martes, 8 de septiembre de 2015

Olas telefónicas


Era un domingo por la tarde cuando nada hay que hacer, nada por ver, nada por esperar. Me sobaba la cabeza, los ojos, las orejas, las cejas. Miraba la ventana queriendo que se abran las cortinas y entre la luz. Flojera. Para qué pararse si es mejor estar echado recibiendo aire, recibiendo nada. Los celulares ni sonaban, pantalla negra. Paredes blancas, pantalón blanco. Hasta que sonó. Era su llamada. Para qué contestar si ya todo acabó. Contesté.

Las bromas de siempre, las risas de siempre. Nada de amor. Simple conversación de amigos. Ni un te quiero, nada. Oye, y si hacemos cositas por teléfono. Cositas. Tiempo sin escuchar esas palabras. Tiempo sin sentirlas. Cositas por ti las tenía siempre, pero hoy ya no sé. Ya, voy a cerrar la puerta
Cosa extraña y sucia en mi cama. Ondas telefónicas llenas de deseo y angustia. Sin vernos, sólo las voces reemplazando nuestras manos. Mi mano ahora agarrando plástico, botones, Nokia. Qué agarrabas tú. Me encanta tu pene. Te lo voy a pasar en círculos, ¿ya?. Ya. Y envidiaba tus dedos que se abrían paso entre tus labios. Dos canoas en un río, juntándose, separándose, chocándose, sobándose. Balsismo puro. Te voy a apretar los pechos mientras te la meto toda. Ya. Y era como acariciar dos duraznos. Tú, árbol. Cómo me caí de tu copa. En qué momento se perdió el equilibrio. Cuándo fue que tu madera se puso lisa y me resbalaba al tocarla. Algo se perdió: el amor, el respeto, la admiración… menos la excitación. ¿Encima? Sí, quiero ver cómo tus pechos saltan mientras te mueves. Ya. Me hace falta el dinero pero no el amor. A otros les sobra el dinero y el miedo. Sin embargo sé que mi miedo es el más absurdo: el quedarme sin ti. Te tengo ahora por teléfono y por eso lo aprovecho. Sientes cómo está dura por ti. Sí. Vamos más rápido, ¿quieres? Sí.

Entonces la sangre tiñe las paredes, las cortinas, las ventanas, mis ojos, mis cejas, mi cabeza. Todo espacio de luz es teñido de rojo. El río está cada vez más caudaloso. Las canoas van cada vez más rápido. Los duraznos ya no pueden sostenerse del árbol. Yo me deslizo sobre el tronco cada vez más rápido y fuerte para no dejarme caer. Hay contracciones. Las ondas telefónicas son ‘olas’ ahora, pues se siente su humedad. Las canoas no pueden más. El río se desborda trayendo consigo gritos y cantos. Yo nunca pude llegar a la copa, me quedé solo, en el árbol, en el tuyo. Siento cómo el río se apacigua. ¿Te gustó? Sí. Entonces, ¿qué falta para que te quedes conmigo? Que me llenes, que te vengas dentro de mí.


(Foto tomada en la avenida Los Héroes, San Juan de Miraflores, Lima, Perú.)

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