Febrero solía ser mi mes favorito de las vacaciones escolares donde me divertía de lleno con mis amigos, tanto de colegio como de barrio, y en el que hacía un sin número de travesuras, como también deportes, entre ellos mi favorito, jugar carnaval.
Esperaba con ansias que fuera domingo para formar el tradicional combate acuático entre chicos y chicas en el pleno corazón del barrio, en el cual jugar con sandalias no era recomendable debido al correteo que tenía que hacer, o a las arriesgadas maniobras de ir a "raptar" a una de las chicas para darle aquel baño que ni siquiera sus padres le habían dado en su vida. Por supuesto que la diversión no acababa cuando se iba el sol ya que, tan pronto surgía la noche, surgía con ella la "matachola", con la que se armaba una guerra aún más feroz, pero esa ferocidad nunca pude deducir si era por el dolor que causaba la "matachola" o era porque te ensuciaban tu ropa recien lavadita y planchadita.
Obvio que cosas como estas no duran para siempre. Mientras iba creciendo, me iba dando cuenta de que cada febrero se tornaba distinto del otro. Ya no salían todas las chicas, como era de costumbre, a salir a combatir con nosotros. Algunas ya ni les gustaba que las mojaran, simplemente porque no querían o porque derrepente se volvieron hidrofóbicas. Pero nosotros también cambiamos. Veíamos a las chicas con otros ojos, y era porque aquellas minifaldas y pequeños polos con los que salían a jugar ya no les quedaban tan holgados, a parte de que nos llamaban la atención aquellas protuberancias propias del desarrollo, y que a nosotros nos atraían como abeja a la miel con el pasar de los años. Es por esta razón, creo, que el juego del carnaval tuvo un fin diferente para nosotros.
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