Estaba en el piso 8 y mis pies no querían saber nada de escaleras. Sentía que si las bajaba podría llegar al primer piso sin pies. En ese instante deseé ser sólo un muñeco de acción con los que solía jugar en mi infancia, a los cuales les quitaba sus extremidades o cualquier parte del cuerpo y los reponía con facilidad. Yo deseaba andar con mis pies en las manos. Tal vez encontrarme vecinos y saludarlos “de pie”. Pero el ascensor estaba ahí, tomándose su tiempo, esperando que lo aborde. Lo sentí malhumorado, como un viejo amargado que todo le parece que está mal y que la única solución a sus problemas es la muerte. Todo por una vecina que me dijo que le daba miedo bajar por el ascensor. A veces siento que me estuviera tragando, me dijo. Confieso que yo también he tenido la misma sensación antes. La máquina hacía tanto ruido como una nave despegando al espacio. Renegaba. Paraba bruscamente en el piso que le indicaban, como si la persona que estaba adentro le causara un espasmo estomacal, una mala digestión, y sólo deseara abrir su boca metálica y expulsarla para que no incomode más. Sentía miedo y a la vez pena. Sin embargo, me subí.
Apreté el botón 1. Cerró su boca. Comenzó la digestión. Brilló de pronto el botón con el número 7. Luego el 6. En eso se interrumpió el descenso. Las puertas se abren y dejan pasar a una señora con un niño en brazos. Estuve entretenido pensando cómo hacer más aterradora esta máquina, tal vez con dientes y paredes viscosas, y es por esto que no vi la cara de la mujer que entró. Escuché que me saludó y se volteó. Se veía menuda, mayor y algunas canas decoraban su peinado. Vestía chompa roja y falda marrón. Vi que el bebé tenía apoyada su cabecita en el hombro izquierdo de la señora, y estaba tan arropado que tampoco pude verle la cara. Sus ropones eran de colores suaves, pasteles. No sabía si era niño o niña, si era bonito o feo, si era rollizo o flaco. Aunque la mayoría de bebés suelen ser regordetes por culpa de las madres que piensan que mientras más comida le dan, más saludables son. Pero la señora seguía parada mirando la puerta. No se movía. Seguíamos bajando. Se escuchaban ruidos. Los jugos gástricos, tal vez. Alguno de esos jugos seguro les cayó y los inmovilizaron. Señora, ¿está…? No, mejor no. Su quietud me molestaba, su silencio me carcomía. Mis manos entraron a mis bolsillos y comenzaron a imitar el caminar de las arañas. Miré los botones a ver en qué piso estábamos: piso 4. El tiempo era lento, la máquina descendía lentamente, la digestión era lenta. Quizá tal vez la señora también era lenta y sus movimientos eran imperceptibles. Sí, es lo más probable. Observé por un momento y me percaté que la cabeza del bebé se movía lentamente. Seguían los ruidos, seguía la digestión, seguían los jugos gástricos, pero cada vez más lentos. Todo se volvió lento.
Piso 3. Nunca en vida vi una cuenta regresiva tan lenta, y por lo tanto, tan larga. Piso 3 y éramos tres los que estábamos ahí. El ascensor seguía descendiendo. La señora comenzó a reducirse de tamaño. ¿A reducirse? La ropa de la señora era cada vez más holgada. ¿Acaso no era de su talla? El niño (¿o niña?) era cada vez más grande. Sus manos ocupaban cada vez más espacio en los hombros de la mujer (¿o de la estatua?). La chompa roja comenzó a oscurecerse en la parte donde estaba la cabeza del bebé. Miré hacia abajo, a los pies de la señora. Puntos rojos decoraban ahora el piso. ¿Se estaba desangrando? Subí la mirada lentamente. Ahora había cuatro piernas. Dos que desaparecían, y dos que tomaban forma. La señora dejó de ser estatua. Ahora temblaba y se parecía a una bandera que flameaba. Apareció delante de esa bandera una joven que estaba con la boca adherida a ese lado izquierdo, como el bebé. La ropa cayó al piso. Ya no había señora qué abrigar. Ella se agachó y comenzó a rebuscar dentro como si olvidara algo. Yo me volví frío, transparente, liviano, diáfano, y quise que de verdad el ascensor me tragara. Miré hacia arriba, luces blancas. Miré al costado, un espejo que nos retrataba. Miré al otro costado, y el botón número 3 que se apagaba.
Piso 2. Piso 2 y ahora sólo éramos dos. Dos corazones, dos sexos. El ascensor cada vez más lento, como si fuera un tren que estuviera por llegar a su paradero. Desaparecía la velocidad y con ella se iba poco a poco también la luz. Ella se erguía. Yo la miraba. Me olvidé que yo era un ser vivo y que tenía movimiento. La luz cada vez más débil, pero que tenía aun la fuerza suficiente para quitarnos las líneas y la nitidez de nuestros cuerpos. Pero no hubo oscuridad completa. Mi trabajo es andar cumpliendo deseos en el mundo, me dijo, y ella deseaba desaparecer, no tener más problemas, morir de la manera más rápida y menos dolorosa posible, y se lo cumplí. Las sombras ahogaban mi garganta y no me dejaban hablar. Gotas de sudor surcaban mi frente, mi nariz, mis manos, mi camisa y hasta mis labios. Ellas descendían también, eran muchas, y gracias a esa característica especial de ellas, de ir en descenso nada más, iban empujando poco a poco la roca que tenía en la garganta, y pude hablar. Pero esos no son deseos, dije, son pensamientos sin sentido que a veces uno tiene. Sino qué sería de todas esas personas que desean la muerte, o que las parta un rayo, o que las trague la tierra, o ser un muñequito de acción y quitarse las extremidades, o… Yo sólo soy alguien que se quedó sin sentido por buscarle sentido a los demás, me interrumpió, y precisamente esos pensamientos son los que se quedan siempre solos, errantes por el mundo, sin sentido, como yo, y sólo trato de cumplir aquellos deseos que voy encontrado a mi paso, y el penúltimo de este lugar es el tuyo. ¿Y el último? Percibí que las luces revivían y devoraban a las sombras, pero al mismo tiempo mi vista iba muriendo y perdía la sensibilidad de mi cuerpo, el habla, el movimiento. Apenas pude voltear la cabeza, y lo último que vi fue que el botón número 2 se había quedado sin su cinturón rojo.
Piso 1. La boca metálica se abre, pero no expulsa a nadie. No había muchacha, no había muchacho y no había señora, tan sólo una falda marrón y una chompa roja. Un señor de terno y maletín negro ingresa con sus dos lindas hijas. Él aparta con su pie la ropa que está tirada en el piso hacia una esquina. Papá, papá, le dice una de ellas, a veces desearía ser como nuestra perrita Nancy y no tener que ir a la escuela. Papá, papá, le dice la otra, y a veces yo desearía no tener estómago como un lapicero o una regla para no comer la comida que prepara los lunes la abuela. El hombre sonríe y en su pensamiento desea, y yo sólo desearía ser una taza de café para no trabajar nunca más, que alguien me beba y olvidarme de mis problemas. El señor apretó el botón que lo llevaría al piso de su departamento. ¿Y la muchacha? ¿Qué pasó con mi deseo? El ascensor se hacía estas preguntas mientras cerraba su boca. Pero se dio cuenta que estaba más ligero, que su boca la cerraba con más facilidad, que no tenía que hacer mayor esfuerzo para comenzar a funcionar, que había perdido unos años, que… Que habían cumplido su deseo. Que hubo alguien que se dio cuenta que las cosas también desean cosas, que las cosas también se cansan de las mismas cosas, que las cosas también piden cosas absurdas o sin sentido, pero que son deseos después de todo.
El ascensor se detiene suavemente. Las niñas se miran y se preguntan mentalmente si este es el mismo ascensor que toman todos los días, y voltean sus cabezas hacia atrás, pero no pueden retroceder porque su padre las está llevando de las manos. Sólo alcanzan a percibir algo. En una esquina está un muñequito de plástico sonriente con los pies en la mano, como saludándolas y despidiéndolas a la vez, mientras un aire frío (¿la muchacha? ¿la cumpledeseos?) pasó cerca de ellas y acarició las inocentes y asustadas mejillas.
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