Era un domingo por la tarde cuando nada hay que hacer,
nada por ver, nada por esperar. Me sobaba la cabeza, los ojos, las orejas, las
cejas. Miraba la ventana queriendo que se abran las cortinas y entre la luz.
Flojera. Para qué pararse si es mejor estar echado recibiendo aire, recibiendo
nada. Los celulares ni sonaban, pantalla negra. Paredes blancas, pantalón
blanco. Hasta que sonó. Era su llamada. Para qué contestar si ya todo acabó.
Contesté.
Las bromas de siempre, las risas de siempre. Nada de
amor. Simple conversación de amigos. Ni un te quiero, nada. Oye, y si hacemos
cositas por teléfono. Cositas. Tiempo sin escuchar esas palabras. Tiempo sin
sentirlas. Cositas por ti las tenía siempre, pero hoy ya no sé. Ya, voy a
cerrar la puerta
Cosa extraña y sucia en mi cama. Ondas telefónicas
llenas de deseo y angustia. Sin vernos, sólo las voces reemplazando nuestras
manos. Mi mano ahora agarrando plástico, botones, Nokia. Qué agarrabas tú. Me
encanta tu pene. Te lo voy a pasar en círculos, ¿ya?. Ya. Y envidiaba tus dedos
que se abrían paso entre tus labios. Dos canoas en un río, juntándose, separándose,
chocándose, sobándose. Balsismo puro. Te voy a apretar los pechos mientras te
la meto toda. Ya. Y era como acariciar dos duraznos. Tú, árbol. Cómo me caí de
tu copa. En qué momento se perdió el equilibrio. Cuándo fue que tu madera se
puso lisa y me resbalaba al tocarla. Algo se perdió: el amor, el respeto, la
admiración… menos la excitación. ¿Encima? Sí, quiero ver cómo tus pechos saltan
mientras te mueves. Ya. Me hace falta el dinero pero no el amor. A otros les
sobra el dinero y el miedo. Sin embargo sé que mi miedo es el más absurdo: el
quedarme sin ti. Te tengo ahora por teléfono y por eso lo aprovecho. Sientes
cómo está dura por ti. Sí. Vamos más rápido, ¿quieres? Sí.
(Foto tomada en la avenida Los Héroes, San Juan de Miraflores, Lima, Perú.)

No hay comentarios:
Publicar un comentario