A diferencia de cualquier animal, tardaban demasiado en valerse por sí mismo, ¡ y cuántos estragos resultaban de esa tara! Todo lo rompían, carátula artística o florero de cristal de roca, traían abajo las cortinas que quemándose los ojos había cosido la dueña de la casa, y sin el menor embarazo aposentaban sus manos embarradas de caca en el almidonado mantel de mantilla de encaje comprada con privación y amor. Sin contar que solían meter sus dedos en los enchufes y provocar cortocircuitos o electrocutarse estúpidamente con lo que eso significaba para la familia: cajoncito blanco, nicho, velorio, aviso en "El Comercio", ropas de luto, duelo. Porque ¿no era desolador cómo ellos arruinaban el presupuesto familiar? Gravaban los ingresos paternos en relación inversa a su tamaño, no sólo por su glotonería pertinaz y la delicadeza de su estómago, que exigían alimentos especiales, sino por las infinitas instituciones que ellos habían generado, comadronas, cunas maternales, puericultorios, matinales, jugueterías, juzgados de menores, reformatorios, sin mencionar las especialidades en niños que, arborescentes parásitos que asfixian a las plantas-madres, le habían nacido a la Medicina, la Sicología, la Odontología y otras ciencias, ejército en suma de gentes que debían ser vestidas, alimentadas y jubiladas por los pobres padres.
¿Acaso con la consabida cuartada de que carecían de uso de razón, no cercenaban las alas a las mariposas, metían a los pollitos vivos en el horno, dejaban patas arriba a las tortugas hasta que morían y les reventaban los ojos a las ardillas? ¿la honda para matar pajaritos era arma para adultos? ¿y no se mostraban implacables con los niños más débiles? Por otra parte ¿cómo se podía llamar inteligentes a seres que, a una edad en que cualquier gatito ya se procura el sustento, todavía se bambolean torpemente, se dan de bruces contra las paredes y se hacen chinchones?

No hay comentarios:
Publicar un comentario