrabajista. La conversación fluida que generaban con sus instrumentos esos dos super seres humanos me impactó. Los dos eran virtuosos y me llamó la atención saber quién era ese contrabajista. Escuché algo de ‘Peterson’. Lo busqué por Youtube pero no era Peterson, sino Pedersen. Su nombre completo era Niels-Henning Ørsted Pedersen. En las palabras de Joe Pass, ‘he’s the best bassist player of the world’ (el mejor bajista del mundo). Como melómano esos términos no me los permito, pues eso de calificar a alguien como ‘el mejor’ en algún instrumento es, para mí, estrecho. Habría que ver si podría tocar otros géneros con tanta intensidad y destreza como lo hace. Es como cuando promocionaron a Paco de Lucía, el gran guitarrista flamenco, cuando llegó al Perú como ‘el mejor guitarrista del mundo’. ¿Podría Paco tocar el jazz como lo hace Joe Pass? ¿Podría Pedersen tocar como Bobby Valentín? Tal vez sí, tal vez no, pero la música es más allá de técnica, también hay que tener el feelin de lo que se está tocando. Entonces así me suelo perder en divagaciones e informaciones. La pérdida por la búsqueda de las palabras ‘Verrugas genitales’ que se emparejaba con Cáncer uterino me hicieron llegar a una página que era de la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos. La información estaba en español. Seguí informándome, encontrando características, causas y complicaciones similares a lo que ya había gugleado. La página me pareció seria pues tenía ‘Referencias’. Precisamente en esta sección me encontré con el término científico: ‘Condyloma acuminata’.
Toda esta información me hizo reflexionar un poco sobre el mensaje que se quiso transmitir. La campaña es de vacunación y prevención y está dirigida a niñas. Los programas dominicales suelen ver los papas los domingos cuando descansan o hacen sus últimas preparaciones para comenzar la semana. Recuerdo que mi madre planchaba la ropa mientras veía el dominical, o cocinaba para el día siguiente, o limpiaba su cuarto, etc., pero siempre con la televisión prendida, haciendo e informándose. ¿Son los padres quienes tienen que pagar esa vacuna para sus hijos? Sí, tal como lo hizo Johanna. Entonces esa estrategia estuvo buena, la de pasarla en un dominical de alta sintonía (o tal vez porque el programa de Johanna sale en el mismo canal que el dominical). Fue tierno cuando contó que su hijo le dijo ‘Gracias’ cuando lo vacunaron, lejos de llorar o ponerse engreído porque lo vacunaran. ‘Somos un equipo’ fue la segunda frase que le dijo. Entonces volví a recordar la página. Si ella vacuna a su hijo, ¿por qué la campaña está dirigida sólo a la prevención del cáncer del cuello uterino? Bien claro dice en las páginas que busqué que puede producir cáncer al pene y al ano del hombre. ¿Si una mujer, o niña, de actividad sexual constante, le da esto y tiene este virus, no es porque alguien se lo transmitió? ¿No es el hombre el que se lo transmite? Error. Lo transmiten los dos. Entonces, ¿somos tan machistas que dirigimos una campaña de vacunación para mujeres cuando también tendría que ser para los hombres? Más ahora en una sociedad donde las niñas tratan de imitar poses sexuales en sus perfiles de Facebook, llenando de comentarios provocadores sus fotos por parte de sus amigos e incitando el sexo. El calateo por el ‘like’ es increíble. Incluso se generó un nuevo adjetivo para dichas jóvenes: Candy, en alusión al reggaetón de Plan B. Haciendo una encuesta breve entre mis contactos de Facebook, todas amigas, sobre qué entendían de la palabra Candy cuando se puso de moda, todas, absolutamente todas, tienen el posicionamiento de dicha palabra como negativa, de alguien fácil, que tira con cualquiera, que tiene cara de santa pero que es tremenda, que es promiscua, de Milechi Figueroa y todos los adjetivos fuertes que usted ya sabe.
Plan B. Dejo de investigar. Hay ensayos y cosas por hacer. Sin embargo el pensamiento no me dejaba tranquilo. Condylomas. Papiloma. Vacuna. Cáncer de cuello uterino. Sexo en exceso. Kinky, nasty y aunque sea fancy. Esto es guerra. Hubo una palabra en la letra que no entendí: ‘Janguear’. Tomo una combi que decía Fast & furious. Realmente al chofer le había gustado la película pues trataba de ir a la velocidad de Vin Diesel. El reggaetón comenzó a invadir mis oídos. No voy a decir que me desagradó pues me parece un género que cumple con su función, que es la de hacer bailar, pero por primera vez presté atención a la letra. Entra la bulla, el correteo, las llamadas del cobrador de pasajeros (Ciudad, ciudad, San Juan, CT 50, Hospital, Pesquero) y las pequeñas conversas que tenía con el chofer, logré entender algunas frases: ‘Pero ella cambia más de novio que de panty’, ‘Le gusta el sexo en exceso’, ‘Muchos la han querido para serio pero a ella le va y le viene’, ‘Dice maldita la mujer que en otra mujer confía, por eso se rodea de amiguitos todos los días’… Entendí entonces el por qué mis amigas tenían ese significado posicionado en la mente. Entendí entonces el mensaje de esa canción. Si bien cierto que un meme usualmente nos hace reír, lleva situaciones graciosas, frases describiendo la acción, en referencia a nuestro feedback mediático que se nos ofrece diariamente, basados, aparentemente, en las viñetas de los cómics que solían estar de moda, esto no era una broma. El juego de palabras de dicha canción es divertido, recién comprendido cuando uno lee la letra por internet. Entonces si todo eso era un juego, yo también me permití jugar un poco, pues de Candy a Condy hay sólo una letra de distancia, y bien Condy podría ser el masculino de Candy. Candy atacada, Condy pasando piola, les gusta el sexo y se transmiten el papiloma. Pero no quiero hacer un nuevo reggaetón, sólo quiero que vacunen a sus hijos y se divulgue esta información, porque la sociedad dad, no tiene piedad dad, cuando a la mujer hay que atacar, quitar a Condy la responsabilidad, y seguir generando desigualdad dad. Acá se acaba porque ya no quiero rimar.

Entrevista a Johanna San Miguel en Cuarto Poder: https://www.youtube.com/watch?v=fNVPK5WQKLo
Hija de Perra / Reggaeton venéreo:  https://www.youtube.com/watch?v=fA_aVqa7KSk
Documental ‘The Genius of Joe Pass”: https://www.youtube.com/watch?v=sik1Ot7JfO8
Artículo de la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos: http://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/article/000886.htm
Letra de ‘Candy’ de Plan B: http://www.musica.com/letras.asp?letra=2151207

miércoles, 26 de agosto de 2015

Dedos que oyen

Mis dedos también oyen

Por eso me gusta tocarte

viernes, 3 de julio de 2015

En sueños...


Incluso en sueños seguías siendo igual: fría, seca, razonable.

Pero siempre sincera.

Por eso te quise.

miércoles, 17 de junio de 2015

Lianas


Cuando te recuerdo
eres una monita
paseándote en mi corazón selva
impulsándote en mis venas
como lianas

viernes, 8 de mayo de 2015

Mentiras artificiales (William Brittain)

En primer lugar, Marley estaba muerto.
El mayor Orin Watkins, jefe de seguridad del Centro de Investigaciones Biológicas n° 27, perteneciente al gobierno, estaba familiarizado con la mayoría de obras de Charles Dickens. Sin embargo, jamás pensó que la muerte de Marley le fuese comunicada con carácter oficial. Creía que Un cuento de Navidad, de Dickens, debería dejarse tranquilamente en el Londres del siglo XIX. El difunto socio del viejo Scrooge no tenía cabida alguna en el Centro, un complejo completamente moderno de edificios que ocupaban casi cuarenta hectáreas, donde químicos y biólogos, poseedores de coeficientes de inteligencia astronómicos, pasaban sus horas de trabajo creando y perfeccionando vacunas y antitoxinas para enfermedades que en algunos casos todavía no se había desarrollado.
La vida había sido más sencilla para Scrooge; jamás había oído hablar de guerra bacteriana, pero es improbable que el anciano avaro, de haber hecho su aparición, hubiese llegado ni siquiera a quince metros de los portones. Los hombres que trabajaban a las órdenes de Orin Watkins se habrían encargado de mantenerlo fuera del Centro. Los que entraban tenían que ser protegidos constantemente para que sus vidas no corrieran peligro. Al propio Orin se le exigía presentar las debidas credenciales al guarda del portón, todos los días. No; Scrooge, Bob Cratchit y demás colaboradores estaban mucho mejor lejos, aposentados cómodamente entre las tapas de un libro.

De todas maneras, el pobre Marley estaba muerto irremediablemente.

Orín contempló por encima del escritorio al hombre menudo que estaba sentado del otro lado. Augustine Lanier, con su cara vieja y arrugada que reflejaba ansiedad y asombro, podría también haber sido un personaje de Dickens. No Scrooge, por supuesto, si quiera Micawber. Augustine era demasiado bondadoso para se aquél y demasiado delgado para ser éste. Barkis, en cambio, sí. Augustine era el reflejo vivo de Barkis, tal como Orin se representaba al viejo cochero después de haber leído David Copperfield. Aun cuando era apenas un poco más que empleado común del archivo del Centro, Augustine ponía más conciencia que nadie en su trabajo. Al igual que Barkis, Augustine era hombre de gran voluntad.

― Marley era mi canario predilecto ―explicó humildemente―. Tal vez sea mi imaginación, pero cuando lo compré me pareció que se parecía a la imagen que yo había visto del espectro de Marley. Y ahora, señor, está muerto.
Orin nunca se hubiese acostumbrado a tener bajo su mando hombres de veinte años más de edad que lo llamasen "señor".
― Augustine ―dijo―. Lamento que su canario predilecto haya muerto. ¿Pero es esa la única razón por la cual ha venido a verme? Estuve viéndolo ahí fuera de la oficina. Usted debe de haber dado pequeñas caminatas durante veinte minutos antes de decidirse a entrar. Yo pensé que desearía hablarme de algo serio.
― Es serio, señor Watkins ―dijo Augustine Lanier dejándose resbalar todavía más en el sillón y mirando a Orin, con aire de hombre muy preocupado, por encima del armazón de sus anteojos―. Debo decirle que creo que deberían revelarme de mis obligaciones aquí en el Centro. Podría constituir un peligro para la seguridad del programa.

Orin lo contempló sorprendido. Augustine era uno de los primeros empleados que se habían tomado cuando se edificó el Centro. Había aprobado el examen habitual con todo éxito, de acuerdo con las constancias. En cuanto a antecedentes, inteligencia y análisis psicológicos, así como a resultados del polígrafo, sus condiciones eran perfectas. Era natural que el Centro, donde se manejaban los organismos patógenos más mortales, tuviese que efectuar una selección en extremo severa para tomar personal. Sin embargo, que Lanier fuese un riesgo para la seguridad, ¡jamás!

― Mire, Augustine, su canario ha muerto ―dijo finalmente Orin―; pero ése no es motivo para que usted se ponga melancólico y quiera abandonarnos.  Tómese el resto del día. Vaya a ver pajarerías a la ciudad. Cómprese otro canario. No tardará en olvidarse de Marley.
―¡Oh, no es sólo que Marley haya muerto lo que me apena, señor! ―dijo Augustine, moviendo enfáticamente la cabeza―. Debo agregar que fue estrangulado.
―¿Estrangulado? ¿Cómo demonios hizo para estrangularse él mismo?
―¡Oh! Marley no se estranguló, señor. No fue un accidente.
―Quiere decir que...
―No lo sé ―contestó Augustine, extrayendo de un bolsillo del pantalón un pañuelo que se puso a apretar hasta convertirlo entre sus palmas en una pelota―. Eso es parte del problema. Y la muerte de Marley fue apenas el primer incidente. Estos últimos días han ocurrido cosas muy extrañas. Creo que tal vez estoy perdiendo contacto con la realidad, señor Watkins.

Augustine formuló esta última afirmación con un tono que casi parecía pedir perdón, como si de una u otra manera estuviera fallando no sólo a Orin, sino a todo el centro de investigación y con la mano que tenía la pelota formada con el pañuelo se restregó los ojos.

―Lamento ―prosiguió diciendo―, señor, molestarlo a usted. Pero me pareció que debía enterarse de esto.
Que el anciano hubiese concurrido a visitarlo era una prueba de su lealtad hacia el Centro, tal como lo pensó Orin. Porque ¿cuántas personas admitirían la posibilidad de un transtorno mental, ni siquiera para sí mismas?
―Mire, Augustine ―dijo suavemente―, Supongo que lo mejor será que empiece por el principio. Dígame, ante todo, qué es lo que sido tan extraño estos últimos días.
Subrepticiamente apretó un botoncito en el borde de su escritorio. Un micrófono oculto en la pluma de ónix que estaba sobre el escritorio empezó a captar las palabras de Lanier y a enviarlas a la cinta electromagnética que pasaba de un carrete a otro en un cajón del mueble.
―El asunto comenzó el viernes pasado, señor ―dijo Augustine con una voz que a Orin le hizo recordar a uno de sus propios hijos cuando confesaba que la ventana estaba rota a causa de un hondazo―. Fue de mañana y yo temía llegar tarde al trabajo. Por lo general, la señora Carrigan ―que es la dueña de la casa donde alquilo una habitación, en la ciudad― me despierta si corro peligro de quedarme dormido; pero se había ido a visitar parientes y no volverá hasta fines de mes. El sargento Pomeroy, que es el otro inquilino, se había marchado a una excursión de pesca que se prolongaría un poco. Como usted ve, yo estaba solo en la casa y creo que sencillamente me olvidé de poner el despertador para que tocase la alarma.
Orin se preguntó si el hombre entraría finalmente en el tema.
―Pomeroy ―dijo en tono de conversación―es, por supuesto. Jerry Pomeroy, uno de los guardias de la puerta que da al Oeste, ¿no es así?
― Sí, señor ―dijo Augustine apoyando la afirmación con un movimiento de cabeza―. Pues bien, cuando salí de la casa y fui a buscar mi automóvil, descubrí que había olvidado mis llaves. Eso me ocurre muy a menudo, señor. Desgraciadamente, soy muy olvidadizo.
―Tiene mucha importancia que alguna persona pueda apoderarse de ellas ―comentó Orin―. Con sus llaves, cualquiera que lo desease podría entrar e ir a cualquier lugar, excepto a los salones de cultivo, naturalmente.
―¡Oh, señor Watkins! ―Augustine pareció confundido―. Nunca han estado fuera de mi poder más de unos pocos segundos. Se lo digo muy en serio, señor.
― Bien, Augustine, bien. Prosiga con su relato.
―Volví a la casa y subí a mi habitación. Y fue entonces cuando lo encontré.
―¿Lo encontró? ¿Se refiere a Marley?
―Sí, señor. En mitad de la alfombra. Y había sido estrangulado... con mis llaves.
Orin movió de un lado a otro la cabeza sin entender.
―¿Estrangulado con sus llaves? No lo entiendo, Augustine.
―Discúlpeme, señor. No fu con las llaves exactamente. Yo tengo  mi llavero unido a una cadena, y esta cadena era la que envolvía el cuello de Marley. Tan apretada, que casi había decapitado al pobrecito.

Al empezar a hablar, Orin se convirtió en la quintaesencia del espíritu lógico razonador.

―Son cosas que pueden suceder ―opinó―. Cuando usted salió, el pajarito escapó, se puso a volar por la habitación y, en una u otra forma, se enredó con la cadena de su llavero.
―Sí, pudo ocurrir así, salvo que...
―¿Salvo qué?
―Que la cadena no estaba tan sólo envuelta alrededor del cuello de Marley: estaba anudada.
Orin se echó hacia atrás en su sillón y exhaló aliento ruidosamente.
―¿No cabe la posibilidad de que el pájaro haya...?
―Ninguna posibilidad, señor Watkins. Era un nudo perfecto.

Resultaba curioso, pero eso no tenía nada que ver con la seguridad del Centro, por supuesto. Es decir, a menos que Augustine estuviese empezando a perder la cabeza y en algún momento de ofuscamiento o de desvarío hubiese estrangulado al canario él mismo.

―Hace un momento usted dijo que la muerte del pajarito era apenas el "primer incidente" ―recordó de pronto Orin―. ¿Qué signfica eso, Augustine?
―Bueno, lo que siguió fue lo de las herramientas del botiquín; con las limas, para ser exacto.
―¿Limas?
―Sí; yo estuve con dolor de cabeza todo el día viernes, pensando en Marley y preguntándome cómo podía haber sucedido aquello. De modo que cuando llegué a mi casa decidí tomar un par de aspirinas. La señora Carrigan me permite guardar un frasco en el armario de primeros auxilios del cuarto de baño. A menudo sufro dolores de cabeza.
―Siga.
―Bien. Fui al cuarto de baño del primer piso y llené de agua un vaso. Luego abrí el botiquín. El estrépito y la confusión fueron terribles.
―¿Qué estrépito y confusión?
―Cuando cayeron las limas. Eran limas largas y redondas, de acero pavonado. Creo que son del tipo que suele llamarse de cola de rata.
―Bueno ―dijo Orin, expectante.
―Más o menos esto es todo. ¿Pero no le parece que un armario destinado a guardar remedios no es lugar adecuado para poner limas? Especialmente si son tantas. Debían de ser por lo menos dos docenas. Me temo que un par de ellas hicieron saltar trocitos de la pileta en bastantes lugares. La señora Carrigan se enfurecerá cuando vuelva y descubra el daño.
―¿Y cómo fueron a dar esas limas al botiquín?―preguntó Orin un poco sarcásticamente.
―Yo... no lo sé, señor. Lo que puedo asegurarle es que no estaban allí la noche anterior, y que, además, yo era la única persona que había en la casa. Eso es lo que me preocupa, señor Watkins. ¿Es posible que, sin darme cuenta, yo mismo las pusiese?
―¡Hum! Sí, supongo que es posible. Pero me resulta extraño que usted no lo recuerde en absoluto.
―Daría la impresión de que yo estuviese... bueno... perdiendo el juicio, ¿no es verdad?
―Eso es cosa que deben decidir los médicos, Augustine. Pero yo no me preocuparía por tal motivo. Tiene que haber alguna explicación lógica. Pero al mismo tiempo es razonable que un hombre que esté al borde de la demencia sufra alucinaciones, visiones, distorsiones de la realidad y todas esas cosas.

Augustine respiró profundamente y expelió el aire tembloroso.
Orin, observando las reacciones del anciano, arqueó una ceja.

―¿Ha experimentado alucinaciones, Augustine?
―Yo, en realidad... no lo sé.
―¿Qué quiere usted decir con eso de que no lo sabe? Explíquese ―dijo Orin, cuya voz era más incisiva de lo que él hubiese deseado.
―Fue el sábado por la noche, señor Watkins. Salí a dar un paseo sin ningún propósito especial. Me costaba conciliar el sueño y entre eso y el recuerdo de Marley y las limas que salieron del botiquín... Salí de casa a eso de las once y media, de manera que cuando ocurrió debía de ser más de medianoche.
―Cuando ocurrió ¿qué?
―Me había detenido debajo de un farol de la calle a encender la pipa. Al raspar el fósforo me di cuenta de pronto de que a mi lado había un hombre de pie. No lo noté cuando se acercó. Sin duda calzaba zapatos con suela de goma.
―¿Lo atacó el hombre? ¿Le exigió dinero o alguna otra cosa?
―¡Oh, no! Más aún, se llevó una mano al sombrero en un además muy cortés. Pero ocurre que cuando se quitó el sombrero y la luz le iluminó la cara, advertí que tenía puesta una máscara.
―¿Una máscara?
―Sí, señor. Una de esas cosas de goma que cubren la cabeza entera. Me llevé un susto atroz, como que era la máscara de un hombre lobo. No sólo eso, sino que de pronto se puso en cuatro patas en el suelo y empezó a aullar con la cabeza dirigida hacia la luna. Después, con la misma rapidez, se levantó, volvió a colocarse el sombrero, me dio la mano y desapareció en la oscuridad. 

Orin rió entre dientes.

―Eso se explica fácilmente, por lo menos ―dijo sonriendo―. Alguien que volvía de un baile de máscaras o un bromista. Borracho, quizá.
―Quizá. Pero después de los dos primeros incidentes, el encuentro con aquel hombre no fue nada bueno para mis nervios, se lo aseguro. Y no he logrado dar con ninguna persona del barrio que haya visto al hombre o que siquiera haya oído hablar de que tal cosa sucediera.
―Es algo disparatado, pero no imposible. ¿Hay algo más, Augustine?
―Sí, señor Watkins. Hay otra cosa más. Ocurrió precisamente anoche... O tal vez esta madrugada. Es difícil precisar.

Orin pudo advertir que Augustine estaba visiblemente excitado por las cosas que le habían pasado. Los brazos le temblaban de un modo alarmante y parecía hallarse al borde del llanto.

―Ayer por la noche, señor, limpié mi cuarto. Pasé la aspiradora, el plumero y todas esas cosas. En el momento en que me acosté todo estaba en su debido lugar. Quiero que me crea, señor Watkins. ¡Tiene que creerme!
―Está bien, Augustine, está bien. Nadie duda de su palabra. Siga su relato.
―Sí, por supuesto. Lamento no poder dominarme. Pues bien, cerré con llave la puerta y me acosté. Pero esta mañana al levantarme encontré... encontré...

De pronto Augustine se tapó la cara con el pañuelo y prorrumpió en horribles sollozos que no lograba controlar.
Durante varios minutos, el silencio reinaba en la oficina de Orin sólo fue interrumpido por los gemidos angustiosos del anciano. Finalmente, con un esfuerzo tremendo de voluntad, se serenó. Luego se inclinó y tomó del suelo un rollo de papel que estaba al lado de su sillón y lo arrojó en el escritorio de Orin.

―Eso, señor Watkins. Encontré eso en el piso de mi dormitorio, colocado entre unos libros tomados de mis estantes para que se mantuviese plano. Pero yo no lo puse allí. Hasta esta mañana, jamás lo había visto. ¡Se lo juro, señor! No sé de dónde ha venido.

Orin desenrolló el papel duro. Era un cartel que representaba a un militar de cerca de sesenta años, o algo más, con el uniforme de soldado de la primera guerra mundial. La belleza de la cara arrugada, con su bigote bien recortado y su fría expresión de suficiencia, la realzaban una estupenda exhibición de cintas por acciones bélicas y las cuatro estrellas de general del uniforme. Orin leyó las pocas palabras que había debajo del retrato: GENERAL JOHN J. PERSHING ("EL NEGRO JACK"), comandante en jefe de las Fuerzas Expedicionarias Norteamericanas en Europa.

―Por lo menos, no veo en ese retrato nada que pueda causa pavor.
―No se trata de eso, señor Watkins. Yo no he tenido jamás tal cartel. ¿Cómo apareció de pronto en mi cuarto? Primero, alguien mata a mi canario. Después las limas del botiquín y el hombre con esa máscara espantosa. Y finalmente esto. Al principio yo... no pensé decir nada a nadie, pero...
―Sí, eso es lo que el noventa y nueve por ciento de las personas habría hecho. Pero usted ha hecho muy bien, Augustine. Sólo que... ¡Oh, maldición! ―y Orin hizo una pelotita con un papel tomado de su escritorio y la arrojó a un rincón de la pequeña oficina.
―¿Se siente bien, señor Watkins?
―Sí, Augustine. Se trata sencillamente de que usted es un hombre demasiado simpático para lo que tengo que hacerle ahora.
―¿Qué quiere decir, señor?
―Mire, usted me ha contado cosas bastante estrambóticas. Sencillamente, no tienen sentido. Por lo que a mí respecta, no creo que usted se esté transtornando. Por otra parte, yo no soy médico. Soy un funcionario del departamento de seguridad y, por encima de mis sentimientos personales, ante todo debo cumplir con mi obligación de velar por la seguridad del Centro. ¿No es así?
―Supongo que sí, pero...
―No me interrumpa cuando estoy furioso, por favor. Ahora bien, si esas cosas le hubiesen sucedido a alguno de los científicos que tenemos aquí, podría pensar que alguien está tratando de enloquecerlo. Pero, francamente, Augustine, su trabajo como empleado no tiene tanta trascendencia. Admitamos las cosas como son: si usted desapareciese mañana, podría ser reemplazado sin demasiados inconvenientes. Además, usted no conoce lo suficiente las actividades que se desarrollan aquí como para revelar ninguna cosa que tenga vital importancia. No quiero ofenderlo, pero ésta es la verdad.
―Lo sé perfectamente, señor Watkins.
―Bien. Entonces, si eliminamos la idea de que un desconocido trate de hacer que usted abandone el Centro, ¿qué nos queda?

Augustine miró inexpresivamente el suelo.

―Lo que procura decir es que yo he imaginado esas cosas o que las hice yo mismo, ¿no es así?
―Sí, pero... ¡Oh, caramba! ―y Orin levantó el tubo del teléfono que había sobre su escritorio y llevó el dedo índice hacia el disco, pero se contuvo―. Voy a tener que conservarlo a usted aquí, en el Centro, Augustine ―dijo―. Estará vigilado y los médicos lo verán con bastante frecuencia. Trataré de que se sienta todo lo cómodo que sea posible, pero no podrá decir a nadie dónde se encuentra. Y si piensa apelar a sus derechos constitucionales mediante hábeas corpus, es mejor que no lo haga. Esto es un proyecto oficial de máximo secreto, no una sala de tribunal.
―Por favor, no se preocupe de mi comodidad ―dijo Augustine―. Conocía las consecuencias de mi actitud cuando entré aquí.

Orin abrió la boca para hablar y de pronto la cerró. ¿Qué más podía decirse? Con un gesto de indignación, accionó el disco del teléfono.

Luego de entregar a Augustine Lanier a la custodia de dos guardias, dando a éstos órdenes estrictas de que no permitiesen que el anciano se alejara de su vista mientras no se hubiese dispuesto lo contrario, Orin se dirigió a la cafetería y se hizo servir un almuerzo ligero que, por lo que disfrutó comiéndolo, podría haber sido de cartón hervido. Al regresar a su oficina se notó en el sillón giratorio, lo separó del escritorio y se puso a estudiar un plano del Centro que estaba clavado en la pared.

Se oyó ruido de pisadas fuera del edificio y se volvió para mirar a través de la ventana el cambio del guardia del perímetro de defensa. Luego de un intercambio formal de saludos, los hombres nuevos ocuparon sus lugares en las pequeñas casillas contiguas a los portones, mientras los que habían cumplido guardia las cuatro horas anteriores volvieron al cuartel, justamente debajo de la oficina. Allí, los hombres que vivían en la base podían leer, hablar o ponerse al día con el sueño, mientras los suboficiales que tenían vivienda en la ciudad salían presurosos a buscar un ómnibus. Hasta la ocho de aquella noche podían emplear el tiempo como deseasen.

Repentinamente, Orin frunció el ceño y desvió la mirada de la ventana hacia el plano del lugar. Había advertido algo que antes no había notado. Era cosa fácil de remediar, por supuesto; pero, de todas maneras una posible falla en cuanto a la seguridad.
Alguien llamó con los nudillos a la puerta.

―Entre ―gritó Orin impacientemente.

El hombre que entró tenía la camisa militar completamente desabrochada y se rascaba el pecho peludo con su gruesa mano. Entre los dientes apretaba una pipa cuya cazoleta tenía aproximadamente el tamaño de un pocillo de café. Si el coronel Timothy Doherty, oficial médico principal del Centro, no hubiera sido un facultativo tan extraordinario, mucho tiempo antes lo hubiesen despedido del servicio por el solo hecho de ser un patán.

Sin embargo, Orin sentía singular aprecio por él. El grueso doctor aportaba una pizca de joie de vivre irlandesa a los aspectos rutinarios y muy formales del Centro.

―Se me ha ocurrido que usted desearía saber cómo están mis relaciones con su señor Lanier ―dijo Doherty, acomodándose en un sillón y al mismo tiempo tirando cenizas de la pipa en la alfombra.
―Sí, Tim. Dentro de un momento.
―¿Qué quiere usted decir con eso de dentro de un momento? Interpreté que usted me pedía que le hiciese conocer mis conclusiones apenas terminase de observarlo.
―Antes observe este plano, ¿quiere?

Orin señaló con el dedo índice el plano que estaba en la pared.

―Nosotros nos encontramos precisamente aquí ―dijo―, y los guardias que acaban de dejar el servicio se encuentran debajo.
―Es un juicio bastante acertado ―aprobó Doherty―, especialmente si se tiene en cuenta que la barahúnda que están haciendo allí bastaría para despertar muertos.
―Sí, Tim, pero siguen encontrándose en el Centro.
Doherty abrió mucho las manos.
―Una deducción maravillosa, Orin ―dijo―. ¿Qué hace usted después de esto? ¿Buscar la juez Crater?
―Vamos, hable en serio ―replicó Orin―. Yo quiero ver si usted entiende esto debidamente. Pues bien, nosotros permitimos a los guardias que viven en la ciudad que salgan del Centro cuando terminan el servicio, y no los revisamos demasiado estrictamente. Si alguno de ellos quisiese llevarse algo del Centro, no le daría gran trabajo sacarlo de aquí.
―¿Llevarse algo? Y ¿qué podría desear llevarse del Centro uno de sus hombres?
―Hay quienes pagarían mucho por conocer detalles acerca de las actividades de este Centro.
―¿Quiere decir que tampoco tiene confianza en sus propios guardias?
―Mi cargo no me permite confiar en nadie. Sería una tentación grande. Mire, el área de almacenamiento de datos está al otro extremo de este edificio. ¿Qué impediría que alguno de los guardias saliese del cuartel y entrara en esa zona cuando termina su turno, en vez de franquear directamente el portón?
―Bueno, en primer lugar, alguien lo vería. No olvide que eso ocurre a plena luz del día. Y en segundo lugar, el archivo está siempre bien cerrado con llave.
―Pero ¿y su fuera de noche? ¿Y el guardia tuviese una llave?
―¡Oh! En esas circunstancias supongo que podría entrar. Es decir, si desease hacerlo.
―Entonces podría mirar los archivos donde se describen todos los experimentos que estamos haciendo aquí. Y hasta fotografiarlos, si dispusiese de una cámara.
―Bueno, espere un segundo, Orin. Hay un sereno especial justo fuera del salón en que se guardan esos registros, y ni siquiera él tiene las llaves de los salones ni de los gabinetes de archivo.
―Muy bien, pero supongamos que nuestro hombre penetra por este corredor. No lo vería el sereno hasta último momento. Podría dar un golpe al sereno en la cabeza con un objeto contundente y...
―Y aun suponiendo que consiguiese abrir todos esos armarios, en el momento en que el guardia se despertase y lo identificase sería perseguido por todos los policías del país. Y la traición es un delito que se castiga con pena capital, según creo.
―¿Qué ocurriría si ese hombre llevase puesta una máscara?
―¡Qué ocurriría! ¡Qué ocurriría!
Doherty volvió a encender la pipa y a través del humo contempló a Orin.
―Si eso le preocupa realmente, mantenga bajo vigilancia a los guardias del perímetro hasta que se retiren del Centro.
―Sí, creo que sugeriré eso al comandante que está a cargo ―y Orin giró sobre sus talones y miró cara a cara al médico rollizo―. ¿Y qué me dice ahora acerca de Lanier?
―Todavía no tengo un diagnóstico oficial; pero, entre nosotros, soldaditos de plomo, yo diría que es tan cuerdo como usted o como yo. Salvo que, oyéndolo hablar, de usted ya no me siento tan seguro. A todo esto ―agregó Doherty mirando a Orin por debajo de sus cejas pobladas― el canario de Lanier está realmente muerto, ¿sabe?
―¡Oh! ¿Cómo lo averiguó?
―Lanier dijo que estaba enterrado en el fondo. Mandé un par de hombres a la casa donde tiene su habitación y sacaron al animalito muerto. Tenía el cuello quebrado.
―Parecería que usted estuviese haciendo mi trabajo ―dijo Orin, sonriendo entre dientes.
―Todo está dentro de mis obligaciones. Hemos obtenido el cuerpo del animal muerto y el cartel en que se ve a Pershing. Por lo menos, sabemos que esas dos cosas no son imaginarias. Mi estimado Orin, yo tengo una gran sospecha de que no tendré más remedio que declarar que la salud de ese hombre es irreprochable.
―En cualquier caso será necesario dejarlo en libertad, a menos que podamos explicar con cierta lógica esos incidentes.
―¿Ha hecho la prueba de utilizar el polígrafo?
―¿El detector de mentiras? ¿En qué puede servirnos? Si Augustine miente se convierte automáticamente en un peligro para la seguridad; y si no miente, las cosas que ocurrieron son tan sospechosas que de todas maneras lo dejarán salir. ¿Qué diferencia puede haber?
―Podríamos obtener algún indicio en cuanto a lo que pasa por su cerebro. Orin, usted aprendió a manejar el polígrafo durante las clases previas a este puesto. Sabe muy bien que no es perfecto. A eso se debe que no se lo acepte como evidencia.
―Salvo aquí, en el Centro ―dijo a su vez Orin―. Si el gráfico resultante de un polígrafo no se mantiene dentro de límites razonables, el hombre queda en libertad. Tal vez no sea justo, pero sirve a los fines de seguridad.
―Está bien; pero los dos sabemos que el detector de mentiras no puede escrutar el cerebro de una persona para determinar si está mintiendo. Lo único que esa máquina hace es medir reacciones del cuerpo. Un puño registra la presión sanguínea y el pulso. Un tubo que se pone alrededor del pecho obtiene datos sobre profundidad y frecuencia de la respiración, y los electrodos de los dedos nos dicen cuánto suda el sujeto. Todo esto se consigna automáticamente en un gráfico.
―Bueno, Tim, todo eso es repetir lo que dice el texto. Ya sé que al sujeto se le hacen ciertas preguntas o se le dicen ciertas palabras neutras, como por ejemplo "gato" o "perro", o algo por el estilo a fin de conocer sus reacciones normales. Sólo que cuando Augustine oyó la palabra "canarios", el estilógrafo parecía quererse salir del papel del gráfico a causa de lo que había sucedido a... ¡San Judas Tadeo bendito!
―Orin, lo noto blanco como una sábana. ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le consiga algo?
―El teléfono únicamente.

Orin tomó el instrumento y su dedo índice marcó frenéticamente números en el disco.
―Sargento Jennings ―dijo―, quiero que traigan al señor Lanier inmediatamente a mi oficina. Sin perder un minuto.
Colgó bruscamente.
―Entiendo que algo se le ha ocurrido ―dijo con toda calma Doherty―. ¿O es que se ha propuesto sufrir una trombosis coronaria justo aquí, en su despacho?
―¡Oh! ―musitó Orin, con los labios contraídos sobre los dientes―. Ese hijo de p... no hay duda que es inteligente. Esto es sensacional, y el plan le hubiera dado un buen resultado si se hubiera abstenido de hablar, lo mismo que hubiese hecho cualquier persona corriente. Pero en cambio recurrió a mí. Bendita sea su conciencia exagerada... El hecho es que vino a mí.
―Me parece que voy a quedarme ―dijo Doherty―. Lo único que tengo que hacer esta mañana carece de importancia de todas maneras. Pero será mejor que usted logre en alguna forma desenredar este lío, pues de lo contrario tengo otra celda que lo está esperando, justo al lado de la de Lanier.

Tres minutos después Augustine Lanier entró lentamente en la oficina de Orin y con una inclinación de cabeza saludó a los dos hombres. Orin le ofreció una silla.
―Augustine ―dijo Orin después que el anciano se sentó―. Creo que tengo buenas noticias para usted. Me parece que entiendo el significado de las cosas que le han sucedido.
―¿De todas, señor?
―De todas. Escúcheme. Hace unos momentos, describí al coronel Doherty la forma en que uno de los guardias del perímetro podría fácilmente entrar en el lugar donde están los registros y sacar material.
―¿De veras, señor Watkins? Allí es donde yo trabajo... o trabajaba. Me parecía que estaba muy bien vigilado.
―No, no sólo que alguien podría entrar, sino que hay quien ha estado pensando hacerlo. Y en ciertos lugares del mundo la información contenida en esos registros podría valer mucho.
―¡Oh! Confío en que pueda atraparlo. Muchos de los sobres que he puesto en los cajones están marcados como "Secreto Máximo".
―No creo que en ese aspecto tengamos más dificultades. Debo aclararle que a mi juicio, el ladrón supone que podrá quedarse aquí en el Centro. Tratará de hacer que otra persona parezca la culpable. Usted, Augustine.
―¿Yo?  No lo entiendo. ¿Cómo?
―Ahora puede hablar usted, Tim ―dijo Orin, volviendo su silla para mirar de frente a Doherty―. Si se cometiese un robo como el que acabo de describir, ¿qué sería lo primero que deberíamos hacer?
―Poner un cerco a toda esa zona, Averiguar en qué lugar realmente ha operado alguien. Presentar disculpas al Comandante por los errores que usted haya cometido.
―Sí, pero cuando yo empezara a interrogar a posibles candidatos, ¿qué pasaría? Yo utilizaría el polígrafo, Tim. El detector de mentiras. Y empezaría con las personas que han tenido acceso a ese lugar. Augustine,  por ejemplo, sería uno de los primeros que someteríamos a la prueba.
―Sigo sin entender ―dijo Doherty.
―Piense, Tim ―y ahora Orin se volvió hacia el anciano―. Augustine, usted es el sospechoso número uno de un robo de registros de datos que podría tener lugar esta noche, o en todo caso dentro de un par de días. El delincuente había decidido que usted apareciese como culpable. Se hubiera convertido en lo que tal vez sería el primer mentiroso artificial del mundo.
―Todo eso me resulta muy confuso, señor.
―Tim ―dijo Orin volviéndose hacia el doctor―. Imagínese a Augustine con las correas puestas y conectado al detector de mentiras. La máquina está en marcha. Su presión sanguínea, su pulso, su respiración y la conductividad de su piel se registran sin excepción. Empiezo preguntándole cómo se llama o qué es lo que siente. Cualquier cosa que lo tranquilice para poder obtener datos de fe. Pero mientras tanto, estamos de acuerdo en que el verdadero ladrón debe tener acceso a las llaves que permiten entrar al lugar vigilado. De manera que después de unas cuantas palabras inocentes, yo diría: "Llaves".
Sentado como estaba, Augustine Lanier rebulló involuntariamente. De su rostro desapareció el color.
―¡Oh, pobre Marley! ¡Y con la cadena de mi propio llavero!
―¡Que San Patricio nos proteja! ―murmuró Doherty―. Con una reacción como esas, las agujas del detector de mentiras tendrían que subir por la pared. ―Se rascó la cabeza, revolviendo dudas en su cerebro―. Pero en cuanto a otras cosas, ¿qué me puede decir, Orin? Por ejemplo, las carpetas del gabinete de los médicos.
―Pruebe con las palabras "armario del archivo", Tim.
―Y la referencia al hombre lobo provocaría una reacción a la palabra "máscara". ¿Pero qué me dice del general Pershing?
―¡"El negro Jack"! El sereno debería ser asesinado de alguna manera, no lo olvide. Habríamos tenido un sospechoso perfecto. No porque Augustine hubiese hecho nada malo, sino por haber estado condicionado psicológicamente en forma de responder a las mismas palabras que teníamos que utilizar en nuestra investigación. Y al mismo tiempo, mientras somentíamos a un tormento al pobre Augustine, el verdadero culpable de reiría de nosotros a más no poder. Sin embargo, en cierto sentido, Augustine no obró en la forma en que el villano esperase que lo hiciese. En lugar de mantener en secreto estos detalles, nos puso al corriente de ellos.
―Y al ladrón verdarero, al que tramó todas estas cosas contra el señor Lanier... ¿también lo tiene individualizado ya? ―preguntó Doherty.
Sonriendo maliciosamente, Orin se recostó en su asiento.
―Por supuesto ―dijo―. Augustine, usted viene diciéndome en todo momento, durante los últimos días, que en la habitación que ocupa en su pensión ha estado solo. Sin embargo, ¿sabe una cosa? No estuvo solo.
―Usted quiere decir que la patrona...
―La patrona ―dijo Orin meneando de un lado a otro la cabeza― difícilmente podría habernos servido para guardia. Pero...
―¡El sargento Pomeroy! ―dijo Augustine con los ojos abiertos desmesuradamente―. La habitación que él tiene se encuentra justo frente a la mía, del otro lado del corredor.
―Ahora está entendiendo el asunto, Augustine. Ya ve, yo no creo que Pomeroy haya realizado nunca esa excursión de pesca. Es posible que saliese de la casa mientras usted vigilaba, pero sospecho que dejó sus bultos en un lugar secreto y volvió subrepticiamente. Desde entonces ha estado oculto en su cuarto. Usted dijo que varias veces se olvidó las llaves. Pudo haber penetrado en la habitación que usted ocupa y en cuestión de segundos hacer moldes de arcilla de esas llaves, antes que usted volviese a tomarlas. Dado que usted es empleado del archivo, esas llaves le habrían permitido, esas llaves le habrían permitido entrar en cualquier parte del lugar donde se guardan los registros. Lo mismo en cuanto a Marley. ¿Sabe cuánto tiempo se necesita para matar un pajarito? Esperó sencillamente hasta que usted se olvidase otra vez las llaves, entró en su cuarto, abrió la jaula y en instantes hizo lo demás. Las otras cosas que han ocurrido habrían sido todavía más fáciles de urdir. Todo lo que tenía que hacer Pomeroy era esperar a que usted estuviese fuera de la casa y entonces preparar la habitación como se le antojase.
―Una teoría muy interesante la suya, amigo Orin ―dijo Doherty―. Pero va a ser un poco difícil de demostrar, ¿no le parece?
―Eso no dará ningún trabajo ―dijo Orin.

Dos noches después, una figura vestida con camisa y pantalones oscuros abrió con llave la puerta lateral del lugar del Centro donde se guardaban los registros y se introdujo rápidamente. Cerró luego de haber pasado. Al volverse, una persona que estaba oculta en la oscuridad le dio un tirón del pañuelo negro que el hombre tenía puesto en la cara. Sorprendido, el individuo dejó que el llavero escapase de sus manos y golpease el suelo en el instante en que alguien encendía las luces del techo. Delante del hombre, cuatro soldados empuñaban fusiles con las bayonetas caladas.

―Bienvenido, sargento Pomeroy ―dijo Orin Watkins―. Lo estábamos esperando.




Ser o no ser. Alfred Hitchcock. SELMAR S.A., Edición en español, 1975, Montevideo. pp. 56-74

Traducción de Manuel Barberá.