Ella actriz. Yo aprendiz.
Ella nació para artista. ¡Y qué artista! ¡Actriz de actrices! ¡Y qué papel! ¡De caníbal! ¿Caníbal? ¿Y qué artístico tiene eso? Todo. Además, atractivo. Si tan sólo usted la viera en el escenario poniéndole tanto ahínco a su papel. Con ese aspecto de quinceañera traviesa con encanto pueril, devorando piernas, brazos, cabezas, senos y miembros viriles, mientras su reluciente vestido se llena de máculas rojas por la salpicadura inevitable, el cual se convierte repentinamente en aquel maquillaje que le da el aspecto apasionante que debe tener una actriz.
Todos quedan estupefactos y horrorizados ante aquel acto de ― ¿amor?, ¿pasión?, ¿barbarie?, ¿sadismo? ―, como le llamaría yo, “expresión amorosa”, que se ponen de acuerdo para detener la obra y tumbar el escenario.
― ¡Deténganse! ―dije― Yo compraré este teatro junto con la actriz. No merece quedarse sin trabajo por la mala apreciación artística de ustedes, vulgares.
Entonces todos se retiraron clavándome miradas de repugnancia y de incomprensión.
Al fin, ella y yo, solos sin nada que decirnos. Así que me atreví a iniciar un diálogo preguntándole:
―¿Cómo lo haces?
―No lo sé. Simplemente hago lo que me gusta. ―dijo.
―Genial. Enséñame.
―Pues, ven. ―respondió.
Desde aquel momento no he hecho otra cosa que prestar atención a sus enseñanzas, e ir desapareciendo día tras día con su mágica interpretación.
*Relato Ganador del Tercer Puesto del Maratón de Micro Relatos La Palabra Provocada 2008
No hay comentarios:
Publicar un comentario