Willy siente que está en un carrusel, montado en un animal desconocido, mientras se da cuenta que miles de libros y objetos lo observan. ¿Libros, papeles, revistas, macetas, fotos…? Willy se da cuenta de que no está en una feria. Está en su departamento y su cabeza le da vueltas por la borrachera del día anterior. Jura nunca volver a ingerir alcohol en exceso.
Trata de pararse, ayudándose en la silla. Pero el estado de letardía es tal que tropieza con un six pack de Red Bull. ¡Red Bull! Eso es lo que necesito, piensa. Un energizante. Coge una botella y se lo termina de un trago. La sed es tal que no se sacia con una. Ni con dos. A la tercera su boca cobra vida. A la cuarta la taurina le pone pilas.
La visión nebulosa desaparece y se torna más clara, más nítida. Camina pero algo le duele en el pie. Es un cable. ¿Y mis zapatos? ¿Dónde están mis zapatos? Se da una carrera de un solo participante en aquel circuito trillado por álbumes, partituras, papeles, y una canasta, alrededor de una mesa. ¿Quién puso todo esto aquí? La desesperación se suma al desorden. Estantes, tocadiscos y parlantes. No hay zapatos. Televisor, CDS, cassettes, fax, impresora y cámara. Aún no hay zapatos. Una lata más para no perder el control, piensa.
Sigue con su aventura de querer rescatar sus zapatos del caos. Teléfono. Marca tan rápido como si el número se deslizara por su lengua. Suena y suena y su corazón late más de diez veces entre cada timbrada. Oe, Carlos, ¿mis zapatos no están en tu casa? No me jodas, huevón. ¿Sabes qué hora es? Déjame dormir. Willy se irrita. ¡Son los únicos que tengo! ¿Cómo voy a ir a la universidad? Carlos va a buscarlos. Vuelve luego de un minuto. No hay nada, huevón. Búscalos en tu cuarto. Chau. Cuelga. ¿Dónde mierda los puse? Levanta su guitarra. No hay nada. De pronto ve su maceta cerca de la ventana. Tiene una planta de marihuana. ¿Un bate para tranquilizarme?, se pregunta. Camina pero unas revistas apiladas lo hacen tropezar. Al estirar sus brazos y cogerse de la ventana, bota su maceta hacia la calle. ¡Carajo!
No sabe si reír o llorar. El cuerpo pica y pica. Las piernas comienzan a hacer un jugueteo. Miradas que parten sin destino fijo. Pero tiene ganas de hacer algo. ¿Y si llamo a…? No, no va a querer tirar conmigo. Bebe la última botella del six pack. Sus ojos se vuelven saltones. ¿Y si de verdad están saltando? Sí. Tienen tanta fuerza que lo hacen saltar a él. ¿Y ustedes qué me miran? Brinca, grita, golpea, sacude, baila, patea. Uno de sus estantes comienza a temblar. Y tú, ¡¿por qué te mueves?! ¡¿Quieres pelear?! Aquel ser ancho, corpulento, grande y macizo se le vino encima con todo su arsenal de libros. Willy intenta luchar pero es imposible hacer algo. Poetas, filósofos, historiadores, sociólogos, antropólogos e investigadores hacen caer a Willy. Su cabeza estalla contra una de las puntas de la mesa. Fotos, papeles, partituras y revistas se tornan de color rojo. Adiós, carrusel. Adiós, zapatos.
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