El niño la mira. Mirada de manzana acaramelada. Un frío objeto los está apuntado. ¿Qué es eso?, pregunta. ¿Por qué ese objeto hace que ella saque la lengua? Debe de haber algún truco.
La mujer está entretenida en cómo posar, mas no se da cuenta que el niño observa sus hoyuelos. Por un momento le recuerda aquellos huecos que hay en la camisa de su padre cuando se le cae algún botón. ¿Acaso ella tuvo botones?
Oye, oye, ¿no quieres el botón de mi pantalón? Te caería de maravilla. Deja de decir tonterías, niño, y mira a la cámara. Al acercar sus dedos, siente que algo lo jala. Imágenes que el niño guardaba a su temprana edad, pasaban raudas, como pasan las líneas de la carretera cuando uno viaja. Inmediatamente retira sus manos. Oye, qué te pasa. Cambia de cara que no quiero que salgas asustado. Pero el corazón del niño latía, latía mucho, su pecho trataba de resistir. Cállate, corazón, que te van a escuchar. ¿Escucharán los demás como yo te escucho? Decide aprovechar el tumulto, el barullo de la familia caminando y riendo de un lado a otro. Quiere tapar esos hoyuelos por el simple capricho de la infancia. Pero apenas los tocó, fue violentamente absorbido. Absorbido como nave en un agujero negro.
La casa deja de tener la presencia inocente. La mirada dulce ya no nos empalaga. El rímel huye de los ojos de la chica. ¿Huyen de ella? En realidad es llevado por las lágrimas inocentes, a través de un lecho improvisado sobre las mejillas, que salen desde adentro de ¿ella? ¿o de él? La familia pregunta: ¿dónde se fue la inocencia del hogar? Ella se siente mal, tiembla, llora. No sabe qué palabras expulsar. No sabe qué niño mostrar.
Antes de esa foto, ella no sacaba la lengua. ¿Qué sucedió ese día? “¡Es que ese día fue pura joda! ¡Es que ese día quería tu sonrisa!”, piensa. Ahora la saca cada vez que se toma alguna foto con sus amigos. Se dice que es un tic, pero en verdad, ¡oh, en verdad les digo que es el niño que quiere escapar y con sus juguetes de nuevo jugar!
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