Will no la miró cuando ella se volvió para alejarse, no se atrevió a mirarla. Contemplar una vez más el pálido rostro sufriente habría sido demasiado para él. Ella se había levantado de la silla y cruzado la habitación con lentitud, para irse lentamente de su vida. ¿Debía llamarla, pedirle que lo perdonase, decirle que aún la amaba? ¿La había amado alguna vez?
Por centésima vez, el oboe vocal le exigió atención. Sí, ¿la había amado?
–Adiós, Will. –Recordó el susurro de Molly cuando se volvió en el umbral. Y fue ella quien lo dijo... en un murmullo, desde lo hondo del corazón.– Sigo amándote, Will... a pesar de todo.
Un momento después la puerta del departamento se cerró tras ella casi sin un sonido. Un pequeño chasquido seco, y Molly ya no estaba más allí.
El se puso de pie de un salto, corrió a la puerta y la abrió, escuchando los pasos que se alejaban por la escalera. Como un fantasma al alba, un leve perfume familiar persistía, a punto de desaparecer, en el aire. Volvió a cerrar la puerta, entró en su dormitorio gris y amarillo y miró por la ventana. Pasaron unos segundos y la vio cruzar e introducirse en el coche. Oyó el chirrido del arranque, una, dos veces, y luego el tamborileo del motor. ¿Debía abrir la ventana? "Espera, Molly, espera", se escuchó gritar con la imaginación. La ventana permaneció cerrada; el auto comenzó a avanzar, dobló en la esquina y la calle quedó desierta. Era demasiado tarde. Demasiado tarde, ¡gracias a Dios!, dijo una grosera voz burlona. ¡Sí, gracias a Dios! Y sin embargo, ahí estaba el sentimiento de culpa en la boca del estómago. La culpabilidad, la dentellada del remordimiento... pero a través del remordimiento podía sentir un horrible regocijo. Alguien vil y obsceno y brutal, alguien extraño y odioso, que, sin embargo, era él mismo, pensaba alborozadamente que ahora no había nadie que le impidiera tener lo que deseaba. Y lo que deseaba era un perfume distinto, la tibieza y elasticidad de un cuerpo más joven.
(Aldous Huxley)
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