viernes, 8 de mayo de 2015

Mentiras artificiales (William Brittain)

En primer lugar, Marley estaba muerto.
El mayor Orin Watkins, jefe de seguridad del Centro de Investigaciones Biológicas n° 27, perteneciente al gobierno, estaba familiarizado con la mayoría de obras de Charles Dickens. Sin embargo, jamás pensó que la muerte de Marley le fuese comunicada con carácter oficial. Creía que Un cuento de Navidad, de Dickens, debería dejarse tranquilamente en el Londres del siglo XIX. El difunto socio del viejo Scrooge no tenía cabida alguna en el Centro, un complejo completamente moderno de edificios que ocupaban casi cuarenta hectáreas, donde químicos y biólogos, poseedores de coeficientes de inteligencia astronómicos, pasaban sus horas de trabajo creando y perfeccionando vacunas y antitoxinas para enfermedades que en algunos casos todavía no se había desarrollado.
La vida había sido más sencilla para Scrooge; jamás había oído hablar de guerra bacteriana, pero es improbable que el anciano avaro, de haber hecho su aparición, hubiese llegado ni siquiera a quince metros de los portones. Los hombres que trabajaban a las órdenes de Orin Watkins se habrían encargado de mantenerlo fuera del Centro. Los que entraban tenían que ser protegidos constantemente para que sus vidas no corrieran peligro. Al propio Orin se le exigía presentar las debidas credenciales al guarda del portón, todos los días. No; Scrooge, Bob Cratchit y demás colaboradores estaban mucho mejor lejos, aposentados cómodamente entre las tapas de un libro.

De todas maneras, el pobre Marley estaba muerto irremediablemente.

Orín contempló por encima del escritorio al hombre menudo que estaba sentado del otro lado. Augustine Lanier, con su cara vieja y arrugada que reflejaba ansiedad y asombro, podría también haber sido un personaje de Dickens. No Scrooge, por supuesto, si quiera Micawber. Augustine era demasiado bondadoso para se aquél y demasiado delgado para ser éste. Barkis, en cambio, sí. Augustine era el reflejo vivo de Barkis, tal como Orin se representaba al viejo cochero después de haber leído David Copperfield. Aun cuando era apenas un poco más que empleado común del archivo del Centro, Augustine ponía más conciencia que nadie en su trabajo. Al igual que Barkis, Augustine era hombre de gran voluntad.

― Marley era mi canario predilecto ―explicó humildemente―. Tal vez sea mi imaginación, pero cuando lo compré me pareció que se parecía a la imagen que yo había visto del espectro de Marley. Y ahora, señor, está muerto.
Orin nunca se hubiese acostumbrado a tener bajo su mando hombres de veinte años más de edad que lo llamasen "señor".
― Augustine ―dijo―. Lamento que su canario predilecto haya muerto. ¿Pero es esa la única razón por la cual ha venido a verme? Estuve viéndolo ahí fuera de la oficina. Usted debe de haber dado pequeñas caminatas durante veinte minutos antes de decidirse a entrar. Yo pensé que desearía hablarme de algo serio.
― Es serio, señor Watkins ―dijo Augustine Lanier dejándose resbalar todavía más en el sillón y mirando a Orin, con aire de hombre muy preocupado, por encima del armazón de sus anteojos―. Debo decirle que creo que deberían revelarme de mis obligaciones aquí en el Centro. Podría constituir un peligro para la seguridad del programa.

Orin lo contempló sorprendido. Augustine era uno de los primeros empleados que se habían tomado cuando se edificó el Centro. Había aprobado el examen habitual con todo éxito, de acuerdo con las constancias. En cuanto a antecedentes, inteligencia y análisis psicológicos, así como a resultados del polígrafo, sus condiciones eran perfectas. Era natural que el Centro, donde se manejaban los organismos patógenos más mortales, tuviese que efectuar una selección en extremo severa para tomar personal. Sin embargo, que Lanier fuese un riesgo para la seguridad, ¡jamás!

― Mire, Augustine, su canario ha muerto ―dijo finalmente Orin―; pero ése no es motivo para que usted se ponga melancólico y quiera abandonarnos.  Tómese el resto del día. Vaya a ver pajarerías a la ciudad. Cómprese otro canario. No tardará en olvidarse de Marley.
―¡Oh, no es sólo que Marley haya muerto lo que me apena, señor! ―dijo Augustine, moviendo enfáticamente la cabeza―. Debo agregar que fue estrangulado.
―¿Estrangulado? ¿Cómo demonios hizo para estrangularse él mismo?
―¡Oh! Marley no se estranguló, señor. No fue un accidente.
―Quiere decir que...
―No lo sé ―contestó Augustine, extrayendo de un bolsillo del pantalón un pañuelo que se puso a apretar hasta convertirlo entre sus palmas en una pelota―. Eso es parte del problema. Y la muerte de Marley fue apenas el primer incidente. Estos últimos días han ocurrido cosas muy extrañas. Creo que tal vez estoy perdiendo contacto con la realidad, señor Watkins.

Augustine formuló esta última afirmación con un tono que casi parecía pedir perdón, como si de una u otra manera estuviera fallando no sólo a Orin, sino a todo el centro de investigación y con la mano que tenía la pelota formada con el pañuelo se restregó los ojos.

―Lamento ―prosiguió diciendo―, señor, molestarlo a usted. Pero me pareció que debía enterarse de esto.
Que el anciano hubiese concurrido a visitarlo era una prueba de su lealtad hacia el Centro, tal como lo pensó Orin. Porque ¿cuántas personas admitirían la posibilidad de un transtorno mental, ni siquiera para sí mismas?
―Mire, Augustine ―dijo suavemente―, Supongo que lo mejor será que empiece por el principio. Dígame, ante todo, qué es lo que sido tan extraño estos últimos días.
Subrepticiamente apretó un botoncito en el borde de su escritorio. Un micrófono oculto en la pluma de ónix que estaba sobre el escritorio empezó a captar las palabras de Lanier y a enviarlas a la cinta electromagnética que pasaba de un carrete a otro en un cajón del mueble.
―El asunto comenzó el viernes pasado, señor ―dijo Augustine con una voz que a Orin le hizo recordar a uno de sus propios hijos cuando confesaba que la ventana estaba rota a causa de un hondazo―. Fue de mañana y yo temía llegar tarde al trabajo. Por lo general, la señora Carrigan ―que es la dueña de la casa donde alquilo una habitación, en la ciudad― me despierta si corro peligro de quedarme dormido; pero se había ido a visitar parientes y no volverá hasta fines de mes. El sargento Pomeroy, que es el otro inquilino, se había marchado a una excursión de pesca que se prolongaría un poco. Como usted ve, yo estaba solo en la casa y creo que sencillamente me olvidé de poner el despertador para que tocase la alarma.
Orin se preguntó si el hombre entraría finalmente en el tema.
―Pomeroy ―dijo en tono de conversación―es, por supuesto. Jerry Pomeroy, uno de los guardias de la puerta que da al Oeste, ¿no es así?
― Sí, señor ―dijo Augustine apoyando la afirmación con un movimiento de cabeza―. Pues bien, cuando salí de la casa y fui a buscar mi automóvil, descubrí que había olvidado mis llaves. Eso me ocurre muy a menudo, señor. Desgraciadamente, soy muy olvidadizo.
―Tiene mucha importancia que alguna persona pueda apoderarse de ellas ―comentó Orin―. Con sus llaves, cualquiera que lo desease podría entrar e ir a cualquier lugar, excepto a los salones de cultivo, naturalmente.
―¡Oh, señor Watkins! ―Augustine pareció confundido―. Nunca han estado fuera de mi poder más de unos pocos segundos. Se lo digo muy en serio, señor.
― Bien, Augustine, bien. Prosiga con su relato.
―Volví a la casa y subí a mi habitación. Y fue entonces cuando lo encontré.
―¿Lo encontró? ¿Se refiere a Marley?
―Sí, señor. En mitad de la alfombra. Y había sido estrangulado... con mis llaves.
Orin movió de un lado a otro la cabeza sin entender.
―¿Estrangulado con sus llaves? No lo entiendo, Augustine.
―Discúlpeme, señor. No fu con las llaves exactamente. Yo tengo  mi llavero unido a una cadena, y esta cadena era la que envolvía el cuello de Marley. Tan apretada, que casi había decapitado al pobrecito.

Al empezar a hablar, Orin se convirtió en la quintaesencia del espíritu lógico razonador.

―Son cosas que pueden suceder ―opinó―. Cuando usted salió, el pajarito escapó, se puso a volar por la habitación y, en una u otra forma, se enredó con la cadena de su llavero.
―Sí, pudo ocurrir así, salvo que...
―¿Salvo qué?
―Que la cadena no estaba tan sólo envuelta alrededor del cuello de Marley: estaba anudada.
Orin se echó hacia atrás en su sillón y exhaló aliento ruidosamente.
―¿No cabe la posibilidad de que el pájaro haya...?
―Ninguna posibilidad, señor Watkins. Era un nudo perfecto.

Resultaba curioso, pero eso no tenía nada que ver con la seguridad del Centro, por supuesto. Es decir, a menos que Augustine estuviese empezando a perder la cabeza y en algún momento de ofuscamiento o de desvarío hubiese estrangulado al canario él mismo.

―Hace un momento usted dijo que la muerte del pajarito era apenas el "primer incidente" ―recordó de pronto Orin―. ¿Qué signfica eso, Augustine?
―Bueno, lo que siguió fue lo de las herramientas del botiquín; con las limas, para ser exacto.
―¿Limas?
―Sí; yo estuve con dolor de cabeza todo el día viernes, pensando en Marley y preguntándome cómo podía haber sucedido aquello. De modo que cuando llegué a mi casa decidí tomar un par de aspirinas. La señora Carrigan me permite guardar un frasco en el armario de primeros auxilios del cuarto de baño. A menudo sufro dolores de cabeza.
―Siga.
―Bien. Fui al cuarto de baño del primer piso y llené de agua un vaso. Luego abrí el botiquín. El estrépito y la confusión fueron terribles.
―¿Qué estrépito y confusión?
―Cuando cayeron las limas. Eran limas largas y redondas, de acero pavonado. Creo que son del tipo que suele llamarse de cola de rata.
―Bueno ―dijo Orin, expectante.
―Más o menos esto es todo. ¿Pero no le parece que un armario destinado a guardar remedios no es lugar adecuado para poner limas? Especialmente si son tantas. Debían de ser por lo menos dos docenas. Me temo que un par de ellas hicieron saltar trocitos de la pileta en bastantes lugares. La señora Carrigan se enfurecerá cuando vuelva y descubra el daño.
―¿Y cómo fueron a dar esas limas al botiquín?―preguntó Orin un poco sarcásticamente.
―Yo... no lo sé, señor. Lo que puedo asegurarle es que no estaban allí la noche anterior, y que, además, yo era la única persona que había en la casa. Eso es lo que me preocupa, señor Watkins. ¿Es posible que, sin darme cuenta, yo mismo las pusiese?
―¡Hum! Sí, supongo que es posible. Pero me resulta extraño que usted no lo recuerde en absoluto.
―Daría la impresión de que yo estuviese... bueno... perdiendo el juicio, ¿no es verdad?
―Eso es cosa que deben decidir los médicos, Augustine. Pero yo no me preocuparía por tal motivo. Tiene que haber alguna explicación lógica. Pero al mismo tiempo es razonable que un hombre que esté al borde de la demencia sufra alucinaciones, visiones, distorsiones de la realidad y todas esas cosas.

Augustine respiró profundamente y expelió el aire tembloroso.
Orin, observando las reacciones del anciano, arqueó una ceja.

―¿Ha experimentado alucinaciones, Augustine?
―Yo, en realidad... no lo sé.
―¿Qué quiere usted decir con eso de que no lo sabe? Explíquese ―dijo Orin, cuya voz era más incisiva de lo que él hubiese deseado.
―Fue el sábado por la noche, señor Watkins. Salí a dar un paseo sin ningún propósito especial. Me costaba conciliar el sueño y entre eso y el recuerdo de Marley y las limas que salieron del botiquín... Salí de casa a eso de las once y media, de manera que cuando ocurrió debía de ser más de medianoche.
―Cuando ocurrió ¿qué?
―Me había detenido debajo de un farol de la calle a encender la pipa. Al raspar el fósforo me di cuenta de pronto de que a mi lado había un hombre de pie. No lo noté cuando se acercó. Sin duda calzaba zapatos con suela de goma.
―¿Lo atacó el hombre? ¿Le exigió dinero o alguna otra cosa?
―¡Oh, no! Más aún, se llevó una mano al sombrero en un además muy cortés. Pero ocurre que cuando se quitó el sombrero y la luz le iluminó la cara, advertí que tenía puesta una máscara.
―¿Una máscara?
―Sí, señor. Una de esas cosas de goma que cubren la cabeza entera. Me llevé un susto atroz, como que era la máscara de un hombre lobo. No sólo eso, sino que de pronto se puso en cuatro patas en el suelo y empezó a aullar con la cabeza dirigida hacia la luna. Después, con la misma rapidez, se levantó, volvió a colocarse el sombrero, me dio la mano y desapareció en la oscuridad. 

Orin rió entre dientes.

―Eso se explica fácilmente, por lo menos ―dijo sonriendo―. Alguien que volvía de un baile de máscaras o un bromista. Borracho, quizá.
―Quizá. Pero después de los dos primeros incidentes, el encuentro con aquel hombre no fue nada bueno para mis nervios, se lo aseguro. Y no he logrado dar con ninguna persona del barrio que haya visto al hombre o que siquiera haya oído hablar de que tal cosa sucediera.
―Es algo disparatado, pero no imposible. ¿Hay algo más, Augustine?
―Sí, señor Watkins. Hay otra cosa más. Ocurrió precisamente anoche... O tal vez esta madrugada. Es difícil precisar.

Orin pudo advertir que Augustine estaba visiblemente excitado por las cosas que le habían pasado. Los brazos le temblaban de un modo alarmante y parecía hallarse al borde del llanto.

―Ayer por la noche, señor, limpié mi cuarto. Pasé la aspiradora, el plumero y todas esas cosas. En el momento en que me acosté todo estaba en su debido lugar. Quiero que me crea, señor Watkins. ¡Tiene que creerme!
―Está bien, Augustine, está bien. Nadie duda de su palabra. Siga su relato.
―Sí, por supuesto. Lamento no poder dominarme. Pues bien, cerré con llave la puerta y me acosté. Pero esta mañana al levantarme encontré... encontré...

De pronto Augustine se tapó la cara con el pañuelo y prorrumpió en horribles sollozos que no lograba controlar.
Durante varios minutos, el silencio reinaba en la oficina de Orin sólo fue interrumpido por los gemidos angustiosos del anciano. Finalmente, con un esfuerzo tremendo de voluntad, se serenó. Luego se inclinó y tomó del suelo un rollo de papel que estaba al lado de su sillón y lo arrojó en el escritorio de Orin.

―Eso, señor Watkins. Encontré eso en el piso de mi dormitorio, colocado entre unos libros tomados de mis estantes para que se mantuviese plano. Pero yo no lo puse allí. Hasta esta mañana, jamás lo había visto. ¡Se lo juro, señor! No sé de dónde ha venido.

Orin desenrolló el papel duro. Era un cartel que representaba a un militar de cerca de sesenta años, o algo más, con el uniforme de soldado de la primera guerra mundial. La belleza de la cara arrugada, con su bigote bien recortado y su fría expresión de suficiencia, la realzaban una estupenda exhibición de cintas por acciones bélicas y las cuatro estrellas de general del uniforme. Orin leyó las pocas palabras que había debajo del retrato: GENERAL JOHN J. PERSHING ("EL NEGRO JACK"), comandante en jefe de las Fuerzas Expedicionarias Norteamericanas en Europa.

―Por lo menos, no veo en ese retrato nada que pueda causa pavor.
―No se trata de eso, señor Watkins. Yo no he tenido jamás tal cartel. ¿Cómo apareció de pronto en mi cuarto? Primero, alguien mata a mi canario. Después las limas del botiquín y el hombre con esa máscara espantosa. Y finalmente esto. Al principio yo... no pensé decir nada a nadie, pero...
―Sí, eso es lo que el noventa y nueve por ciento de las personas habría hecho. Pero usted ha hecho muy bien, Augustine. Sólo que... ¡Oh, maldición! ―y Orin hizo una pelotita con un papel tomado de su escritorio y la arrojó a un rincón de la pequeña oficina.
―¿Se siente bien, señor Watkins?
―Sí, Augustine. Se trata sencillamente de que usted es un hombre demasiado simpático para lo que tengo que hacerle ahora.
―¿Qué quiere decir, señor?
―Mire, usted me ha contado cosas bastante estrambóticas. Sencillamente, no tienen sentido. Por lo que a mí respecta, no creo que usted se esté transtornando. Por otra parte, yo no soy médico. Soy un funcionario del departamento de seguridad y, por encima de mis sentimientos personales, ante todo debo cumplir con mi obligación de velar por la seguridad del Centro. ¿No es así?
―Supongo que sí, pero...
―No me interrumpa cuando estoy furioso, por favor. Ahora bien, si esas cosas le hubiesen sucedido a alguno de los científicos que tenemos aquí, podría pensar que alguien está tratando de enloquecerlo. Pero, francamente, Augustine, su trabajo como empleado no tiene tanta trascendencia. Admitamos las cosas como son: si usted desapareciese mañana, podría ser reemplazado sin demasiados inconvenientes. Además, usted no conoce lo suficiente las actividades que se desarrollan aquí como para revelar ninguna cosa que tenga vital importancia. No quiero ofenderlo, pero ésta es la verdad.
―Lo sé perfectamente, señor Watkins.
―Bien. Entonces, si eliminamos la idea de que un desconocido trate de hacer que usted abandone el Centro, ¿qué nos queda?

Augustine miró inexpresivamente el suelo.

―Lo que procura decir es que yo he imaginado esas cosas o que las hice yo mismo, ¿no es así?
―Sí, pero... ¡Oh, caramba! ―y Orin levantó el tubo del teléfono que había sobre su escritorio y llevó el dedo índice hacia el disco, pero se contuvo―. Voy a tener que conservarlo a usted aquí, en el Centro, Augustine ―dijo―. Estará vigilado y los médicos lo verán con bastante frecuencia. Trataré de que se sienta todo lo cómodo que sea posible, pero no podrá decir a nadie dónde se encuentra. Y si piensa apelar a sus derechos constitucionales mediante hábeas corpus, es mejor que no lo haga. Esto es un proyecto oficial de máximo secreto, no una sala de tribunal.
―Por favor, no se preocupe de mi comodidad ―dijo Augustine―. Conocía las consecuencias de mi actitud cuando entré aquí.

Orin abrió la boca para hablar y de pronto la cerró. ¿Qué más podía decirse? Con un gesto de indignación, accionó el disco del teléfono.

Luego de entregar a Augustine Lanier a la custodia de dos guardias, dando a éstos órdenes estrictas de que no permitiesen que el anciano se alejara de su vista mientras no se hubiese dispuesto lo contrario, Orin se dirigió a la cafetería y se hizo servir un almuerzo ligero que, por lo que disfrutó comiéndolo, podría haber sido de cartón hervido. Al regresar a su oficina se notó en el sillón giratorio, lo separó del escritorio y se puso a estudiar un plano del Centro que estaba clavado en la pared.

Se oyó ruido de pisadas fuera del edificio y se volvió para mirar a través de la ventana el cambio del guardia del perímetro de defensa. Luego de un intercambio formal de saludos, los hombres nuevos ocuparon sus lugares en las pequeñas casillas contiguas a los portones, mientras los que habían cumplido guardia las cuatro horas anteriores volvieron al cuartel, justamente debajo de la oficina. Allí, los hombres que vivían en la base podían leer, hablar o ponerse al día con el sueño, mientras los suboficiales que tenían vivienda en la ciudad salían presurosos a buscar un ómnibus. Hasta la ocho de aquella noche podían emplear el tiempo como deseasen.

Repentinamente, Orin frunció el ceño y desvió la mirada de la ventana hacia el plano del lugar. Había advertido algo que antes no había notado. Era cosa fácil de remediar, por supuesto; pero, de todas maneras una posible falla en cuanto a la seguridad.
Alguien llamó con los nudillos a la puerta.

―Entre ―gritó Orin impacientemente.

El hombre que entró tenía la camisa militar completamente desabrochada y se rascaba el pecho peludo con su gruesa mano. Entre los dientes apretaba una pipa cuya cazoleta tenía aproximadamente el tamaño de un pocillo de café. Si el coronel Timothy Doherty, oficial médico principal del Centro, no hubiera sido un facultativo tan extraordinario, mucho tiempo antes lo hubiesen despedido del servicio por el solo hecho de ser un patán.

Sin embargo, Orin sentía singular aprecio por él. El grueso doctor aportaba una pizca de joie de vivre irlandesa a los aspectos rutinarios y muy formales del Centro.

―Se me ha ocurrido que usted desearía saber cómo están mis relaciones con su señor Lanier ―dijo Doherty, acomodándose en un sillón y al mismo tiempo tirando cenizas de la pipa en la alfombra.
―Sí, Tim. Dentro de un momento.
―¿Qué quiere usted decir con eso de dentro de un momento? Interpreté que usted me pedía que le hiciese conocer mis conclusiones apenas terminase de observarlo.
―Antes observe este plano, ¿quiere?

Orin señaló con el dedo índice el plano que estaba en la pared.

―Nosotros nos encontramos precisamente aquí ―dijo―, y los guardias que acaban de dejar el servicio se encuentran debajo.
―Es un juicio bastante acertado ―aprobó Doherty―, especialmente si se tiene en cuenta que la barahúnda que están haciendo allí bastaría para despertar muertos.
―Sí, Tim, pero siguen encontrándose en el Centro.
Doherty abrió mucho las manos.
―Una deducción maravillosa, Orin ―dijo―. ¿Qué hace usted después de esto? ¿Buscar la juez Crater?
―Vamos, hable en serio ―replicó Orin―. Yo quiero ver si usted entiende esto debidamente. Pues bien, nosotros permitimos a los guardias que viven en la ciudad que salgan del Centro cuando terminan el servicio, y no los revisamos demasiado estrictamente. Si alguno de ellos quisiese llevarse algo del Centro, no le daría gran trabajo sacarlo de aquí.
―¿Llevarse algo? Y ¿qué podría desear llevarse del Centro uno de sus hombres?
―Hay quienes pagarían mucho por conocer detalles acerca de las actividades de este Centro.
―¿Quiere decir que tampoco tiene confianza en sus propios guardias?
―Mi cargo no me permite confiar en nadie. Sería una tentación grande. Mire, el área de almacenamiento de datos está al otro extremo de este edificio. ¿Qué impediría que alguno de los guardias saliese del cuartel y entrara en esa zona cuando termina su turno, en vez de franquear directamente el portón?
―Bueno, en primer lugar, alguien lo vería. No olvide que eso ocurre a plena luz del día. Y en segundo lugar, el archivo está siempre bien cerrado con llave.
―Pero ¿y su fuera de noche? ¿Y el guardia tuviese una llave?
―¡Oh! En esas circunstancias supongo que podría entrar. Es decir, si desease hacerlo.
―Entonces podría mirar los archivos donde se describen todos los experimentos que estamos haciendo aquí. Y hasta fotografiarlos, si dispusiese de una cámara.
―Bueno, espere un segundo, Orin. Hay un sereno especial justo fuera del salón en que se guardan esos registros, y ni siquiera él tiene las llaves de los salones ni de los gabinetes de archivo.
―Muy bien, pero supongamos que nuestro hombre penetra por este corredor. No lo vería el sereno hasta último momento. Podría dar un golpe al sereno en la cabeza con un objeto contundente y...
―Y aun suponiendo que consiguiese abrir todos esos armarios, en el momento en que el guardia se despertase y lo identificase sería perseguido por todos los policías del país. Y la traición es un delito que se castiga con pena capital, según creo.
―¿Qué ocurriría si ese hombre llevase puesta una máscara?
―¡Qué ocurriría! ¡Qué ocurriría!
Doherty volvió a encender la pipa y a través del humo contempló a Orin.
―Si eso le preocupa realmente, mantenga bajo vigilancia a los guardias del perímetro hasta que se retiren del Centro.
―Sí, creo que sugeriré eso al comandante que está a cargo ―y Orin giró sobre sus talones y miró cara a cara al médico rollizo―. ¿Y qué me dice ahora acerca de Lanier?
―Todavía no tengo un diagnóstico oficial; pero, entre nosotros, soldaditos de plomo, yo diría que es tan cuerdo como usted o como yo. Salvo que, oyéndolo hablar, de usted ya no me siento tan seguro. A todo esto ―agregó Doherty mirando a Orin por debajo de sus cejas pobladas― el canario de Lanier está realmente muerto, ¿sabe?
―¡Oh! ¿Cómo lo averiguó?
―Lanier dijo que estaba enterrado en el fondo. Mandé un par de hombres a la casa donde tiene su habitación y sacaron al animalito muerto. Tenía el cuello quebrado.
―Parecería que usted estuviese haciendo mi trabajo ―dijo Orin, sonriendo entre dientes.
―Todo está dentro de mis obligaciones. Hemos obtenido el cuerpo del animal muerto y el cartel en que se ve a Pershing. Por lo menos, sabemos que esas dos cosas no son imaginarias. Mi estimado Orin, yo tengo una gran sospecha de que no tendré más remedio que declarar que la salud de ese hombre es irreprochable.
―En cualquier caso será necesario dejarlo en libertad, a menos que podamos explicar con cierta lógica esos incidentes.
―¿Ha hecho la prueba de utilizar el polígrafo?
―¿El detector de mentiras? ¿En qué puede servirnos? Si Augustine miente se convierte automáticamente en un peligro para la seguridad; y si no miente, las cosas que ocurrieron son tan sospechosas que de todas maneras lo dejarán salir. ¿Qué diferencia puede haber?
―Podríamos obtener algún indicio en cuanto a lo que pasa por su cerebro. Orin, usted aprendió a manejar el polígrafo durante las clases previas a este puesto. Sabe muy bien que no es perfecto. A eso se debe que no se lo acepte como evidencia.
―Salvo aquí, en el Centro ―dijo a su vez Orin―. Si el gráfico resultante de un polígrafo no se mantiene dentro de límites razonables, el hombre queda en libertad. Tal vez no sea justo, pero sirve a los fines de seguridad.
―Está bien; pero los dos sabemos que el detector de mentiras no puede escrutar el cerebro de una persona para determinar si está mintiendo. Lo único que esa máquina hace es medir reacciones del cuerpo. Un puño registra la presión sanguínea y el pulso. Un tubo que se pone alrededor del pecho obtiene datos sobre profundidad y frecuencia de la respiración, y los electrodos de los dedos nos dicen cuánto suda el sujeto. Todo esto se consigna automáticamente en un gráfico.
―Bueno, Tim, todo eso es repetir lo que dice el texto. Ya sé que al sujeto se le hacen ciertas preguntas o se le dicen ciertas palabras neutras, como por ejemplo "gato" o "perro", o algo por el estilo a fin de conocer sus reacciones normales. Sólo que cuando Augustine oyó la palabra "canarios", el estilógrafo parecía quererse salir del papel del gráfico a causa de lo que había sucedido a... ¡San Judas Tadeo bendito!
―Orin, lo noto blanco como una sábana. ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le consiga algo?
―El teléfono únicamente.

Orin tomó el instrumento y su dedo índice marcó frenéticamente números en el disco.
―Sargento Jennings ―dijo―, quiero que traigan al señor Lanier inmediatamente a mi oficina. Sin perder un minuto.
Colgó bruscamente.
―Entiendo que algo se le ha ocurrido ―dijo con toda calma Doherty―. ¿O es que se ha propuesto sufrir una trombosis coronaria justo aquí, en su despacho?
―¡Oh! ―musitó Orin, con los labios contraídos sobre los dientes―. Ese hijo de p... no hay duda que es inteligente. Esto es sensacional, y el plan le hubiera dado un buen resultado si se hubiera abstenido de hablar, lo mismo que hubiese hecho cualquier persona corriente. Pero en cambio recurrió a mí. Bendita sea su conciencia exagerada... El hecho es que vino a mí.
―Me parece que voy a quedarme ―dijo Doherty―. Lo único que tengo que hacer esta mañana carece de importancia de todas maneras. Pero será mejor que usted logre en alguna forma desenredar este lío, pues de lo contrario tengo otra celda que lo está esperando, justo al lado de la de Lanier.

Tres minutos después Augustine Lanier entró lentamente en la oficina de Orin y con una inclinación de cabeza saludó a los dos hombres. Orin le ofreció una silla.
―Augustine ―dijo Orin después que el anciano se sentó―. Creo que tengo buenas noticias para usted. Me parece que entiendo el significado de las cosas que le han sucedido.
―¿De todas, señor?
―De todas. Escúcheme. Hace unos momentos, describí al coronel Doherty la forma en que uno de los guardias del perímetro podría fácilmente entrar en el lugar donde están los registros y sacar material.
―¿De veras, señor Watkins? Allí es donde yo trabajo... o trabajaba. Me parecía que estaba muy bien vigilado.
―No, no sólo que alguien podría entrar, sino que hay quien ha estado pensando hacerlo. Y en ciertos lugares del mundo la información contenida en esos registros podría valer mucho.
―¡Oh! Confío en que pueda atraparlo. Muchos de los sobres que he puesto en los cajones están marcados como "Secreto Máximo".
―No creo que en ese aspecto tengamos más dificultades. Debo aclararle que a mi juicio, el ladrón supone que podrá quedarse aquí en el Centro. Tratará de hacer que otra persona parezca la culpable. Usted, Augustine.
―¿Yo?  No lo entiendo. ¿Cómo?
―Ahora puede hablar usted, Tim ―dijo Orin, volviendo su silla para mirar de frente a Doherty―. Si se cometiese un robo como el que acabo de describir, ¿qué sería lo primero que deberíamos hacer?
―Poner un cerco a toda esa zona, Averiguar en qué lugar realmente ha operado alguien. Presentar disculpas al Comandante por los errores que usted haya cometido.
―Sí, pero cuando yo empezara a interrogar a posibles candidatos, ¿qué pasaría? Yo utilizaría el polígrafo, Tim. El detector de mentiras. Y empezaría con las personas que han tenido acceso a ese lugar. Augustine,  por ejemplo, sería uno de los primeros que someteríamos a la prueba.
―Sigo sin entender ―dijo Doherty.
―Piense, Tim ―y ahora Orin se volvió hacia el anciano―. Augustine, usted es el sospechoso número uno de un robo de registros de datos que podría tener lugar esta noche, o en todo caso dentro de un par de días. El delincuente había decidido que usted apareciese como culpable. Se hubiera convertido en lo que tal vez sería el primer mentiroso artificial del mundo.
―Todo eso me resulta muy confuso, señor.
―Tim ―dijo Orin volviéndose hacia el doctor―. Imagínese a Augustine con las correas puestas y conectado al detector de mentiras. La máquina está en marcha. Su presión sanguínea, su pulso, su respiración y la conductividad de su piel se registran sin excepción. Empiezo preguntándole cómo se llama o qué es lo que siente. Cualquier cosa que lo tranquilice para poder obtener datos de fe. Pero mientras tanto, estamos de acuerdo en que el verdadero ladrón debe tener acceso a las llaves que permiten entrar al lugar vigilado. De manera que después de unas cuantas palabras inocentes, yo diría: "Llaves".
Sentado como estaba, Augustine Lanier rebulló involuntariamente. De su rostro desapareció el color.
―¡Oh, pobre Marley! ¡Y con la cadena de mi propio llavero!
―¡Que San Patricio nos proteja! ―murmuró Doherty―. Con una reacción como esas, las agujas del detector de mentiras tendrían que subir por la pared. ―Se rascó la cabeza, revolviendo dudas en su cerebro―. Pero en cuanto a otras cosas, ¿qué me puede decir, Orin? Por ejemplo, las carpetas del gabinete de los médicos.
―Pruebe con las palabras "armario del archivo", Tim.
―Y la referencia al hombre lobo provocaría una reacción a la palabra "máscara". ¿Pero qué me dice del general Pershing?
―¡"El negro Jack"! El sereno debería ser asesinado de alguna manera, no lo olvide. Habríamos tenido un sospechoso perfecto. No porque Augustine hubiese hecho nada malo, sino por haber estado condicionado psicológicamente en forma de responder a las mismas palabras que teníamos que utilizar en nuestra investigación. Y al mismo tiempo, mientras somentíamos a un tormento al pobre Augustine, el verdadero culpable de reiría de nosotros a más no poder. Sin embargo, en cierto sentido, Augustine no obró en la forma en que el villano esperase que lo hiciese. En lugar de mantener en secreto estos detalles, nos puso al corriente de ellos.
―Y al ladrón verdarero, al que tramó todas estas cosas contra el señor Lanier... ¿también lo tiene individualizado ya? ―preguntó Doherty.
Sonriendo maliciosamente, Orin se recostó en su asiento.
―Por supuesto ―dijo―. Augustine, usted viene diciéndome en todo momento, durante los últimos días, que en la habitación que ocupa en su pensión ha estado solo. Sin embargo, ¿sabe una cosa? No estuvo solo.
―Usted quiere decir que la patrona...
―La patrona ―dijo Orin meneando de un lado a otro la cabeza― difícilmente podría habernos servido para guardia. Pero...
―¡El sargento Pomeroy! ―dijo Augustine con los ojos abiertos desmesuradamente―. La habitación que él tiene se encuentra justo frente a la mía, del otro lado del corredor.
―Ahora está entendiendo el asunto, Augustine. Ya ve, yo no creo que Pomeroy haya realizado nunca esa excursión de pesca. Es posible que saliese de la casa mientras usted vigilaba, pero sospecho que dejó sus bultos en un lugar secreto y volvió subrepticiamente. Desde entonces ha estado oculto en su cuarto. Usted dijo que varias veces se olvidó las llaves. Pudo haber penetrado en la habitación que usted ocupa y en cuestión de segundos hacer moldes de arcilla de esas llaves, antes que usted volviese a tomarlas. Dado que usted es empleado del archivo, esas llaves le habrían permitido, esas llaves le habrían permitido entrar en cualquier parte del lugar donde se guardan los registros. Lo mismo en cuanto a Marley. ¿Sabe cuánto tiempo se necesita para matar un pajarito? Esperó sencillamente hasta que usted se olvidase otra vez las llaves, entró en su cuarto, abrió la jaula y en instantes hizo lo demás. Las otras cosas que han ocurrido habrían sido todavía más fáciles de urdir. Todo lo que tenía que hacer Pomeroy era esperar a que usted estuviese fuera de la casa y entonces preparar la habitación como se le antojase.
―Una teoría muy interesante la suya, amigo Orin ―dijo Doherty―. Pero va a ser un poco difícil de demostrar, ¿no le parece?
―Eso no dará ningún trabajo ―dijo Orin.

Dos noches después, una figura vestida con camisa y pantalones oscuros abrió con llave la puerta lateral del lugar del Centro donde se guardaban los registros y se introdujo rápidamente. Cerró luego de haber pasado. Al volverse, una persona que estaba oculta en la oscuridad le dio un tirón del pañuelo negro que el hombre tenía puesto en la cara. Sorprendido, el individuo dejó que el llavero escapase de sus manos y golpease el suelo en el instante en que alguien encendía las luces del techo. Delante del hombre, cuatro soldados empuñaban fusiles con las bayonetas caladas.

―Bienvenido, sargento Pomeroy ―dijo Orin Watkins―. Lo estábamos esperando.




Ser o no ser. Alfred Hitchcock. SELMAR S.A., Edición en español, 1975, Montevideo. pp. 56-74

Traducción de Manuel Barberá.

martes, 5 de mayo de 2015

Una sonrisa impresa en papel japón.

'Para ti
tengo impresa una sonrisa en papel japón'

Era sólo guitarra y voz. Un encuentro íntimo en el estudio. Una dedicación encontrada en el muro de Facebook que parecía hecha con aerosol sobre un muro blanco. La cara de Susana  que con una sonrisa trataba de evocabar la yerba de los prados, una fiesta de fruta, un claro de río, un mapa de música. Sonrisa en papel japón. ¿Qué cosa era papel japón?


'Más resistente que el papel producido a partir de la pulpa de madera'.

Una sonrisa siempre presente, que no se acabe
Donde puedas dibujar tus besos sin temor a borrarse.

'Suele tener una larga vida útil'

Aquí la tienes, para cuando la necesites
para cuando camines
para que te des
contamines

'Fue usado para hacer varias productos de la vida diaria'

Está preparada para
que consuma tu rutina

'Es, a veces opaco, a veces algo transparente'

Puedes cruzarla
puedes perderte

'de tacto suave'

Para que la ahormes
o viceversa

'requiere cuidados especiales'

Que nos olvidemos del resultado
que se prohiba ver el solucionario
nadie es igual a
nadie es igual, ve

'extrema ligereza'

Si algún día pesa
es porque todo subibaja
¿no te acuerdas?
dependemos
si queremos estar arriba
si queremos estar abajo

'es irremplazable'

todo el tiempo
y espacio
que dentro dejaste

'no se decolora'

hace color
mientras espero
que pintes mi canción

'ni se vuelve quebradiza'

asi provoques sismos
y la embatas con tus mimos
estará firme
estará libre

Oquendo dijo tanto y a la vez tan poco en una frase...

Hoy aprendí qué es una sonrisa en papel japón.