Era muy viejo o, quizá, parecía más viejo de lo que era. La familia solía recordarlo cuando las horas se alargaban en alguna de las tantas reuniones que convocaban a hijos, hermanos, tíos, cuñados y primos. A pesar de su prestigio histórico, descansaba en la gaveta de un viejo y fornido escritorio que había sido de mi abuelo, y que hoy era propiedad de mi hermano Federico. Él y yo éramos los únicos que, de tiempo en tiempo, lo desempolvábamos para tratar de entender la compleja caligrafía dibujada sobre esas hojas ya amarillas. Las letras eran como una manifestación de guiñapos alejados unos de otros por las 'emes’ y las 'enes’, que se extendían ilusoriamente para que nadie entendiera cuál era una y cuál era otra.
La 'i’ tenía orgullosa identidad propia por su puntito, y el resto –como dice Balzac de lo ininteligible– era griego. Descifrábamos algunos párrafos como quien hace un crucigrama y, luego, aburridos ya, regresábamos a nuestros partidos de fútbol de botones u organizábamos en la calle un 'picado’ –una pichanga– con una pelota de goma que era reemplazada, cuando se 'pinchaba’, por una más humilde construida con todas las medias familiares en desuso.
El viejo documento, mientras tanto, seguía en la gaveta hasta que, en algún tiempo vacío, lograba excitar nuevamente nuestra curiosidad. Se trataba del testamento de mi bi-sabuelo materno, redactado en alguna notaría a las orillas del Cantábrico por un escribiente cuyo nombre escapó de nuestra memoria y que, seguramente, venía de comerse unas sardinas acompañadas por el vino verde de Galicia. Aquel notario, a quien los dislates de quien testaba le resultarían menos importantes que su digestión, se sorprendería de saber que lo allí escrito sería, en el nuevo siglo XX, motivo de largas conversaciones en una familia cuya cabeza, don Manuel, aún analfabeto y luego de viajar de polizonte en un barco carguero, desembarcaría en Brasil y seguiría, a pie o carreta –y sin saber por qué–, hasta instalarse en la ciudad de Rosario, que ya comenzaba a ser conocida –¿por su crecimiento o por sus gánsters?– como la 'Chicago argentina’. Allí haría fortuna, y no solo aprendería a leer y a escribir, sino que terminaría haciendo estudios técnicos que hicieron de él uno de los mayores maestros de construcción de casas en la ciudad. Tan bien le fue que en algunas fachadas figuraba su firma sobre el cemento con la rúbrica de 'Técnico constructor’, primero, y 'Arquitecto’, después, cuando él creyó –sin más testigos que su conciencia– que ya ameritaba tal título.
Fue él quien recuperó aquel testamento para mostrar, a quienes quisieran saberlo, que había fugado de España a los 16 años en respuesta al delirante egoísmo de su padre, quien –en ese documento que solíamos comentar y se custodiaba en la gaveta del viejo escritorio– legaba toda su humilde fortuna no precisamente a su familia, sino a la Iglesia para que le cantara misas, le encendiera velas y le consiguiera el lugar en el Paraíso que nunca intentó conquistar desde la Tierra.
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