sábado, 7 de marzo de 2009

Almacén putrefacto


Descubrir el almacén fue fácil, bastaba con seguir un olor a sangre y cuerpos sufridores que flotaba en el aire, podía uno imaginar que era hasta un juego como ese de Caliente, caliente, Frío, frío, conforme se acercara o se apartase el buscador, Duele, no duele, pero los dolores eran ya insoportables. José ató el burro a una argolla y entró en la cámara tenebrosa en que transformaron el almacén. En el suelo, entre las esteras, había unas lamparillas encendidas que apenas iluminaban nada, eran como pequeñas estrellas en el cielo negro, sin más luz que la suficiente para señalar su lugar, si de tan lejos las vemos.

José recorrió lentamente las filas de hombres tumbados, en busca de Ananías, en el aire había otros hedores fuertes, el del aceite y el del vino con que curaban las heridas, el de sudor, el de las heces y los orines, que algunos de estos desgraciados ni moverse podían, y allí mismo donde estaban dejaban salir lo que el cuerpo, más fuerte que la voluntad, ya no quería guardar. No está aquí, se dijo José cuando llegó al final de la fila. Volvió a recorrer la sala en sentido contrario, más lentamente, escrutando, buscando señales de semejanza, y realmente todos se parecían entre sí, las barbas, los rostros hundidos, las órbitas profundas, el brillo deslucido y pegajoso del sudor. Algunos de los heridos lo seguían con una mirada ansiosa, hubieran querido creer que este hombre sano venía a por ellos, pero luego se apagaba la breve lucecilla que animara sus ojos y la espera, de quién, para qué, continuaba.
(El evangelio según Jesucristo / José Saramago)

miércoles, 4 de marzo de 2009

Niños, niños...

A diferencia de cualquier animal, tardaban demasiado en valerse por sí mismo, ¡ y cuántos estragos resultaban de esa tara! Todo lo rompían, carátula artística o florero de cristal de roca, traían abajo las cortinas que quemándose los ojos había cosido la dueña de la casa, y sin el menor embarazo aposentaban sus manos embarradas de caca en el almidonado mantel de mantilla de encaje comprada con privación y amor. Sin contar que solían meter sus dedos en los enchufes y provocar cortocircuitos o electrocutarse estúpidamente con lo que eso significaba para la familia: cajoncito blanco, nicho, velorio, aviso en "El Comercio", ropas de luto, duelo. Porque ¿no era desolador cómo ellos arruinaban el presupuesto familiar? Gravaban los ingresos paternos en relación inversa a su tamaño, no sólo por su glotonería pertinaz y la delicadeza de su estómago, que exigían alimentos especiales, sino por las infinitas instituciones que ellos habían generado, comadronas, cunas maternales, puericultorios, matinales, jugueterías, juzgados de menores, reformatorios, sin mencionar las especialidades en niños que, arborescentes parásitos que asfixian a las plantas-madres, le habían nacido a la Medicina, la Sicología, la Odontología y otras ciencias, ejército en suma de gentes que debían ser vestidas, alimentadas y jubiladas por los pobres padres.
¿Acaso con la consabida cuartada de que carecían de uso de razón, no cercenaban las alas a las mariposas, metían a los pollitos vivos en el horno, dejaban patas arriba a las tortugas hasta que morían y les reventaban los ojos a las ardillas? ¿la honda para matar pajaritos era arma para adultos? ¿y no se mostraban implacables con los niños más débiles? Por otra parte ¿cómo se podía llamar inteligentes a seres que, a una edad en que cualquier gatito ya se procura el sustento, todavía se bambolean torpemente, se dan de bruces contra las paredes y se hacen chinchones?
(La tía Julia y el escribidor/ Mario Vargas Llosa)

martes, 3 de marzo de 2009

Recuerdos febrerales II

Aquel fin del que hablaba era sin duda el del toqueteo. Los raptos ahora ya no serían simplemente para darles un gran baño, sino también para saciar nuestra inquietud y angustia de querer tocarlas.
Es así como los los carnavales para mí iban muriendo año tras año. Los grupos ya no eran más para jugar carnaval, Bahh, carnaval son para chibolos, decía uno de mis amigos, Sí, hueón, vamos a la playa con las chicas y de paso llevamos un trago, decía otro. No puedo negar que yo también estaba animado con la idea y es que, claro, siempre uno quiere vivir nuevas aventuras y, por supuesto, estar con chicas y más chicas.
Ahora ya ninguno de mi generación juega carnavales, y creo que ni se atrevería porque se ganaría unas buenas risotadas de burlas de parte de nosotros, y también porque haría el ridículo siendo en único grandazo entre tantos chicos y chicas de la nueva generación que mantienen los carnavales vivos en el barrio. Ya sólo queda mirar cómo aquellos infantes disfrutan de aquella diversión fugaz, pasajera, pero que se mantiene en el corazón, tanto como del que viene como del que va.

Recuerdos Febrerales

Febrero solía ser mi mes favorito de las vacaciones escolares donde me divertía de lleno con mis amigos, tanto de colegio como de barrio, y en el que hacía un sin número de travesuras, como también deportes, entre ellos mi favorito, jugar carnaval.
Esperaba con ansias que fuera domingo para formar el tradicional combate acuático entre chicos y chicas en el pleno corazón del barrio, en el cual jugar con sandalias no era recomendable debido al correteo que tenía que hacer, o a las arriesgadas maniobras de ir a "raptar" a una de las chicas para darle aquel baño que ni siquiera sus padres le habían dado en su vida. Por supuesto que la diversión no acababa cuando se iba el sol ya que, tan pronto surgía la noche, surgía con ella la "matachola", con la que se armaba una guerra aún más feroz, pero esa ferocidad nunca pude deducir si era por el dolor que causaba la "matachola" o era porque te ensuciaban tu ropa recien lavadita y planchadita.
Obvio que cosas como estas no duran para siempre. Mientras iba creciendo, me iba dando cuenta de que cada febrero se tornaba distinto del otro. Ya no salían todas las chicas, como era de costumbre, a salir a combatir con nosotros. Algunas ya ni les gustaba que las mojaran, simplemente porque no querían o porque derrepente se volvieron hidrofóbicas. Pero nosotros también cambiamos. Veíamos a las chicas con otros ojos, y era porque aquellas minifaldas y pequeños polos con los que salían a jugar ya no les quedaban tan holgados, a parte de que nos llamaban la atención aquellas protuberancias propias del desarrollo, y que a nosotros nos atraían como abeja a la miel con el pasar de los años. Es por esta razón, creo, que el juego del carnaval tuvo un fin diferente para nosotros.